Entre Luces y Sombras

Dentro de cada persona existen dos fuerzas opuestas que influyen en nuestras acciones y comportamientos: una fuerza positiva, que nos llena de alegría y felicidad; y una fuerza negativa, que nos sumerge en pensamientos sombríos y pesimistas. En condiciones normales, estas fuerzas están en un delicado equilibrio, permitiéndonos regular nuestra forma de actuar en el amplio abanico de posibilidades que se pueden dar ante una situación. Sin embargo, hay ocasiones en que ese equilibrio se rompe y una de las fuerzas toma el control, iniciando una batalla interna, donde, a veces, la oscuridad puede acabar prevaleciendo.

A partir de este momento, tu vida comenzará a regirse por un caos que irá en aumento. Esa progresión puede llevar a cometer acciones de dudosa reputación, hasta que sientas que estás perdiendo el control. Y, por mucho que se quiera dominar, en ocasiones resulta imposible, hasta el punto de ver que el mundo se vuelve más sombrío y la oscuridad devora la luz que guía tus pasos. Llegados a este punto, es posible caer en la creencia de que no existe claridad alguna en ti... y tu lado oscuro toma el control total de tu vida. Haces cosas irracionales que jamás pensaste que podías hacer. Tu forma de pensar se vuelve más negativa; en cada acción ves la maldad amplificada, y te sientes, o tienes la creencia, de que el mundo está en tu contra. Si algo malo ocurre a tu alrededor, pasas de ello. Te sucede como a aquellos que han caído al lado oscuro: solo puedes sentir cómo la oscuridad consume toda la luz en tu interior.

Sin embargo, incluso en los momentos más oscuros, hay esperanza. A veces, cuando menos lo esperas, un rayo de luz puede romper la oscuridad. Puede llegar a ser tan potente que te hace olvidar todo lo malo. Tus ojos recuperan poco a poco su viveza y energía. A medida que recuperas tu verdadera esencia, te das cuenta de que el equilibrio interno es posible. No obstante, siempre quedará algún recuerdo de tu antiguo estado que analizarás durante cierto tiempo, pero no vale la pena preocuparse por eso. Piensa en el mañana, no en el ayer, porque si no, tu vida estará alienada al pasado y no la vivirás al máximo.

Todo esto suena muy bien en teoría, pero cuando lo vives, no es tan fácil. Afortunadamente, siempre tendrás a alguien que no te deje hacer locuras de las que puedas arrepentirte en el futuro. Gracias a la esperanza, al amor y a aquellos que nos rodean, podemos encontrar la manera de volver a la luz. Es aconsejable mantener el equilibrio en la vida y nunca perder la fe en que la luz puede volver a brillar, incluso en los momentos más oscuros.



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El Tanque 14

Allí donde la luz del sol no llega; donde la arquitectura vertical se hunde en los cimientos y la lluvia de los niveles superiores llega convertida en un goteo aceitoso y tibio; donde el neón no es mas que un recuerdo borroso. Se encuentra lo que llama el Sector Bajo, aquí, el aire no tiene el rastro de metal oxidado de las pasarelas superiores; es más denso, casi sólido, cargado de una humedad estancada y el hedor punzante del fertilizante químico y el amoníaco. Es el reino de los invernaderos de hormigón, un laberinto interminable de bóvedas, donde la ciudad digiere sus propios desechos biológicos para transformarlos, mediante procesos de síntesis forzada, en calorías puras.

El hombre del Tanque 14 no tenía nombre, o al menos nadie allí lo usaba. Para la ciudad de Oasis, él era la unidad de trabajo 46-B, una sombra encorvada bajo el parpadeo de las lámparas de sodio y los tubos ultravioleta que bañaban los cultivos de un color violeta enfermizo, un tono que hacía que las venas de sus brazos parecieran cables negros bajo la piel. Sus manos, que en otra vida quizá sostuvieron plumas de oro o copas de cristal en las altas esferas, estaban ahora permanentemente teñidas por el sustrato alcalino donde crecía la yuca. El barro gris se le había metido bajo las uñas y en las grietas eran una constante en sus manos; cada surco en su piel era un mapa de su nueva realidad: una donde la elegancia del pasado había sido enterrada por la urgencia del fango. Tristemente para Bastian, esos días son lejanos.

