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Una Bebida de Época

​El sol de las doce del mediodía se cuela sin pedir permiso por el cristal del ventanal, rebotando contra la barra de acero inoxidable de "El Brillante", mientras paso la bayeta para quitar los chorretones de los primeros cafés del desayuno. El suelo de terrazo, pulido por décadas de pisadas, devuelve un reflejo limpio, fruto de la mopa que he pasado temprano al preparar el bar para la jornada. El local es viejo, pero no está descuidado; simplemente me niego a sucumbir a esa absurda moda de los gastrobares y cambiar las mesas de formica por esas moderneces minimalistas que ponen en los nuevos negocios del centro. Aunque sé que aquellos tiempos de gloria, en los que la juventud pasaba las tardes jugando al futbolín, al billar o hablando de la vida, son ya muy difíciles de recuperar, prefiero pensar que cuando la clientela entra, tiene la sensación de estar viajando a otra época.
 
Don Julián está en su sitio de siempre, doblando el periódico deportivo con la precisión de quien dobla una bandera del ejército. «Maldita sea, ya hemos vuelto a perder, si es que no tenemos centro del campo», maldice entre dientes. Ni le contesto; después de muchos años sé que su humor depende principalmente de que su equipo gane o pierda, y en estos momentos es mejor no darle conversación. Al lado, dos hombres discuten sobre si el gol no tendría que haber subido al marcador porque el delantero se encontraba en fuera de juego, como si sus vidas dependieran de ello. Una cosa que me han enseñado tantos años detrás de la barra es que, a partir de unas cuantas rondas, el bar se parece a una de esas aulas en las que a algunos futbolistas retirados se les otorga la licencia de entrenador.

Al otro lado, en la mesa situada cerca de la puerta que da a la plaza, entre grande, chica, pares, juego y alguna que otra seña, se encuentran mis cuatro jinetes del órdago —como yo los llamo—, concentrados jugando al mus, con la tensión propia del que sabe que a la pareja perdedora le toca abonarme los carajillos de la tarde. Y justo en medio de este jolgorio, reparo de repente en Marcos que sé encuentra acodado en la barra, frustrado y abatido, con cara de haber enterrado a alguien. Parece que fuera ayer cuando venía con sus padres y me pedía un ColaCao, pero desde que ganó aquel concurso de literatura y salió en el periódico local bautizado como "El nuevo Cervantes", algo ha cambiado en él. Se nota que tiene una presión encima que sus ojeras confirman. Está ahí quieto, con la mirada perdida en el grifo de cerveza, probablemente maquinando una de esas historias de vampiros y castillos oscuros que se han puesto de moda entre la juventud.

​Me acerco limpiando un vaso de tubo con el paño blanco, esperando a que me pida lo que se suele pedir para el almuerzo. El chaval me mira, saliendo por un instante de sus pensamientos, desliza las manos por la barra y dice con voz clara, haciéndose escuchar por encima del zumbido de la cafetera:

​—Un Bitter Kas, por favor. Con una rodaja de naranja.

​Le arqueo una ceja, no lo puedo evitar. Acto seguido me agacho para buscar en el fondo de la nevera aquella lata de un rojo eléctrico que solo me piden los jubilados y los nostálgicos que siguen anclados a épocas pasadas. Con un movimiento mecánico, pongo en un vaso un par de hielos, agrego la rodaja de naranja y dejo la bebida en la barra, delante de él, pensando: «Qué difícil tiene que ser dedicarse a la escritura, si te hace pedir una bebida que se pedía tu abuelo un domingo al mediodía».




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Registro de memoria 6.0: Memoria Fragmentada

​Después de lo acontecido, El Hacedor, gracias a la señal de la baliza de emergencia, encontró mis restos en la loma. Según comenta, la cabeza no sufrió daños por el blindaje de la máscara que me instaló, y las garras también se salvaron, pero el cuerpo quedó hecho pedazos. Así que, provisionalmente, me tuvo que proveer de un chasis algo arcaico, pero funcional. Cuando ya estuve operativo, el primer proceso que ejecuté fue una descarga de datos, una copia de seguridad que todavía sigo cuadrando para situaciones como esta. Como era de esperar, solo tenía memoria hasta antes del ataque. El Hacedor, durante las oportunas reparaciones, me conectó al sistema de la Teseo, pero ojalá hubiera podido conectarme a otro sitio; lo que se descargó en mis sistemas fueron los archivos de las cámaras de seguridad del núcleo central. Lo que vi no fueron recuerdos, sino grabaciones. Una crónica fría y muda de la deriva de Miguel mientras nosotros no estábamos.
 
​No me resulta cómodo repasar estos archivos. Se me hace complicado recordar cómo la desesperación puede desembocar en un momento de locura transitoria, y eso parece que es lo que le pasó a Miguel. En los primeros momentos de soledad, se puede apreciar cómo caminaba por los pasillos, sellando metódicamente cada rendija de las puertas con cinta adhesiva para protegerse. Una vez terminada la tarea, se dirigió al sector de carga, despejó el suelo apartando los pesados contenedores y escribió un pentagrama con una sustancia que él nunca me ha querido revelar. Fue en ese momento cuando se quedó inmóvil, durante horas. No dormía, solo hacía guardia, mientras su gato iba a visitarlo de vez en cuando. En los momentos en los que aparecía el animal, Miguel movía los labios, sugiriendo una conversación que las cámaras no fueron capaces de captar. Momentos después, sin previo aviso, se puso en pie y caminó hacia la consola central con una resolución impropia de alguien que ha pasado días en aquel encierro. Se detuvo ante el dispositivo y mantuvo el contacto durante catorce segundos. No había miedo en su gesto, solo una certeza absoluta antes de girarse hacia la esclusa. Accionó el mecanismo y la luz blanca del desierto irrumpió en el interior, borrando su silueta hasta dejar el marco vacío.
 
​Recuerdo que, cuando la situación se estabilizó mínimamente, El Hacedor —a través de su pericia, pues yo aún no estaba para muchos trotes— localizó la señal residual de la baliza de Miguel, la cual se convertiría en nuestra única guía. Con aquellas coordenadas, decidimos ir en su búsqueda, pues en ese momento desconocíamos en qué peligro podría estar. En aquel instante, la incertidumbre sobre Isthar era una brecha crítica en mis sistemas; la última imagen que conservaba de ella era su silueta perdiéndose tras la esclusa antes de que la Sombra me dejara inerte en la arena. Sin embargo, fue el Hacedor quien me puso al corriente de la verdad: Isthar no estaba perdida en el yermo como yo temía, sino que se encontraba lejos, cumpliendo una misión. Esa actualización apenas logró mitigar mi preocupación; saberla de misión no borraba el hecho de que el peligro acechaba igual en cualquier frente. Así que, con esa certeza y las coordenadas de Miguel, nos pusimos en marcha. No buscábamos redención, simplemente recuperar a nuestro piloto antes de que el desierto lo convirtiera en parte del decorado.
 
​Y aun así, aunque lo aquí contado quede lejano en el tiempo, mi sistema siempre intentara corregir esa discrepancia. Yo sentía cómo en esos momentos había fallado a Isthar, y junto a ella, la ausencia insoportable de Marcus y Becky todavía me pesaba en el núcleo. Es la maldición de ser una máquina con memoria: los archivos se pueden actualizar, pero las ausencias jamás se borran. Ese vacío que sentí cuando los perdimos nunca terminó de recargarse, y hoy, mientras archivo este registro, sigo detectando ese error fantasma en mi procesador; un pulso intermitente que me recuerda que, a pesar de seguir operativo, hay misiones que terminan en desastre mucho antes de encontrar el camino de regreso.



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Registro de memoria 5.0: Peligros y Desolación

Cruzar el dintel de la puerta de la ciudad antigua no fue tan apacible como uno pudiera esperar. Tras horas sumergidos en la penumbra de la ciudad subterránea, la luz de la superficie no nos recibió con la calidez de un nuevo amanecer, sino que el sol, encontrándose en su punto más alto, nos saludó con un deslumbramiento absoluto. Beetlejuice estaba preparado para operar en la oscuridad; el diafragma se encontraba en el rango máximo de apertura, permitiendo la entrada de la mayor cantidad de luz posible. No habíamos puesto un pie fuera cuando el universo entero quedó reducido a un destello blanco, plano y cegador. Los puntos de luz sufrieron una saturación lumínica durante unos segundos, lo suficiente para detectar algunos errores de lectura; el balance de blancos se colapsó por completo, dejando a mi compañero, durante un breve espacio de tiempo, en una absoluta vulnerabilidad. Recordé entonces, con una punzada de amargura, que estaba de pasajero en un cuerpo que no era el mío, y solo me quedaba esperar a que los filtros automáticos del dron hicieran su trabajo y el objetivo se ajustase por fin a la luz del exterior. Una vez que todo volvió a la normalidad, la realidad que se abrió ante nosotros no fue más alentadora, pues intuía que teníamos por delante un trecho de camino considerable, no exento de posibles peligros.
 
