El Precio Del Almuerzo

​Hay pocas cosas tan sagradas, hasta el punto de parecer rituales, como tomar un almuerzo a media mañana en un bar de toda la vida. De esos con ruido de platos de fondo, el camarero gritando las comandas y el expositor de la barra lleno de pinchos de todas clases. En una mesa situada al fondo se encontraban Ramón y Julián arreglando el mundo entre cafés y filosofía; estaban tan enfrascados en la conversación que el traqueteo del bar se había convertido en ruido blanco. Su día había empezado algo ajetreado, moviéndose de un lado para el otro para realizar varios recados mañaneros. Primero aparcaron cerca de una plaza donde se encontraban la mayor parte de los establecimientos a los que tenían que ir y, después, afirmando que necesitaban un buen almuerzo, movieron el coche hasta la puerta del bar para no tener que andar luego bajo el sol que ya empezaba a pegar con ganas.

​Al apurar el último trago de café, Ramón y Julián se acercaron a pagar mientras los camareros no daban abasto a sacar todo tipo de cafés, tostadas y montados. Una vez que hubieron abonado lo que debían, salieron a la calle, donde el sol de mediodía los recibió con fuerza. Pero ni el calor pudo frenarlos: seguían completamente enfrascados hablando, encadenando un tema de conversación tras otro al tiempo que avanzaban en dirección al coche.

​Absorbidos por la charla, cruzaron pasos de peatones, doblaron esquinas y sortearon a algún que otro viandante abstraído en sus pensamientos. En ese estado de hipnosis conversacional, sus cerebros calcularon la ruta automáticamente y recurrieron al mapa mental de primera hora de la mañana, borrando por completo que, después de los recados, habían ido a almorzar. Con un aplomo envidiable y la seguridad de quienes creen dominar el espacio-tiempo, caminaron durante quince minutos en la dirección equivocada, hilando teorías existenciales con un rumbo firme.

​Llegado el momento de buscar el vehículo, la tertulia murió de golpe al llegar a la zona de los recados. Se detuvieron mientras cruzaban miradas incrédulas. Durante cinco segundos eternos se miraron en un silencio sepulcral, buscando culpables en el horizonte.

​Fue entonces cuando cayeron en la cuenta de que el coche no había desaparecido, sino que seguía plácidamente estacionado a diez metros de la puerta del bar del que acababan de salir, mientras se convertía en un horno a la sombra del toldo. Con la dignidad hecha pedazos y la boca seca, a los dos filósofos de bar no les quedó más remedio que dar la vuelta y deshacer el camino en absoluto silencio.


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