Sembrar yuca en Oasis era un castigo físico que agotaba los tendones. No había tierra fértil ni olor a campo, solo un lodo sintético, denso y grisáceo, una pasta de nutrientes reciclados que se pegaba a la ropa como una condena de la que no se puede escapar. Había que hundir los brazos hasta el codo, sintiendo la succión del fango químico y el calor latente de las reacciones biológicas, para asegurar que los esquejes agarraran con fuerza en la red de sensores y filamentos que alimentaban las raíces. 46 trabajaba en un silencio solo interrumpido por el siseo de los pulverizadores de agua y el zumbido constante, casi ensordecedor, de los extractores que luchaban por renovar el aire viciado de aquel pulmón artificial.

Mientras hundía un esqueje, sintió un cambio en la vibración del lodo. Una de las boquillas de succión de la base se había obstruido con sedimentos. El nivel del fango empezó a subir lentamente, amenazando con anegar el cuello de la planta y asfixiarla antes de que pudiera enraizar. Bastian no gritó ni pidió ayuda; simplemente metió el brazo con una lentitud mecánica, buscando a ciegas el obturador entre la masa grisácea, sabiendo que si no lo arreglaba en silencio, su registro de eficiencia caería antes de que terminara el turno. 

—Cuidado con las raíces, 46 —gruñó un capataz desde la pasarela metálica superior. El sonido de sus botas militares contra la rejilla resonaba en la bóveda como disparos. Su sombra, alargada y deforme por las luces cenitales, se proyectaba sobre el tanque como un recordatorio del orden jerárquico—. Si la fibra sale dañada o muestra necrosis, el Sector Doce rechazará el lote. Y si ellos no pagan, tu ración de agua de esta semana se reduce a la mitad. Así que muévete.

El hombre no respondió. Ni siquiera levantó la vista para mirar a su jefe. Se limitó a limpiarse el sudor salino que le escocía en los ojos con el dorso de la mano, dejando un rastro de lodo sobre su sien. Sabía que lo que se cosechaba en este nivel era parte del sustento real de los niveles medios, la base de la dieta de los habitantes de Oasís.  Allí arriba, la tecnología podía simularlo todo, pero no podía crear una caloría. Por muchos datos que fluyeran por la red, la base de una ciudad son los alimentos, y más en esa que el cultivo se había convertido en algo costoso. Aquellas raíces blancas, nudosas y pesadas, extraídas del lodo con un esfuerzo de galeote, no tenían nada que ver con los bits o los créditos virtuales; eran pura fibra, almidón y vida extraída del fango. Eran el único recordatorio de que, bajo la piel de neón de la ciudad, todavía latía un hambre animal que solo los vegetales cultivados en la oscuridad podían saciar.

Al final de la jornada, Bastian observó cómo cargaban el lote en la cinta transportadora. Vio como las cajas eran cargados en el montacargas con destino a lugares, como el local de su hermana Mila. "Suben las raíces y sube mi vida con ellas, trozo a trozo, caja a caja", se dijo para sus adentros. No era una queja, era una fría observación: él era el fertilizante de una ciudad que ni siquiera sabía que él respiraba.

Con el paso de los años, iba aceptado el echo de que él nunca recuperaría su nombre ni volvería a sentir el aroma fresco de las especias naturales. Para el hombre del Tanque 14, Oasis no era una ciudad de oportunidades, sino aquel lodo espeso y la necesidad de seguir cavando para que la estructura, allá arriba, no colapsara bajo su propio peso. El ciclo estaba completo: la opulencia de arriba se sostenía sobre la miseria de abajo, y la ciudad, indiferente, voraz y eterna, continuaba girando una noche más en la oscuridad.



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El Nido del Cuervo

​En la zona media de Oasis, allí donde el cielo se oculta tras una maraña una de cables de alta tensión y el aire sabe a metal oxidado, se extiende el Sector Doce. Es un lugar que nunca duerme en silencio; siempre hay un ventilador chirriando o un generador eléctrico tosiendo en algún callejón oscuro. En el corazón de este caos industrial, entre el parpadeo de neones y el trasiego de trabajadores con prisa, destaca un rincón que parece desafiar la frialdad del lugar: El Nido del Cuervo. Es un ciber-restaurante un tanto peculiar, un refugio donde el aroma de diversas especias entabla una lucha constante contra el olor a ozono y circuitos recalentados.