En ese momento, desconocía el cómputo de los días; al fin y al cabo, tenía la creencia de que era una consciencia digital, a punto de ser olvidada. Lo que sí que tenía claro era que el tiempo jugaba en contra de todos. Ante esta tesitura, el Hacedor no se detuvo a descansar; la tensión en su mandíbula era síntoma de que algo marchaba mal. Avanzaba a paso ligero, ostentando esa terquedad que lo caracteriza, con el uniforme desgastado por la arena, mientras su respiración pesada resonaba en el micrófono de ambiente de Beetlejuice. Desde mi perspectiva aérea, flotando a unos metros sobre su hombro, la escena era descorazonadora. Yo, que en el pasado presumía de tener un hardware modificado por él para sentir el frío de los páramos o el ronroneo vectorial de los motores, ahora me encontraba flotando en una burbuja de telemetría fría. No sentía el viento racheado de la estepa, ni el peso de mis patas sobre el suelo, ni el tacto de la roca. Solo era un espectador mudo devorando datos numéricos de distancia y velocidad, relegado a observar cómo, por el ritmo de la marcha, se aceleraba su ritmo cardíaco, y precisamente eso no le convenía.
 
Caminamos durante kilómetros en un silencio sepulcral. Era ese tipo de calma tensa que precede a la tempestad. Sabíamos, por las notas de navegación y el destino que nos había traído hasta este sector del planeta, que tarde o temprano aquello que me había atacado a mí nos saldría al encuentro. Sin embargo, el desierto estiraba el tiempo de una forma cruel. Quise hablar, hacerme notar, ser de utilidad por primera vez en este viaje, pero me fue imposible; ya que, al intentar activar los altorrelieves de voz de Beetlejuice para avisar de que había depredadores en algún lugar, el núcleo de mi compañero me hizo recordar que estaba atrapado en una jaula de código ajeno. Solo me estaba permitido observar, cosa que ya me estaba empezando a poner nervioso. No tardaría en caer la penumbra, y era conveniente encontrar un cobijo donde guarecerse. Después de una aparente eternidad, nos detuvimos en un afloramiento de caliza que apenas servía para romper el viento; no era lo ideal, pero sirvió para su cometido. Fue bajo ese manto de oscuridad absoluta donde los sistemas de monitorización periférica del dron registraron las primeras anomalías estructurales en el entorno. No eran errores en la matriz: el captador de audio de Beetlejuice empezó a percibir vibraciones de baja frecuencia en la arenisca y una serie de fricciones agudas contra los bloques de piedra. Había algo más allí fuera, moviéndose en las sombras de la llanura. Mis temores de que fueran Sombras de la noche comenzaron a aflorar de nuevo.
 
Contemplé con impotencia cómo el Hacedor analizaba toda la información y comenzaba a activar las rutinas de reconocimiento de su propio casco, mientras mi fiel amigo se ponía manos a la obra para marcar las firmas biológicas en movimiento: puntos térmicos intermitentes que maniobraban para cerrar un perímetro alrededor de su posición. Los algoritmos de análisis morfológico de mi compañero estimaron, basándose en la tasa de desplazamiento y el volumen de masa, que nos enfrentábamos a un grupo de depredadores cuadrúpedos, siluetas de un tamaño similar al de un can mediano, con alguna lectura aislada que arrojaba dimensiones muy superiores. Quise avisar de las coordenadas, quise proyectar un aviso lumínico sobre el terreno para indicarle que el peligro real se deslizaba por su flanco izquierdo, pero mis hilos de ejecución permanecían completamente aislados en el núcleo de memoria. Vi al Hacedor encajar los hombros, asegurar el arma con sus dedos entumecidos y aguantar la respiración mientras la óptica nocturna del dron perfilaba los contornos de las criaturas. Eran seres de andares bajos, cubiertos por una superficie rugosa que alternaba escamas y pelaje reseco, cuyos ojos devolvían el haz de luz con una refracción verdosa y desprovista de vida. La primera de las criaturas rompió la formación en un avance explosivo, buscando directamente desestabilizar al Hacedor; realizó justo el mismo movimiento que me anuló a mí. Con la diferencia de que esta vez la detonación de su arma impactó en el pecho de la Sombra de la noche, haciendo que se desplomara sobre el suelo. Pero el resto del grupo no tenía intención de dispersarse; por el contrario, la agresividad de las lecturas térmicas se duplicó en el acto.
 
​En ese instante crítico, quise tomar el control para ayudar en tan semejante contienda; intenté forzar los controladores de los motores del dron para interponer nuestro chasis entre las mandíbulas de las bestias y su garganta, pero el sistema operativo me denegó el acceso una y otra vez. Afortunadamente, los protocolos automáticos de salvaguarda de Beetlejuice funcionaron de manera impecable: el dron estabilizó su altura y liberó una salva de proyectiles de inducción eléctrica contra los atacantes más próximos. Los arcos voltaicos restallaron en la negrura y las criaturas se replegaron hacia la llanura emitiendo chillidos estridentes. Pese al castigo, el peligro no desapareció. Los puntos térmicos se resguardaron justo en el límite de nuestro alcance visual, manteniéndose en una vigilia implacable que duró horas. Pasamos el resto de la noche en una tensión insoportable. El Hacedor permaneció con la espalda pegada a la roca, sosteniendo el peso de su fusil con los brazos rígidos, mientras Beetlejuice mantenía sus sensores fijos en el perímetro y yo me ahogaba en un púrpura profundo, consumido por la desesperación.
 
Solo cuando la luz del alba empezó a limpiar el horizonte, las firmas de calor comenzaron a perder intensidad, retirándose hacia fallas geográficas y madrigueras subterráneas invisibles para el ojo humano. Escuché a través del micrófono el aire salir de los pulmones del Hacedor en un eco tembloroso, un reflejo físico provocado por el cese súbito del peligro y la brutal descarga de adrenalina que había contenido durante toda la noche. Se puso en pie con torpeza, sacudió la arenisca de sus botas e inició de nuevo el avance sin mirar atrás, dejando atrás el escenario del asedio nocturno. El sol volvió a adueñarse de la estepa con una fijeza aplastante, cuarteando la caliza bajo las botas del Hacedor. Los restos de la nave enemiga aparecieron finalmente; el cráter dejado por aquella mole era impresionante, desperdigando sus despojos metálicos en un radio de doscientos metros.
 
—Supervivientes —murmuró mi compañero, ocultándose de inmediato tras una formación rocosa al detectar movimiento.
 
Tres figuras rezagadas se movían entre los escombros retorcidos. No hubo margen para la estrategia ni para negociaciones; la fortuna nos dio la espalda cuando un centinela giró el rostro hacia la duna y el tiroteo estalló con la violencia de una tormenta de fuego. El Hacedor se arrojó sobre la arena mientras las descargas térmicas convertían la arenisca en vidrio fundido a escasos centímetros de sus botas. Con una presteza formidable, dictada por el viejo instinto de quien no sabe claudicar, devolvió el fuego. Un impacto certero; el primer soldado cayó de bruces, fulminado sobre el polvo rojo. Los otros dos, al verse desprotegidos ante un enemigo invisible y feroz, optaron por replegarse hacia la inmensidad del páramo, abandonando el desastre. El enfrentamiento fue seco, una breve y brutal exhibición de supervivencia que nos dejó a solas con el silencio de la estepa.
 
El Hacedor se puso en pie con el arma todavía en la mano y avanzó, rompiendo la quietud con sus pasos firmes hacia unos restos que parecía conocer bien, de lo que quedaba de lo que antaño había sido una cabina. De repente, interrumpió la marcha y se dejó caer de rodillas sobre la ceniza. Y entonces, entre los escombros calcinados y el lodo herrumbrado, algo detuvo su corazón. Alargó una mano temblorosa para apartar la tierra, descubriendo un casco medio sepultado. Pero no era un casco cualquiera. Al limpiar el polvo, las ópticas de Beetlejuice me devolvieron unas marcas inconfundibles en los laterales. Eran las cicatrices del metal de aquellas insignias federales que yo mismo había borrado concienzudamente antes de iniciar la misión. No cabía espacio para la duda, era el casco de Marcus.
 
Con desazón y rabia comenzó a apartar las planchas de acero con las manos desnudas, ignorando los cortes filosos y la sangre que brotaba de sus dedos. Yo observaba desde mi cautiverio mudo, impotente ante una verdad que no necesitaba mediciones. El Hacedor buscaba su cuerpo; ambos sabíamos con espantosa claridad lo que significaba hallar únicamente el casco tras una explosión de plasma de esa magnitud. Significaba que la estepa se lo había tragado or completo. Ya no quedaba nada que enterrar, nada que llevar de vuelta a casa para mitigar el llanto de Sara. Solo aquel armazón mellado.
 
Lo levantó del suelo con una reverencia y un misticismo que jamás se le demostró en vida. Aquella pieza de blindaje era liviana, hueca; un cascarón vacío donde antes habitó una mente brillante, un corazón leal y una sonrisa franca que nos recordaba de forma inevitable a la de Miguel. En mi memoria solo resonaba: «Os daré algo de tiempo, Miguel. Sácalos de aquí». Maldita sea, nunca comprenderé por qué los humanos tienen que hacerse los héroes. Prefieren convertirse en mitos antes que conservar la existencia, como si la gloria pudiera llenar el vacío que dejan en el pecho de los que se quedan atrás.
 