​Aquella mañana, el vapor que escapaba de las ollas de Mila creaba una neblina densa, casi sagrada, que la aislaba del aire viciado del exterior. Mila —conocida antaño como Kira— no levantaba la vista de su tabla de madera gastada. Su cuchillo descendía con un ritmo métrico, preciso y casi militar, convirtiendo en laminas perfectas aquellas raíces de yuca que procedían de los niveles inferiores. No importaba que hubiera pertenecido a una estirpe que una vez se movió por las altas esferas antes de que una corporación borrara su rastro del mapa; en el Sector Doce, los apellidos no servían para pagar el alquiler. Allí, el único título que otorgaba respeto era la capacidad de doblar el lomo y ganarse la vida con un esfuerzo que dejara callos en las manos.

​—¡Mila, el terminal cuatro se ha colgado y se ha tragado mis plasticréditos! —El grito de un muchacho rompió el trance de la cocina, viniendo desde el fondo del local, donde las CPU zumbaban como un nido de insectos metálicos.

​Mila dejó el cuchillo con una calma tensa. Se secó las manos en su delantal, una prenda manchada por las especias y el tiempo, y cruzó el establecimiento con pasos firmes. En su camino, esquivó a una niña pequeña de piernas cortas que gateaba bajo las mesas con una concentración silenciosa. Mila la observó un segundo: la pequeña buscaba algo, tanteando el suelo polvoriento con las manos, absorta en una pérdida que Mila no alcanzaba a comprender. Podía ser cualquier cosa, desde una pieza de repuesto hasta un recuerdo, pero aquí, la mirada de quien rastrea el suelo es siempre la misma. Le dedicó una mirada de instinto protector que se apagó tan pronto como llegó al terminal en conflicto.

​Frente a la pantalla congelada, un tipo de aspecto descuidado forcejeaba con la ranura de cobro. Mila se interpuso entre él y la máquina con autoridad. Con un movimiento seco, abrió el compartimento de seguridad y extrajo una ficha de polímero desgastada, con los bordes rebajados de forma chapucera.

​—En El Nido del Cuervo no aceptamos plasticréditos de baja densidad, caballero. Esto es basura reciclada; no vale ni el aire que está respirando en mi local —sentenció, dejando caer la ficha falsa sobre el mostrador con un sonido hueco.

​El hombre se tensó, amagando un gesto de violencia, pero al chocar con la firmeza de los ojos de Mila y ver como sus puños se tensaban, prefirió retroceder gruñendo hacia la salida. Mila no perdió un segundo; reinició el sistema con una habilidad digital impecable. Sabía lo que se decía en las esquinas del Sector Doce: que si su negocio era una fachada, que si había tesoros ocultos financiando sus servidores. <<Que hablen>>, pensó mientras el sistema arrancaba. Solo ella conocía el dolor de espalda tras las jornadas eternas y los plasticréditos contados uno a uno para mantener el neón encendido.

​Estaba a punto de regresar a sus quehaceres en la  cocina cuando otro contratiempo surgió. Justo encima de la puerta principal, una tubería de refrigeración externa reventó con un estruendo metálico. El agua a presión comenzó a filtrarse por las juntas del techo, amenazando con llover directamente sobre la hilera de ordenadores.

​—¡Fuera de aquí si no quieren morir electrocutados! —ordenó Mila, saltando sobre el mostrador con una agilidad sorprendente.

​Sin esperar ayuda, agarró una llave inglesa oxidada y salió a la calle, y levantando la tapa de una arqueta, situada al lado de la puerta. Bajo una lluvia que empezaba a caer con más fuerza, Mila forcejeó contra la válvula externa. Por un instante, mientras el agua fría le empapaba el rostro, recordó los tiempos aciagos en los que su voluntad era ley. Ahora, su única ley era esa válvula de metal. Con un gruñido de puro esfuerzo físico, logró cerrar el paso del agua.

​Se quedó allí un segundo, empapada, respirando el ozono del ambiente. Vio a lo lejos a la pequeña niña alejarse hacia la plaza de la torre de caravanas. Caminaba con paso decidido bajo la lluvia, ajena al caos, con los ojos fijos en el suelo como si su búsqueda personal continuara más allá de las puertas del local. Mila quiso gritarle, advertirle de que en un lugar como este lo que sea que estuviera buscando ya habría sido devorado por la ciudad, pero el aroma de su propia cocina la obligó a volver.