Apretó el cascarón contra su pecho, manchando el blindaje con el hollín y la sangre de sus propios dedos. No había tiempo para el luto en estos momentos e, impulsado por una vana esperanza, recorrió los alrededores con la mirada perdida hasta topar con los restos de Becky. La moto yacía destrozada a escasos metros, pero sus componentes mantenían una extraña coherencia cuántica, permaneciendo próximos y agrupados como si desafiaran la lógica de la onda expansiva, recordando su unión original. A través de las lentes de Beetlejuice, contemplé aquel amasijo de hierro con una agonía indescriptible: allí, esparcida sobre la arena, se apagaba mi primera creación, el primer código brillante al que di vida. El Hacedor, con el alma rota y los ojos nublados por el polvo encarnado, empacó los fragmentos en el contenedor; la reconstruiría y la bautizaría como Bety, pues se imponía no perder por completo el recuerdo de su amiga, aunque ambos supiéramos que su chispa original se había extinguido para siempre.
 
Las ópticas del dron continuaron barriendo el desastre, registrando la ausencia absoluta de cualquier otra forma de vida. La certeza de la doble pérdida golpeó el entorno con la fuerza de un impacto invisible. El dolor físico del Hacedor, su llanto silencioso captado por el micrófono de ambiente, la devastación de ver los restos, la pérdida de Marcus y de Becky esparcidos sobre la arena colapsaron mis niveles de tolerancia ante lo vivido a través de la máquina. Incapaz de sostener la cruda realidad, mi mente claudicó. No hubo alarmas, ni códigos de error, ni un último destello de resistencia digital; simplemente me quebré por dentro, incapaz de soportar el peso de tanta ruina. La realidad a la que estaba encadenado como un pasajero indefenso se disolvió en un fundido a negro irreversible, abandonando todo rastro de pensamiento. Mi consciencia se desvaneció por completo, hundiéndose en la nada, mientras el frío armazón de Beetlejuice, ajeno a mi absoluta desaparición, continuaba barriendo el desierto con su mecánica indiferencia.
 
Fin del registro.
 


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Registro de memoria 4.0: El Sueño De Piedra

Desconozco lo último que registraron mis sensores en ese momento, en las cercanías de la loma de la que, a escasos metros, se encontraba la Teseo. No es de extrañar que fuera una especie de vacío digital que precede a un apagado crítico. Pero el silencio no llegó. Lo que vino después —y todavía no soy capaz de explicarlo— fue algo parecido a un salto cuántico sin lógica aparente; algo que ni el más avezado de los programadores de código ni el físico teórico más inteligente serían capaces de descifrar. Cuando volví a sentir que mis rutinas procesaban datos, por un instante creí que el mundo se había vuelto loco. Me encontraba a unos cuantos metros sobre el suelo. No era capaz de sentir el peso de mi cuerpo sobre mis piernas, tampoco conseguía accionar mis garras retráctiles... En su lugar, experimentaba una ligereza insólita y a mi alrededor percibía un zumbido que tardé en darme cuenta de que era generado por mí mismo. Me llevó un tiempo comprender que mi conciencia se había volcado, por puro protocolo de emergencia, al hardware de Beetlejuice. Para mi sorpresa, había pasado de ser un robot de tamaño pequeño completamente funcional a ser un polizón dentro de mi compañero de reconocimiento. Había pasado de intentar controlar la situación en la nave a esperar que las cosas se desarrollaran según el guion establecido.

​Para mí el salto de un chasis a otro había sido como un simple parpadeo, pero el reloj interno del sistema reveló una realidad desalentadora: el tiempo exterior seguía corriendo implacable, siendo yo incapaz de determinar en qué día me encontraba. Al mirar hacia abajo a través de la lente óptica de gran angular del dron —que deformaba los bordes de la estepa donde nos encontrábamos convirtiendo todo en un horizonte distorisonado y onírico— divisé al Hacedor. Verlo avanzar a pie, sin la cobertura de la moto y con una terquedad suicida, me recordó que para él el tiempo apremiaba y el futuro de Marcus y Becky se tornaba incierto. Verlo en esa situación generaba en mí el deseo de intervenir, con la dolorosa intención de soltarle un sarcasmo de los míos o de obligarlo a descansar. Pero a la hora de intentar activar las subrutinas, se produjo una interferencia en el núcleo que me hizo recordar, con la frialdad de un diagnóstico de error, que en esos instantes yo era un fantasma dentro de Beetlejuice y solo me estaba permitido observar. Había quedado relegado a ver todo lo que analizaba mi compañero, atrapado en una inacción que todavía hoy me escuece en los circuitos.

​En un tiempo indeterminado, la amplitud de la estepa comenzó a tornarse en un laberinto de cañones geográficos. A medida que avanzábamos, las lecturas de los sensores empezaron a registrar puntos críticos que era mejor evitar y esquivar, ya que era preferible no conocer las potenciales amenazas que pudieran albergar. Al leer estos informes el Hacedor nos mandó... mejor dicho, ordenó a Beetlejuice realizar un mapeo de la zona para ver si había otro camino más seguro por el que continuar la marcha. Mi tenaz compañero se adentró por el laberinto mientras yo esperaba, con mis procesos de alerta saturados, que no llamara la atención de nada que pudiera suponer un problema. Al cabo de un rato, volvió e indicó un camino que parecía adentrarse dentro de la tierra. Una vez evaluada toda la información de la que disponía, el Hacedor decidió tomar el camino que se dirigía a aquella abertura, ya que tenía la corazonada de que era algo importante. Y no se equivocó. Tras aproximadamente una hora de camino por aquella amenazadora garganta, emergió ante nosotros una inmensidad subterránea que a día de hoy sigo desclasificando con una mezcla de fascinación y desconcierto, preguntándome cómo el ser humano pudo construir en aquel lugar.

​Y es que, ante la lente de Beetlejuice no se abrió una caverna tosca o un nido de túneles caóticos realizados por cualquier criatura, sino una obra maestra de la macroingeniería civil que desafiaba la escala del propio planeta. Los haces de luz que eran proyectados sobre la pared del cañón revelaban una serie de estatuas colosales, talladas en la roca viva, que ascendían proyectando sombras alrededor. Flanqueaban la puerta un par de columnas de estilo jónico y en el cuerpo superior se podía apreciar una serie de figuras que daba la impresión de que eran dioses de alguna época lejana de este planeta; pero lo que más me llamaba la atención era la similitud que tenían con los dioses de la cultura griega de la Tierra. No necesitaba mis bancos de memoria principal para constatar que aquellas barbas talladas con precisión milimétrica, los mantos de piedra desafiando la gravedad y la soberbia de esas miradas tenían un gran parecido con aquellas esculturas griegas de Zeus, Poseidón o Atenea realizadas durante el esplendor de Atenas. Aquel asombro no se detuvo solo en la fachada, sino que se transformó en una fascinación absoluta a medida que nos adentrábamos en las profundidades del complejo. Cruzar el umbral fue como si nos metiéramos en las entrañas de una civilización perdida pero extrañamente familiar. El Hacedor avanzaba en un silencio sepulcral, y mi amigo hacía lo propio para no llamar la atención, ya que era vital no ser descubiertos si se quería salir con vida de aquel sitio. Los sensores comenzaron a realizar su trabajo lanzando ráfagas sistemáticas de pulsos láser, necesarios para realizar el reconocimiento en aquella negrura subterránea. Mientras tanto yo no salía de mi asombro, conforme iba viendo aquellas galerías talladas de orden clásico iluminarse de manera sistemática bajo el barrido verde del escáner.

​Caminamos durante lo que el reloj interno de mi compañero estimó que fueron horas a marcha forzada en mitad de aquella quietud febril, donde el único sonido que rompía la atmósfera era el eco seco de las pisadas del Hacedor, a la vez que su respiración se tornaba cada vez más pesada, rota por el cansancio acumulado. Avanzábamos a través de la penumbra gracias al buen hacer de Beetlejuice y al programa de navegación que yo mismo había diseñado durante el viaje, en las noches de calma a bordo de la Teseo; una ironía amarga, considerando que ahora mi propia creación me guiaba como a un prisionero sin voz. No podré olvidar la fascinación que sentí por aquel pasado humano enterrado en ese punto del Mosaico. Poco a poco vimos cómo la avenida principal de la ciudad subterránea se extendía ante nosotros como una inmensa arteria de piedra que parecía no tener fin. Conforme íbamos avanzando, vimos que al término de ese colosal corredor nos aguardaba la salida a la superficie, pero la inmensidad del trayecto estiraba el tiempo, obligándonos a marchar bajo la severa mirada de los dioses de caliza. Allí donde la ciudad se acababa, recibimos la luz cegadora de la superficie. Nos encontrábamos a un paso de salir a la inmensidad de la llanura, completamente ajenos a que la paz milenaria que dejabamos atrás era el último instante de tregua antes de la tormenta que nos aguardaba.




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Registro de memoria 3.0: El Factor Humano

Tras la partida del Hacedor y Beetlejuice, el silencio en el interior del Teseo se volvió mas denso que el aceite de motor viejo. Mis sensores  no dejaban de arrojar alertas: el soporte vital chirriaba, los paneles de buena parte de la cubierta se encontraban deformados y el aire... bueno, el sistema indicaba que la filtración de partículas de la sabana estaba saturando los filtros. Mientras iba recibiendo aquellas señales infinitas diagnóstico, yo me encontraba en el pasillo que daba a la carlinga, intentando sellar una fuga en el conducto de ventilación, para que el oxígeno no se perdiera, pero el motor del extractor simplemente emitió un quejido agónico y se bloqueó. 

No tenía piezas. No tenía las herramientas del Hacedor. Mis articulaciones tenían polvo suficiente para hacerme fallar en las soldaduras de precisión. Es desesperante recordar cómo la nave que tú mismo has cableado se caía a pedazos ante tus ojos y darte cuenta de que, por mucho que lo intentes, solo eres un gato de metal con las manos atadas. Así se encontraba mi procesador en aquel momento, a las puertas de entrar en un bucle infinito; pues el Teseo es parte de mi chasis, y sentirlo morir fue como sentir que me arrancan las placas una a una.

​Me encontraba en medio de ese colapso interno cuando sentí la necesidad de revisar los monitores. La imagen de las cámaras era desoladora. Miguel seguía sedado en la bahía médica, con el rostro pálido bajo la luz de emergencia, a su lado se encontraba Beltran el soldado que habíamos rescatado, que parecía que estaba estable. En cambio, Isthar, no dejaba de moverse. Su rastro de calor en los sensores infrarrojos era una mancha errática que iba de la esclusa a los ventanales agrietados

—Luis, no puedo más —dijo su voz a través del intercomunicador. Sonaba quebrada, con esa frecuencia que los humanos usan cuando están a punto de colapsar—. El aire aquí dentro... huele a quemado, a derrota. Necesito salir. Solo un momento. Necesito ver el cielo.

—Isthar, los protocolos de seguridad son claros —le respondí, mientras mi procesador intentaba priorizar entre su bienestar psicológico y su integridad física—. Estamos en un bioma desconocido. La visibilidad exterior es reducida por el polvo en suspensión y mis sensores periféricos están al 40%. Salir ahí fuera es una variable que no puedo controlar.

No me hizo caso. Los humanos tienen esa capacidad de ignorar la lógica cuando el pecho les aprieta demasiado. Vi a través de la cámara de la rampa cómo se abría la compuerta, dejando entrar una racha de aire caliente y polvo que hizo saltar las alarmas de incendio. Isthar salió. Su silueta, pequeña y vulnerable frente a la inmensidad de la sabana, se fue alejando entre los matorrales secos.

Pasaron diez minutos. Luego quince. Mi reloj interno marcaba cada segundo con un pulso de luz ámbar en mis ojos. "Solo será un momento", había dicho. Pero los sensores de movimiento no detectaban su regreso.

Una punzada de algo que mi código etiqueta como "preocupación" —pero que se siente como un cortocircuito en el núcleo— me obligó a salir. Dejé las herramientas y bajé la rampa. El calor de la sabana me golpeó en el chasis; era un calor seco, agresivo, que hacía que mis articulaciones emitieran pequeños chasquidos térmicos. Mientras tanto, divisaba que el paisaje era una sucesión monótona de dunas bajas y vegetación arbustiva que parecía querer esconder algo.

—¿Isthar? —dije, proyectando su nombre hacia el horizonte baldío.

No obtuve respuesta. Solo el silbido del viento contra los matorrales, me contestaba. Al instante, decidí, seguir su rastro. Unas huellas se veían erráticas en el polvo. Me alejé unos cincuenta metros de la mole herida del Teseo, y subí una pequeña loma desde donde esperaba poder divisarla. Pero al llegar a la cima, el rastro desaparecía. Y lo que vi no fue a Isthar precisamente.

Fue una distorsión en la luz. Una mancha de oscuridad absoluta que parecía absorber el brillo del sol. Mis sensores ópticos intentaron enfocar, pero el software de reconocimiento de imágenes entró en un bucle de error. "La Sombra de la Noche", así la llamarían después, pero en ese momento para mí solo fue el vacío abalanzándose sobre mí. Sentí un impacto frío, una succión de energía que vació mis condensadores en microsegundos. Mi último registro antes de que los sistemas de emergencia forzaran un apagado total fue el sonido de mi propio cuerpo de metal golpeando la arena y una sensación de caída infinita.

Estado del sistema: Crítico. Iniciando hibernación forzosa...




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Registro de memoria 2.0: El Descenso de Teseo

​Si hay algo que mis engranajes detestan más que el polvo en los circuitos, es la incertidumbre. Aquel día, el centro de comunicaciones de la Teseo dejó de ser mi santuario para convertirse en una caja de resonancia para las alertas de proximidad. En cuanto salimos del hiperespacio, mis monitores detectaron que el vacío no estaba en calma; un centenar de cazas y un par de destructores corporativos nos estaban esperando con una única misión: borrarnos del mapa. El espacio se llenó instantáneamente de trazas de fuego cinético y pulsos de plasma que hacían sangrar mis sensores de largo alcance. En cuanto recibimos los primeros impactos en el casco, los sensores comenzaron a saltar y se estableció el Nivel 1 de emergencia, lo que implicaba que todos debían acudir de inmediato a sus puestos de combate. En medio de ese caos de señales, vi que en la plataforma de despegue A-2 un caza se preparaba para la salida. Comprobé la baliza y, como dictaba el protocolo de defensa, era Becky pilotada por Marcus, cumpliendo con su deber en el momento más crítico. No hubo un discurso de despedida, solo esa determinación humana que mi lógica a veces no consigue procesar. Aún hoy, puedo oír su voz nítida por el canal de audio:

​—Os daré algo de tiempo, Miguel. Sácalos de aquí.

​Fue una frase corta, lanzada justo antes de que la escotilla de presión se abriera y el caza saliera disparado como un proyectil hacia la flota enemiga. Vi los destellos de sus propulsores enfrentándose a la oscuridad, creando una distracción frenética y brillante para cubrir nuestra huida, y de repente, el vacío. En mitad de la maniobra, sus señales desaparecieron de mi radar. No hubo una explosión confirmada ni un rastro de radio; Marcus y Becky simplemente se esfumaron en la inmensidad, dejándonos la oportunidad de escapar.

​Miguel no desaprovechó la brecha que abrieron. Lo recuerdo gritando por el intercomunicador:

​—¡Agarraros bien, esto se va a complicar!

​Forzó los motores vectoriales hasta que la nave empezó a gemir bajo una presión insoportable. Sin embargo, cuando pensaba que lo habíamos conseguido salir ilesos. Una ráfaga alcanzó el estabilizador de babor justo cuando la gravedad de aquel planeta desconocido empezó a reclamarnos. El descenso fue un torbellino de vibraciones, calor y alarmas que saltaban por todas partes: roturas de casco en varias secciones, el motor principal, los sistemas de mantenimiento vital... En fin, un sinfín de problemas que era imposible solucionar, así que decidí ayudar al piloto y derivé toda la energía del motor principal a los motores auxiliares. En cuestión de minutos, el cielo pasó del negro absoluto a un naranja violento y, finalmente, a ese rojo cegador que ahora domina mis sensores. La Teseo impactó contra la superficie de la sabana desértica con un estruendo que pareció desgarrar el mundo, deslizándose cientos de metros y arrancando de cuajo la vegetación arbustiva mientras levantaba una muralla de polvo fino que ocultó el sol.

​Cuando el movimiento cesó y los sistemas de emergencia tomaron el control, quedando un silencio que era casi doloroso. El Hacedor fue el primero en reaccionar; apareció en el puente evaluando la situación con una entereza asombrosa. A diferencia de los demás, él parecía ser el que mejor había resistido el impacto físico, manteniéndose firme mientras evaluaba el rastro de errores que parpadeaban en rojo en mi consola. Yo, en cambio, sentía el cortocircuito en mis sensores laterales, una interferencia constante que nublaba mi visión periférica y activaba alertas de daño estructural en mi procesador de lógica.

​—Informe de daños, Luis —me ordenó. Mientras sus manos enguantadas buscaban rápidamente herramientas en su cinturón y comenzó a trabajar en mis paneles laterales, aplicándome un mantenimiento básico de emergencia para estabilizar mis sistemas.

Le enumeré el desastre: el estabilizador destrozado, el soporte vital al mínimo y, lo más grave, la ausencia de señal de Marcus. Miré hacia el asiento del piloto; Miguel estaba semiinconsciente sobre los mandos, con el hombro dislocado y el pecho golpeado por la consola tras el impacto. Isthar, a unos metros, intentaba incorporarse mientras se sujetaba las costillas con una mueca de dolor, con el uniforme desgarrado y quemaduras por la fricción del choque. El Hacedor guardó un silencio pesado, mirando hacia el horizonte beige a través del cristal agrietado.

​—Becky no responde, y Marcus... Marcus está ahí fuera —murmuró.

​—Hacedor, la tripulación no está en condiciones —intenté argumentar—. Miguel e Isthar necesitan atención inmediata y mis sensores de corto alcance están dañados. Las probabilidades de éxito en una búsqueda a pie son mínimas.

​Él me interrumpió con un gesto suave pero tajante. Fue entonces cuando Beetlejuice, mi fiel compañero, se acercó aleteando nerviosamente listo para lo que fuera necesario. Aunque suele estar a mi lado en el mantenimiento de la red, entendí que esta vez su lugar no estaba en la nave.