​Entró de nuevo en su refugio. El olor a especias recuperó su territorio, imponiéndose al electrizante ambiente de la zona de los ordenadores. Sin decir una palabra, se colocó de nuevo frente a su tabla de madera, comprobó el filo del cuchillo con el pulgar y retomó el ritmo de los cortes donde lo había dejado. Fuera, el Sector Doce seguía rugiendo y los terminales del ciber volvían a zumbar. No había nada más que hablar. Había pedidos que sacar y el aceite ya empezaba a humear en la sartén.




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El Objeto Perdido

Suele ser normal en Oasis encontrar objetos olvidados por las calles: paraguas, relojes, libros, guantes, teléfonos o abrigos. En fin, todo lo que uno pueda extraviar se puede hallar con un poco de suerte, en la sección de objetos perdidos.

​La oficina se sitúa al norte, a unos pocos kilómetros de la zona de caravanas. Es un edificio viejo pero bien conservado, con grandes ventanales en la parte trasera. En la fachada, junto a una pequeña puerta negra, se alzan unos grandes portones de madera que, aunque parecen antiguos, han sido tratados para soportar las inclemencias del tiempo. En el interior, el olor a humedad impregna el aire e innumerables estanterías cubren las paredes. Y es que, a pesar de que corren tiempos aciagos, todavía es costumbre entre los habitantes de Oasis devolver lo ajeno.

***

​No era ni mediodía cuando Yuka se dio cuenta de que no tenía su gorro. Se asustó; sabía que no podía aparecer en casa sin él, ya que era especial. Un viejo loco le había dicho una vez que un halo de magia lo rodeaba y que, si caía en manos equivocadas, las consecuencias serían terribles. Ante tal tesitura, solo tenía una solución: ir en su busca.

​Se puso manos a la obra y recorrió cada lugar donde había estado: el ciber de la simpática Mila, la plaza de la torre de caravanas, la cantina de Crix... Le llevó mucho tiempo, pues las distancias eran largas y sus pequeñas piernas no le permitían ir más rápido. Para colmo, empezó a llover. Tras un par de horas de búsqueda infructuosa, un pensamiento la asaltó: «¿Y si se ha perdido para siempre?».

​Resguardada bajo el soportal de la cantina, cuando la desesperación empezaba a vencerla, recordó la oficina de objetos perdidos. «Posiblemente alguien lo haya llevado allí», pensó. Con energías renovadas, puso rumbo al lugar.

​Al llegar, la lluvia concedió una tregua. Mientras se sacudía el barro de las botas ante la pequeña puerta derecha, un hombre enjuto de pelo cano se acercó y, amablemente, le indicó dónde buscar. Yuka recorrió un pasillo angosto mientras un penetrante olor a productos de limpieza le invadía las fosas nasales. Algo mareada, siguió las indicaciones hasta llegar a una gran sala. Las enormes estanterías la recibieron, imponentes y monstruosas, generándole una profunda desazón.

​Tras superar el impacto inicial, comenzó la búsqueda. Las horas se transcurrieron lentamente y la fatiga se marcó en su rostro hasta que, agotada, cayó de rodillas. Ya era de noche cuando la calma regresó a su mente y recordó las enseñanzas de aquel sabio: «Con entrenamiento y concentración, verás los objetos brillar».

​Poniéndolas en práctica, se concentró. Al cabo de unos segundos, distinguió una luz tenue en la estantería del cuarto pasillo. Se acercó con una mezcla de excitación y recelo y allí estaba: su ansiado gorro azul. Aliviada y feliz, se despidió del bedel y emprendió el camino a casa.



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El pintor y la mujer

En la tranquilidad de una casa situada en primera línea de playa, la noche descendía con su manto de silencio. La bruma del crepúsculo se deslizaba suavemente sobre el mar, donde el reflejo de las estrellas creaba un tapiz de luces titilantes. A lo lejos, el susurro del viento acariciaba las hojas de las palmeras, mientras el canto de los grillos orquestaba una melodía melancólica. La vieja casona, con sus paredes de piedra cubiertas de musgo y hiedra, parecía un refugio sereno y apacible. Los ventanales, ligeramente abiertos, dejaban entrever luces tenues, como si el interior irradiara una cálida acogida. El jardín, salvaje y desatendido, se fundía con la naturaleza circundante, creando una atmósfera de paz y soledad. Una soledad que para él, en ese momento, era más un castigo que un bálsamo.