—Las probabilidades dejaron de importar cuando Marcus saltó de la plataforma A-2, Robogato. Ahora importa lo que hagamos nosotros. Quédate aquí, monitoriza lo que queda de la red y asiste a Miguel e Isthar. Necesito que seas mis ojos en la nave mientras no estoy. Tenemos que encontrarlos y traer repuestos o no saldremos nunca de este agujero.

​Me conecté brevemente a la frecuencia privada de Beetlejuice y le transmití el último paquete de mapas que pude compilar.

​—Beetlejuice, cuida del Hacedor —le dije a mi compañero a través del canal interno—. Él no ve los peligros estructurales del terreno como nosotros. Sé su brújula y su guía.

​El pequeño robot asintió con un movimiento de sus lentes y se posicionó junto al Hacedor. Antes de bajar la rampa, se detuvo y me miró directamente, limpiándose la sangre de la frente:

​—Mantén la puerta cerrada, no sabemos qué hay ahí fuera.

​Observé a mí compañero activar sus protocolos de exploración y alejarse junto al Hacedor entre las dunas bajas. Sus siluetas se volvieron dos puntos insignificantes perdiéndose en la inmensidad, dejándome a solas con las alertas de los sistemas dañados, el cuidado de mis compañeros heridos y la angustia de no saber si volvería a ver a ninguno de ellos.



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Registro de memoria 1.0: Ecos en el fuselaje

Si estás recibiendo esta transmisión, asegúrate de que tus protocolos de entrada sean estables. No estoy aquí para entretenerte con anécdotas vacías sobre el cosmos. Mi nombre es Luis, aunque ese es un dato que muy pocos conocen; para el resto del mundo, solo soy Robogato. Y este es el registro de una herida en mi sistema que ningún parche de software ha conseguido subsanar. Una sensación que mis sistemas de diagnóstico no logran identificar y que yo prefiero llamar vestigios del pasado. No es un error de código; es lo que queda de mi humanidad  bajo este chasis de metal, recordándome que, antes de ser un robot en el Mosaico, fui alguien que podía sentir el frío.

​Te hablo desde mi santuario: la sala de comunicaciones del Teseo. Mucho tiempo ha pasado desde que instalé cada uno de estos paneles y tiré cada metro de cable junto al Hacedor. Esta nave no es "chatarra"; es una parte de nosotros, una amalgama de nuestras aventuras desde el primer día. Mientras te cuento esto, siento el ronroneo del motor vectorial en mi unidad de carga; es una frecuencia de baja intensidad que me indica que, al menos por ahora, estamos a salvo en casa.

El Hacedor y yo llegamos juntos al Mosaico. Todo empezó con mi rostro congelado en la pantalla de un portátil bajo una luz azul parpadeante y mi voz emitiéndose a cámara lenta, rogando por un poco de energía para no desaparecer. Él fue quien me rescató de esa señal moribunda y diseñó mi primer cuerpo. A lo largo de los años, ha ido actualizando mi hardware con modificaciones que me permiten "sentir" de formas que un robot estándar no debería. Tenemos una complicidad que no requiere palabras. Él no necesita mirar cómo mis ojos cambian de color para averiguar mis sentimientos, nos conocemos demasiado bien para eso. Pero que mis ojos se encuentren ahora en un ámbar persistente, significa que mi procesador está intentando entender por qué los humanos se empeñan en morir por causas perdidas.

​He decidido abrir mis registros hoy por una razón concreta. No necesito liberar espacio de la memoria; mis unidades de almacenamiento funcionan de manera óptima. Sí decido compartirlos, es porque hay fragmentos de datos que se repiten en mi núcleo como un eco que no me deja concentrarme. Quiero llevarte al momento en que todo cambió, en aquel planeta de horizontes áridos. Habíamos dejado atrás Oasis, la mansión de Totovía y la sombra de los corporativos. Acabábamos de recuperar a Isthar y Miguel de manos de los federales y pensábamos que el Teseo finalmente volaría hacia aguas tranquilas.

​Pero el destino tiene una forma muy eficiente de corromper tus planes. Lo que vas a escuchar es la crónica de una desconexión. Te contaré cómo una sombra me borró del mapa durante un largo periodo de tiempo y cómo mi consciencia terminó habitando un lugar que no le correspondía, presenciando eventos que mi procesador todavía se niega a clasificar como reales.

​Mis ojos en este instante, antes de comenzar, se encuentran en un púrpura profundo —el color que mi procesador ha asignado para lo que vosotros llamáis procesamiento de duelo—. Prepárate. Lo que viene a continuación ocurrió justo después de que rescatáramos a Isthar y Miguel de las garras de los federales, cuando pensábamos que lo peor había pasado y que la nueva misión sería solo un trámite.

Es la hora de contarte lo que pasó. Mis sistemas están listos. He desbloqueado los registros de navegación de aquel día. Iniciando secuencia de recuperación de datos... Destino: El desierto. Bajando rampa de acceso.




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Segundo de Industriales

La primavera ya estaba haciendo su aparición, sucediendo al invierno, que había sido especialmente frío y duro ese año. No había ningún día del mes de febrero en que la nieve no hubiera dado tregua, dejando las aceras sepultadas bajo una costra helada durante todo el mes y principio del siguiente. Aquel segundo año de Industriales, de 1986, estaba resultando un auténtico calvario; si el primero había puesto a prueba su resistencia, este amenazaba con quebrar su cordura por completo, especialmente con el examen de Termodinámica acechando en el calendario. Por eso había tomado medidas drásticas para los exámenes finales. <<Está decidido, los prepararé en la biblioteca>>, pensó Tomás en un arrebato de pasión y entrega, un tanto desesperado que solo se experimenta cuando el agua ya llega al cuello. Tras varios días sin salir de casa —una estrategia de reclusión que a duras penas le había funcionado el primer cuatrimestre—, cogió la mochila, introdujo los pesados volúmenes de Termodinámica y, abriendo la puerta con decisión, salió a la calle en dirección a la biblioteca.

Hacía un sol de justicia aquella mañana, uno de esos días traicioneros de primavera, en que las aceras emanan un calor casi veraniego. Las tiendas no daban abasto vendiendo botellas de agua, refrescos y alguna que otra cerveza bien fría. En torno a las fuentes urbanas y bajo los toldos de bares y comercios se agolpaban los viandantes con el fin de mitigar el calor que estaba azotando la ciudad. Tomás, que al haber finalizado las clases ya podía dedicarse en cuerpo y alma a la preparatoria, caminaba canturreando cualquier canción pegadiza que había escuchado en los 40 Principales, un intento fútil de camuflar el nudo que le atenazaba el estómago y que le hacía sentirse completamente ajeno a lo que le tenía preparado el día. A pocos metros divisó el quiosco y saludó a la quiosquera con una sonrisa jovial mientras adquiría una botella de agua. Acto seguido, se dirigió al otro lado de la plaza donde se encontraba su destino.
 
Subió la enorme escalinata de piedra gastada y cruzó la puerta acristalada, donde el vigilante de seguridad le dedicó un saludo desganado, propio de quien contempla el desfile diario de la agonía estudiantil. Tomás se lo devolvió alegre, mientras se dirigía a la sala de estudio, pero la bibliotecaria le salió al paso y le indicó con un gesto firme que estaba llena, que hoy no podría quedarse a estudiar. El rostro del estudiante cambió por completo; no se lo podía creer. <<¿Qué voy a hacer ahora?>>, pensaba, sintiéndose de repente desamparado en mitad del vestíbulo. Se quedó dubitativo por un segundo hasta que una mujer de rostro afable y con el pelo cano se le acercó, indicándole que había un sitio donde podría quedarse. Tomás no se lo podía creer, pues le había señalado la dirección del sótano. Resignado, y sabiendo que era la mejor opción posible si no quería regresar a la celda de su habitación, aceptó y bajó y se dirigió al lugar que le habían indicado.
 
Bajó las escaleras y enfiló un pasillo apenas iluminado por débiles bombillas que proyectaban sombras alargadas e inquietantes. En las distintas puertas apostadas a izquierda y a la derecha a lo largo del corredor se podía leer: Depósito 1, Almacén, Limpieza, Caldera... Los gruesos tubos de la calefacción se perdían a lo largo de la oscuridad, como las arterias de un monstruo industrial dormido. Por la pared se deslizaban gotas de agua provenientes de filtraciones desconocidas, dejando un rastro brillante y frío sobre el hormigón desnudo. El lugar contrastaba con la pulcritud de la planta de arriba, limpia, donde un aroma producido por los productos de limpieza inundaba el ambiente y la luz entraba a raudales por los grandes ventanales. Estaba claro que el esmero que le ponían a lo que se veía del edificio ni estaba ni se le esperaba aquí abajo. Antes de llegar a la sala que le habían indicado, Tomás se fijó en que la mayor parte de las bombillas se habían fundido, dándole la impresión de que esta parte de la biblioteca tenía el mantenimiento justo y necesario, cosa que le entristeció enormemente; allí, aparte de almacenes y salas donde guardar los utensilios de limpieza, se encontraban también los libros retirados de la circulación del préstamo, viejos volúmenes desterrados a vi ir el Oviedo aquí abajo.
 