El pintor, hundido en su desesperación, se encontraba pintando al aire libre en el porche, amparado en la oscuridad de la noche, con su caballete y pinceles frente a él. La luz de la luna apenas iluminaba el lino en blanco, pero él no la necesitaba. Su única guía era la imagen de la mujer que tanto añoraba; el fantasma persistente que él se negaba a sepultar. Lanzaba cada trazo, tratando de capturar su esencia y no la realidad de su traición. A lo lejos, se escuchaba el murmullo del agua y el susurro de las hojas, como si la naturaleza compartiera su dolor y el secreto de su inútil devoción.

La mujer que poco a poco iba apareciendo en el lienzo, parecía etérea y distante, su figura era una mezcla de gracia y misterio. En su expresión se reflejaba la añoranza, como si ambos estuvieran atrapados en un eterno anhelo. Era la versión idealizada que él había perdido, y  no la que había huido de sus brazos. ​Sus ojos, de un profundo color miel, eran el centro de su tormento. Él los pintaba sin rastro de culpa, solo con la luz de una promesa rota. Habían sido los mismos que le mintieron antes de la huida, y aun así, eran el único lugar en el que se había atrevido a usar el color puro. El cabello, ese oro líquido que siempre le había fascinado, era la zona más densa de pigmento, como si al saturar el amarillo pudiera, al menos en ese plano, devolverle el brillo a su propia vida. ​Cada trazo del pincel, lleno de pasión y desesperación, buscaba revivir aquellos momentos de felicidad que una vez compartieron. Sin embargo, a medida que la imagen de ella cobraba vida en el lienzo, la sensación de vacío y soledad se hacía más palpable. Él moría un poco más en la realidad, consciente de que estaba perfeccionando un recuerdo, no recuperando un amor.

La mano que sostenía el pincel se detuvo en seco. No había más color que añadir, ni más verdad que embellecer. El lienzo, una vez refugio, ahora era un espejo que reflejaba  propia su miseria. Con un movimiento brusco, casi violento, el pintor se apartó del caballete, derribando un pequeño tarro de trementina que esparció un olor químico y penetrante sobre la tierra húmeda. El contraste entre la dulzura de la pintura y la acidez del disolvente fue un choque necesario. Caminó unos pasos hacia la orilla del mar, con la mirada perdida donde el mar se fundía con la noche. Se preguntó si el otro, ese hombre invisible pero real, la estaría mirando ahora con el mismo fervor desesperado, o si simplemente la amaría con una paz que a él le estaba vedada para siempre.

Esa disyuntiva, por la que vagaba  su mente, le quemaba como un ácido. Él solo conocía este tormento de pinceles, esta obsesión por replicar el pasado. Se llevó una mano al pecho, sintiendo el vacío donde antes latía una certeza. Recordó entonces, con una nitidez cruel, la última mañana. No fue un grito ni un portazo, sino el silencio de su taza de café aún humeante sobre la mesa y el clic suave de la maleta al cerrarse... Se había ido para siempre. Pensó en la losa que su ponía esa marcha, la forma en que su pasión se había vuelto pesada y el amor convertido en una obsesión. Él no podía deshacerse de ese peso, no podía amar con paz, porque amarla a ella era, para siempre, un acto de guerra contra su propia soledad.

Lentamente, sin brusquedad, se dio la vuelta. Y  regresó junto al caballete, no para pintar, sino solamente para observar el rostro de su creación. Estaba terminada. Perfecta. Una mujer etérea, idealizada, condenada a existir solo en el lino. <<Ya que la he perdido en la vida, quedará inmortalizada para la eternidad>> pensó con amargura. Con delicadeza tomó la tela por los bordes, con cuidado, como si sostuviera algo frágil y recién nacido, la introdujo en el estudio, dejando atrás el olor a trementina y el recuerdo de lo que pudo ser y no fue. El mar, que había sido testigo de su amor y de su abandono, sería ahora el guardián de su obsesión. Con paso decidido entró en la casa y subió las escaleras que llevaban hacia el desván, y en un rincón donde la luz de la luna no podía alcanzarla. La puso cara contra la pared. No era capaz de destruirla, no. Pero tampoco soportaría la visión de esa mentira tan hermosa.