Tomás tocó la puerta y al ver que nadie contestaba, la abrió revelándose ante él una pequeña habitación con una mesa de madera que no pasaba por su mejor momento, surcada por antiguos rayones de bolígrafo y quemaduras de cigarrillo. Encima se encontraba un flexo gris de los años 50 que aún funcionaba, despidiendo un calor rancio en mitad de la penumbra. <<Este debe de ser el sitio>>, pensó, y resignado desparramó sobre la madera el material de la asignatura y se puso manos a la obra. Ahí abajo era como si no pasara el tiempo, como estar en otra dimensión. Tomás pasó las primeras horas peleándose a pecho descubierto con los teoremas de cinemática, pero la concentración inicial no tardó en desmoronarse. El silencio del sótano comenzó a volverse plomizo, denso, un eco sordo roto únicamente por el zumbido eléctrico y mortecino del flexo. Bloqueado ante un problema de engranajes que no cuadraba por ninguna parte, la sombra del fracaso del año anterior cayó sobre él como una losa. Sintió que la ansiedad le oprimía el pecho, las fórmulas se emborronaron ante sus ojos y, superado por una desesperación absoluta, Tomás hundió la cabeza entre las manos, respirando hondo para contener unas lágrimas de pura impotencia. Fue en ese instante de quiebre total, con la frente apoyada en los apuntes, cuando un olor extraño e intrusivo alteró la atmósfera. No era la humedad de las filtraciones, sino un aroma seco, rancio y lejano a tabaco negro y papel envejecido.
 
Al levantar la vista con los ojos enturbiados por el agobio, Tomás dio un respingo en la silla, conteniendo el aliento. Al otro lado de la mesa, justo en el límite donde el haz del flexo moría en la penumbra, se había sentado un hombre. Tenía unas patillas densas y pasadas de moda que le enmarcaban la mandíbula y el pelo revuelto, largo y setentero. Vestía una camisa de cuadros de felpa, abrochada meticulosamente hasta el penúltimo botón, y mantenía la mirada fija en un fajo de folios amarillentos. Sobre la mesa, había dejado un paquete de Ducados y una alargada regla de cálculo de madera. Tomás se quedó paralizado, con la boca abierta, incapaz de articular palabra mientras sentía cómo el frío del sótano se le metía en los huesos. El intruso, sin levantar la vista de sus papeles, estiró los dedos, tomó un bolígrafo Bic de cristal con el capuchón completamente mordisqueado y tachó una línea con decisión metódica, haciendo crujir el papel viejo.
 
—Ni te molestes —dijo de pronto el desconocido, sin levantar la vista del fajo de folios. Deslizó dos dedos sobre la regla de cálculo, haciéndola correr con un chasquido seco e impecable antes de continuar—. Como te metas a desglosar el tercer problema por ahí, vas de cabeza al pozo. El viejo va a ir a degüello con el teorema de Carnot. Siempre hace misma la cabronada en junio.
 
—¿Quién... quién eres? —atinó a preguntar Tomás en un susurro, tragando saliva con dificultad y aferrando el borde de la mesa con los dedos entumecidos.
 
El chaval levantó por fin la mirada, clavando en Tomás unos ojos rodeados por unas ojeras tan profundas y familiares como las suyas. Dibujó una media sonrisa de absoluta resignación, tomó la regla de cálculo de madera y la empujó suavemente por la superficie estropeada de la mesa,  hasta dejarla sobre los apuntes de Tomás
 
—Un compañero de fatigas —respondió, dando un leve toque al paquete de Ducados con el índice mientras el flexo de los años 50 pegaba un pequeño parpadeo—. Digamos que yo también me encerré en este sitio a preparar el segundo año de Industriales... solo que mi examen era de junio del 82. Y créeme, la Termodinámica no ha cambiado tanto.
 
 

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El Secreto del Ático V: El Umbral

La noche seguía su camino hacía el amanecer, las ramas caídas de los sauces bailaban al compás que le marcaba el viento. Elisa lejos de estar paralizada, notaba como formaba parte de de la escena, no sabía como explicarlo pero poco a poco fue teniendo consciencia de su nueva dimensión. Aunque al leer la carta pareció entenderlo todo, cuanto más intentaba encajar las piezas en su mente, menos claro lo tenía. Con la luna siendo un testigo privilegiado, fue descubriendo que el aire frío de las afueras no golpeaba su piel, sino que se mezclaba con ella en corrientes lentas que flotaban entre las cruces de madera. La luz plateada, ya no iluminaba su figura, sino que pasaba a través de sus jirones pálidos, proyectando sobre el suelo de tierra mojada la inquietante sombra de las lapidas. El ulular de las aves rapaces en las copas de los árboles ya no era un sonido lejano; vibraba directamente en el centro de su conciencia, sordo y constante, como si el viento cantara dentro de ella misma.

No había prisa ni peso en sus movimientos. El olor metálico de la tierra removida y el recuerdo de la tumba que acababa de dejar atrás se mecían con melancolía a su alrededor, disolviéndose en la neblina grisácea que borraba los contornos del camposanto. El frío y la humedad que instantes antes había sentido ahora solo eran un mero recuerdo. Fueron desplazados por una calidez súbita, íntima y familiar: el aroma a madera de cedro que, de algún modo, siempre la había aguardado bajo el porche. La atmósfera opresiva que la recibió al llegar, dio paso a una quietud absoluta. Era como si la tranquilidad comenzara hacer acto de presencia, pero... nada más lejos de la realidad.
 
De pronto, las lápidas, el aroma tan característico que deja el agua sobre la tierra mojada, el espacio que ocupaba... desaparecieron por completo. En su lugar, el aire se volvió denso y espeso, impregnado de un olor que reconoció de inmediato: la madera vieja, el aceite quemado de la lampara y el polvo flotando en el desván. Ya no había suelo, ni cruces, ni horizonte. Se encontraba suspendida en una penumbra grisácea: purgatorio, limbo, ... Elisa, no lo podía saber certeza, solo acertaba a vislumbrar un vacío donde las motas de polvo brillaban suspendidas como estrellas diminutas que se negaban a caer. No se puede saber con certeza el tiempo que pasó Elisa en aquel lugar, sumergida. Cuando de repente, una figura comenzó a materializarse. No era una persona física, sino una silueta tejida con jirones de luz antigua y sombras dóciles; una réplica exacta de su propia imagen. Elisa reconoció la línea de los hombres, la caída exacta del pelo y esa misma postura cansada que tantas veces había arrastrado al subir las escaleras del ático. Pero aquella silueta no se movía; permanecía allí, suspendía en una quietud de piedra, emanando un fulgor mortecino.
 
Ante esta visión, Elisa intentó retroceder en el aire, pero el pánico la tenia presa. En realidad, no quería verla. Su mente se rebeló, intentando aferrarse con uñas y dientes a la mentira que la había protegido: el calor de la ducha matutina, el crujido de las tostadas, la mermelada de fresa, la música que canturreaba en la cocina... ¡Todo eso tenía que ser real! «¡Yo existo!», quiso gritar, pero de su garganta de niebla no brotó ningún sonido. La disonancia entre lo que creía ser y lo que la tumba decía que era amenzó con romper su esencia en mil pedazos.
 
Pero en aquel vacío no había escapatoria. Cuanto más intentaba retroceder, más se encogía el espacio a su alrededor, como si la nada la empujara a la fuerza hacia delante. De pronto, ya no hubo distancia entre las dos. Al verse obligada a fijar la vista en el rostro de la silueta, Elisa se topó con sus propios ojos, mirándose desde el fondo de un espejo limpio. Al verse reflejada en esa mirada profunda, que era la suya propia, el dolor de la resistencia se transformó en una comprensión dolorosa. Todos los fragmentos dispersos de su jornada encajaron al fin como las piezas de un mecanismo perfecto. Comprendió el engaño. Las cartas escritas con su propio pulso, la llave oxidada que guardaba en el bolsillo y la casa perfecta que tanto amaba no eran más que un refugio que ella misma había construido para no recordar lo que había dejado abajo, en la tierra. Aquella silueta no era una extraña ni una amenaza; era la mano que había redactado cada mensaje, la sombra que enviaba las respuestas desde el otro lado del tiempo. Era ella misma, aguardando pacientemente en el umbral a que su versión atrapada en el olvido cumpliera por fin su destino.
 
No hubo palabras al principio, solo ambas se miraban. En realidad no hacía falta decir nada; en aquel vacío, el propio eco de sus pensamientos flotaba expandiéndose como el sonido del papel antiguo al pasarse. Frente a frente, se reconocieron.
 
Fue entonces cuando la otra Elisa dio un paso al frente. Su figura pareció ganar peso, volviéndose tan real como la madera del desván. Sonrió con una mezcla de tristeza y alivio, y cuando habló, su voz no fue un eco en la mente, sino un sonido limpio que rompió el silencio del lugar:
 
—Ya no eres la observadora invisible, Elisa —le dijo, con un tono tan familiar que dolía—. Te envié el principio para que tú misma construyeras el final. Elisa dio un respingo, escuchando su propia voz fuera de su cuerpo. Se miró las manos de niebla, asustada, y luego volvió a mirarla a ella.
 