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Día Diez: El regreso

Cuando la aldea comenzaba a despertarse, yo ya llevaba un rato en píe; las pesadillas carmesí habían alterado mis sueños durante toda la noche. Con tranquilidad me preparé el desayuno y me senté en la mesa. Mientras daba sorbos a la taza de té, la idea de volver a mi cabaña me reconfortaba. Me encontraba preparando el equipaje cuando el herrero me mandó llamar. Mi nueva armadura estaba lista; con gran habilidad había fundido el cuarzo con el oro, otorgando a cada pieza una dureza superior. Ya fuera de la herrería, recogí las provisiones que me preparó el agricultor; agradecí la hospitalidad y la ayuda a la curandera; y despidiéndome del anciano con un gesto cordial. Guíe mas pasos hacia el sur.

El sendero, aunque me resultaba familiar, lo veía con ojos diferentes. Donde antes solo había árboles, ríos y tierra, ahora mi mente dibujaba líneas de defensa, analizaba puntos vulnerables y lugares peligrosos. Cada arbusto era una potencial emboscada; cada sombra, una amenaza que evaluar. Días antes, había entrado en esa zona como un aventurero inexperto; ahora me comportaba como alguien que se sabía mover en la oscuridad. Sin duda, esta expedición había dejado en mi, cicatrices difíciles de olvidar.

Después de unas horas siguiendo el río, en el horizonte empezó a dibujarse la silueta de la cabaña. <<Por fin en casa>> pensé. Apreté el paso, y progresivamente la cabaña se iba alzando delante de mí. Todo estaba casi como lo había dejado. Había mucho trabajo que hacer en el campo, pero decidí que comenzaría al día siguiente. Ahora solo quería regresar a casa. Me sacudí los pies en la puerta y entré, al instante una tranquilidad como antes nunca la había sentido, me inundó por dentro. Pasado unos minutos, con todo colocado, encendí mi chimenea. El fuego crepitó al instante, y el lugar se empezó a caldearse. Me senté en el sofá, dejando que el calor seguro y constante combatiera las marcas residuales del infierno. Miré a través de la ventana. La aventura me había cambiado; ya no era el mismo.
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Día Nueve: Recuperación En La Aldea

El resplandor púrpura me transportó nuevamente al mundo real, otra vez me encontraba en la cueva. Avancé con dificultad hacia el exterior; mis pasos eran lentos, el cuerpo entumecido, pero el aire fresco resultaba un alivio para mis pulmones. Una vez afuera, pude contemplar otra vez la aldea, y los colores que me ofrecía el paisaje, contrastaban con la bruma rojiza que había dejado atrás. Aun así, tenía la sensación de que el olor a azufre y la sensación de la lava seguían pegados a mi armadura.

El anciano me esperaba. En su rostro pude observar una mirada de alivio. Aunque pude notar su impaciencia por saber si había podido cumplir la misión.

—Estás de vuelta. Eso es lo que importa —dijo, su voz grave—. ¿Lo conseguiste?

Vacié la mochila ahí mismo, en el suelo, mostrando los materiales obtenidos: oro, cuarzo, arena almas y alguna que otra barra de blaze.

—Has cumplido, aventurero —asintió—. Has conseguido lo necesario para asegurar nuestro futuro y el tuyo. Ahora tienes que descansar, antes de emprender el regreso a casa.

Al día siguiente, la mañana fue en un torbellino de actividad. Mientras yo me recuperaba, los aldeanos no paraban de trabajar. Los recursos fueron analizados inmediatamente. El herrero, con una sonrisa, afilaba herramientas y preparaba moldes para las aleaciones con el oro y cuarzo. La bibliotecaria organizaba sus estantes, para documentar cada material hallado. El clérigo iba de un lado para el otro planificando las pociones que nacerían de las barras de blaze.

Mientras tanto, yo me notaba distinto. Sentado al lado del lago, observaba el ajetreo que se producía a mi alrededor, en mi mente aun flotaba esa luz púrpura y resonaba el eco del Nether. Recordé la agonía de la arena de almas, el lamento del Ghast, esa fortaleza ominosa... De repente, una voz familiar me sacó de mi ensoñación, era el agricultor avisándome de que la cena ya estaba lista. Fue en ese instante, cuando me invadió el deseo de volver a la cálida comodidad de mi propia cabaña, junto a la quietud de mi chimenea.




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