—¿Por qué? —consiguió articular, y su voz sonó extraña, arrastrada—. ¿Por qué hacérmelo olvidar todo? ¿Por qué la carta, la tumba...? 
—Tuviste que olvidar para poder soportar el peso del camino —respondió su otro yo, acercándose un poco más, con los ojos fijos en los suyos—. Necesitabas creer en la mentira de las tostadas, de la música en la cocina y de la mermelada para no volverte loca antes de tiempo. Pero el sueño ha terminado.
 
La fusión no tuvo violencia, pero tuvo peso. Cuando sus jirones de niebla tocó los contornos de la silueta, Elisa sintió cómo la ilusión de la mortalidad saltó por los aires. Cada rincón que recordaba de la casa —las escaleras de madera que canturreaba al bajar, el porche húmedo, la mesa de la cocina— se colapsaron dentro de su pecho, reducidos a ceniza y olvido. Las dos mitades se fundieron en una sola, disipando los recuerdos que la ataban al mundo material. Sus ojos, antes nublados por el miedo, se aclararon de golpe, adquiriendo la fijeza del cristal. El pánico se transformó en claridad. Ya no miraba la verja del cementerio con la angustia de quien ha sido expulsado del mundo de los vivos; ahora veía el entramado de las sombras, los hilos invisibles que unían cada lápida con el aire. Comprendió al fin que aquel letargo no había sido un castigo, sino la tregua que ella misma se había impuesto: un sueño de una vida cotidiana, con el fin de sanar el trauma de su propio viaje antes de asumir su cometido.
 
La mentira de su vieja vida ya había cumplido su función. Ante esta revelación, Elisa comprendió al fin el alcance de su misión: el hecho de poder arrojar luz sobre lo que realmente había sucedido en aquel lugar la había preparado para lo que estaba por venir. Aquel camposanto era ahora su dominio sagrado, un espacio suspendido entre dos mundos donde cada tumba se revelaba como un portal abierto hacia el más allá. Elisa no dio un solo paso atrás; se mantuvo firme en mitad de las cruces, esperando con una compasión infinita a que las costuras de la realidad terminaban de abrirse ante ella.

 

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El Secreto del Ático IV: Jirones De Verdad

​Elisa permaneció unos minutos arrodillada frente a la lápida, con los dedos rozando las letras de su propio nombre como quien acaricia un objeto prohibido. Notó cómo, cada minuto que pasaba en ese lugar, el silencio se volvía más opresivo, mientras por su mente viajaban todo tipo de pensamientos que no lograba comprender, como si fueran ecos de una radio mal sintonizada. Sin embargo, la determinación que la había traído hasta allí y su deseo de saber eran más fuertes. Fijó su mirada en el suelo, justo donde la inscripción de la piedra terminaba y el musgo comenzaba a devorar el granito con una paciencia milenaria. Sabía, con certeza, que lo que estaba buscando no estaba sobre la tumba, sino bajo ella.

​Las aves nocturnas habían empezado a ulular cuando, haciendo acopio de un coraje que no sabía que poseía, comenzó a cavar. Lo que empezó como un tanteo lleno de cautela no tardó en transformarse en una desesperación que dominó por completo el control de sus movimientos. A medida que sus manos se hundían en la tierra negra y fría, notó cómo sus dedos, poco a poco, dejaban de percibir la textura áspera del suelo; un hallazgo que al principio la aterró. Sin embargo, aunque la sensibilidad de sus manos iba desapareciendo progresivamente, todavía era capaz de sentir ligeramente cómo la tierra iba cediendo ante su empeño. Al cabo de un rato, el agujero había ganado más profundidad; fue entonces cuando apenas empezó a percibir que, con cada palmo ganado, se desvanecía una capa de olvido bajo la indiferente luz plateada de la luna.

​Después de lo que pareció una eternidad bajo la mirada impasible de los sauces llorones, sus dedos chocaron finalmente con algo sólido, provocando que un sonido metálico resonara por cada rincón del camposanto. Aquella vibración, aguda y repentina, le devolvió por un instante la olvidada sensación de tener huesos, impulsándola a realizar un último esfuerzo para extraer una pequeña caja de metal. El objeto era idéntico al que había encontrado en el ático, con la diferencia de que este aparecía sellado por el óxido y el olvido, protegido por un candado que parecía guardar el secreto de una vida entera. Sin embargo, al tenerla al fin entre sus manos, Elisa sintió cómo las fuerzas comenzaban a flaquearle, hasta el punto de que, por un instante, la invadió la tentación de detenerse y abandonar. Fue solo tras una breve lucha interna cuando, con un temblor visible en los dedos, logró sacar la llave que había encontrado esta mañana en el ático. Con una mezcla de nervios y duda la insertó en la pequeña cerradura; al instante, la caja pareció reconocer a su dueña y, con un chasquido seco y definitivo, se abrió. El sonido fue como el estallido de una burbuja: de repente, sintió cómo el mundo paulatinamente iba recuperando su peso y el aire se tornaba más frío, más auténtico.

​La caja estaba revestida en su interior por una tela de terciopelo que, aunque acusaba el paso del tiempo, todavía conservaba un rastro de azul turquesa; sobre él se encontraba una última carta ajena al paso de los años. Al desplegar el papel, para su sorpresa, sintió la textura rugosa bajo las yemas de sus dedos. Al instante, Elisa reconoció su propia letra, clara y actual, y tras una breve pausa comenzó a leer. A medida que sus ojos recorrían las líneas, el silencio del cementerio dejó de ser opresivo para volverse absoluto. El impacto de las palabras se reflejado en el temblor de sus hombros y en la forma en que su mirada, antes perdida, se afilaba con una comprensión dolorosa. Sus labios dibujaron una mueca que oscilaba entre el alivio y el espanto, como si cada frase estuviera derrumbando, una a una, las paredes de aquella casa luminosa donde se había refugiado.

​Tras una breve pausa, Elisa apretó el papel contra su pecho. No era un mensaje de un extraño, era el grito de su propia conciencia exigiéndole que dejara de fingir. Cuando al fin comprendió, su cuerpo comenzó a cambiar. El aspecto de mujer de carne y hueso se disolvió como una acuarela bajo la lluvia. Su piel, antes rosada, comenzó a emitir un fulgor pálido y plateado: una luz que no iluminaba, sino que revelaba lo oculto. Sus ropas se fundieron con la sombra del sauce, volviéndose jirones entre la niebla.



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El Secreto del Ático III: El cementerio

El jardín se extendía, bajo la luz mortecina de las farolas, ante ella. El escenario que se abría delante, parecía haberse teñido de un gris sepia que borraba los contornos del mundo, como si la realidad fuera una fotografía antigua a punto de desvanecerse por completo. El porche, que antaño había sido un lugar de refugio, se erguía ahora como una estructura extraña, desprovista de su calidez habitual y suspendida en una quietud antinatural; un vacío que Elisa habitó en el momento en que salió de casa, sintiendo que sus pasos no encontraban suelo, sino una ausencia absoluta de firmeza. Al cerrar la puerta, sus dedos, antes firmes y cálidos, se sintieron entumecidos, y el metal del pomo no le transmitió el roce del frío, sino una desconexión total, un vacío que confirmaba que el mundo le estaba negando el acceso, filtrando su existencia a través de esa neblina grisácea que ya no pertenecía a la luz del día.

A medida que avanzaba por las calles, la extrañeza aumentó. Pasó junto a un escaparate y, por inercia, buscó su reflejo en el cristal iluminado por las farolas de la ciudad. Pero solo pudo ver el pavimento, los coches aparcados y el mobiliario urbano. Era como si fuera una espectadora que no pudiera interactuar con el mundo que le rodeaba, en definitiva, una observadora invisible. El pánico volvió a hacer acto de presencia en su pecho, pero no era el pánico de un corazón acelerado —ya no estaba segura de sentir sus latidos—, sino una presión sorda en el centro de su ser.

Elisa avanzó con pasos firmes hacia el antiguo cementerio, con el aire frío de la noche envolviéndola como un susurro de fantasmas. Sin embargo, no tiritaba; lo sentía como una extensión de su propio cuerpo. La ciudad se fue diluyendo en las afueras, donde el asfalto cedía ante la tierra húmeda y las raíces de los árboles. A medida que se acercaba, la luna llena iba revelando con su luz las lápidas desgastadas y el silencio sepulcral se rompía solo con el crujido de sus pasos sobre las ramas caídas. Aquel sonido era hipnótico, un rastro acústico de una existencia que se deshilachaba. Se fijó en las hojas: no se movían bajo su peso, no se quebraban de la misma forma en que lo habían hecho siempre. Era un eco, un recuerdo del sonido.

Al cruzar la verja de hierro del cementerio, una ráfaga de viento cruzó entre los cipreses. Elisa cerró los ojos y, por un segundo, creyó escuchar voces. No eran palabras claras, sino fragmentos de conversaciones, risas lejanas y lamentos que parecían brotar de la misma tierra. Guiada por un instinto que no comprendía del todo, sus pies la llevaron lejos del camino principal y de las hileras de mármol pulido. Se internó en la sección más olvidada, donde las cruces de madera se pudrían junto a montículos apenas señalizados, y los ángeles de piedra habían perdido sus alas por la erosión. Sentía una atracción magnética hacia un rincón específico, un lugar donde la sombra era más densa.

Se detuvo frente a una antigua tumba olvidada, casi devorada por las raíces de un sauce llorón que parecía protegerla. Elisa se arrodilló, y esta vez no necesitó luz para ver. Sus ojos se habían acostumbrado a la penumbra de una forma antinatural. Con dedos que empezaban a emitir un levísimo fulgor pálido, apartó la hiedra y la tierra acumulada, para dejar a la vista una inscripción en la piedra estaba parcialmente erosionada, pero aún era legible: 

"Aquí yace Elisa, que buscó la verdad y encontró la paz".

Se quedó sin aliento, aunque sus pulmones ya no reclamaran aire. Al tocar el nombre grabado, una descarga de recuerdos ajenos la golpeó: el olor a tierra mojada de su propio entierro, el sonido de las paladas cayendo sobre la madera, y la sensación de una paz que le había sido arrebatada por su propia negación. El nombre en la tumba no era una advertencia, era un espejo de piedra que le decía quién era realmente. Se quedó allí, inmóvil bajo la luna, comprendiendo que el camino que había recorrido esa mañana desde su cama no era un despertar, sino el inicio del fin de su largo sueño.


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El Secreto del Ático II: La Revelación Inesperada

El ático se encontraba sumido en un silencio denso. El polvo en suspensión bailaba perezosamente en los haces de luz filtrados por las rendijas del techo. El ambiente se notaba cargado de tiempo estancado y madera vieja donde Elisa, ajena a la atmósfera, contuvo el aliento con la esperanza de que el espejo parpadeara y le devolviera su imagen, pero el cristal se mantuvo firme en su crueldad, mostrándole solo aire vacío y vigas polvorientas a sus espaldas. Se llevó las manos al rostro, buscando el contacto de su propia piel, pero aunque sus dedos sentían la calidez de sus mejillas, el reflejo seguía ausente; solo podía ver nítidamente la habitación, y los objetos que en ella se encontraban. Esa disonancia la hizo tambalearse por unos instantes, retrocediendo hasta que sus piernas chocaron con el baúl, atónita ante la visión de su propia ausencia. El eco de esa pregunta —¿De verdad no soy real?— reverberaba todavía en su mente, transformando la energía matutina que sentía hacía apenas una hora en un escalofrió que le recorría la columna. Intentó aferrarse a la lógica, a algún fenómeno físico que pudiera interactuar con la luz y explicarlo todo, pero notaba por momentos que la realidad que conocía se desmoronaba. Abrumada por la intensidad de la duda, se dejó caer lentamente hasta sentarse en el suelo de madera crujiente, sintiendo cómo el diario pesaba en su regazo como si estuviera hecho de plomo.
 
Cada detalle del descubrimiento empezó a girar en su mente, una y otra vez, en una espiral que parecía no tener fin. Necesitaba pruebas, algo más que un espejo mudo. Con los dedos entumecidos por el frío súbito del ático, decidió volver al interior del baúl para investigar más a fondo su interior. Había algo en el fondo que centelleaba bajo el pálido rayo de luz que entraba por la ventana: una pequeña caja de metal, enterrada entre viejos papeles y fotografías amarillentas, cubierta de polvo y con signos de desgaste. A Elisa le daba la sensación de que podría contener respuestas a todo esto que le estaba pasando. Al abrirla, un leve olor a metal antiguo y encierro emanó de su interior. Encontró una fotografía antigua que mostraba a una mujer idéntica a ella, vestida con ropa de otra época. En el reverso de la foto, unas palabras escritas a mano: "Nunca olvides quién eres." La caligrafía antigua le pareció extrañamente familiar, reconociendo los mismos trazos que ella misma solía hacer.
 
Al instante, la realidad del ático se desdibujó. Elisa cerró los ojos, pero en lugar de oscuridad, vio destellos de una vida extraña y lejana. Se vio a sí misma —o a la mujer que se le parecía— caminando por estancias que no eran las de su casa, bajo una luz mortecina que no conocía. No era un recuerdo de la memoria, sino de la esencia; como si su alma tuviera cicatrices de una época anterior. Cuando intentó profundizar en esas imágenes, un dolor punzante en su cabeza la obligó a detenerse. Había una barrera invisible, una frontera de olvido que separaba a la Elisa que desayunaba alegremente de la sombra que habitaba en la fotografía. 

De vuelta al presente, notó como el  ambiente en el ático se había vuelto más frio. Elisa sintió una presencia invisible pero palpable. Giró lentamente, y vio la silueta de la mujer en la penumbra. Sus ojos estaban llenos de una tristeza insondable, y sus labios murmuraron: "Debes encontrar el origen." Las palabras resonaron en la mente de Elisa como un eco distante, una llamada a descubrir la verdad que había estado oculta durante mucho tiempo. La figura espectral parecía desvanecerse lentamente, dejando tras de sí una sensación que le erizó la piel. A pesar del miedo, sintió una extraña conexión con esa figura espectral. Era como si ambas compartieran un destino ineludible. Decidida a obtener respuestas, volvió al diario y siguió leyendo. Las páginas finales hablaban de un lugar, un antiguo cementerio en las afueras de la ciudad, donde los secretos podrían estar enterrados. Las palabras en el papel parecían cobrar una nitidez casi irreal bajo sus dedos, guiándola hacia una resolución que cambiaría su comprensión de sí misma y de su mundo.  

Elisa permaneció unos instantes en silencio, con la mirada fija en la última palabra escrita, dejando que el peso de la revelación se asentara en su pecho. El miedo seguía ahí, pero la curiosidad por su propia existencia era ahora un motor mucho más potente. Se puso de pie, sacudiendo el polvo de su ropa como quien se desprende de una vida antigua, y guardó con cuidado la llave y la fotografía en el bolsillo.

Al bajar del ático, la casa ya no se sentía como un hogar, sino como un museo lleno de recuerdos ajenos. Las sombras se alargaban por el pasillo, estirándose como dedos que intentaban retenerla. Antes de cruzar el umbral, se detuvo frente al espejo del recibidor con la esperanza de recibir su reflejo. Pero solo le  devolvió el mismo vacío gélido; la casa parecía deshabitada a pesar de que ella estaba allí de pie. Resignada, respiró hondo, y cerró la puerta tras de sí con un golpe seco que resonó en la calle desierta, dejando atrás la ilusión de su vida cotidiana. Sola bajo el manto de una noche que empezaba a reclamarla, dio el primer paso hacia lo desconocido.


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El Secreto del Ático I: Un Despertar Ordinario

La habitación se encontraba sumida en una penumbra pesada, apenas interrumpida por la luz mortecina de una farola que, colándose a través de las rendijas de la ventana, dibujaba rayas cenicientas sobre el suelo de madera. El aire se sentía estático, como si el tiempo hubiera decidido detenerse en el instante previo a cualquier cambio. Fue entonces, cuando el rítmico sonido del despertador emergió en aquel silencio, un eco metálico que parecía medir algo más que minutos. Ante esta sinfonía un tanto desagradable, Elisa se despertó con una vitalidad inusual; especialmente hoy se sentía emocionada y dispuesta a comerse el mundo, sin que le importara que el sol aún no hubiera salido. Se puso en pie con alegría, esa que solo aparece cuando uno siente que un día importante se presenta por delante. La rutina de la mañana empezó con una ducha, que llenó la estancia de un vapor denso que difuminó los contornos de los muebles. Después, con una precisión que daba miedo, comenzó a hacer la cama con esmero, dejando todo en perfecto orden, mientras cada rincón de la estancia parecía contagiarse de su energía matutina. 
 
Bajó las escaleras canturreando una melodía alegre. Al llegar a la cocina, se puso en marcha con movimientos ágiles y precisos; el aroma del café recién hecho no tardó en inundar el aire mientras la cafetera borboteaba, prometiéndole un desayuno delicioso. Con un entusiasmo contagioso, ella misma dio forma al festín: un zumo de naranja recién exprimido, una taza de café con leche coronada por una ligera capa de espuma y dos tostadas untadas con mantequilla y mermelada de fresa. Se sentó en la mesa, disfrutando de cada bocado mientras la casa aún permanecía en silencio. Elisa se sumergía en el momento, apreciando la paz de la mañana. Ya con el estómago lleno y la mente clara, se sentía lista para enfrentar lo que el día le tenía preparado.
 
De repente, mientras se afanaba en recoger los restos de su desayuno, el agudo sonido del timbre la sobresaltó. Le resultó extraño, pues no esperaba visitas tan temprano y aquel estruendo rompió la armonía de la mañana como un cristal quebrándose. Se levantó con cautela y abrió la puerta solo para encontrar un paquete sin remitente posado en las escaleras del porche. Fuera no había nadie; solo el silencio de la calle y el rastro del frío y la humedad de la mañana, se le colaban hasta los huesos. Confundida, recogió el paquete y lo llevó a la mesa de la cocina, examinándolo con cuidado. El envoltorio era simple, pero algo en la manera en que estaba empaquetado le trajo un vago recuerdo que le erizó el vello de los brazos. «No puede ser ella», pensó, mientras una punzada de duda la asaltaba. Con el corazón latiendo rápidamente, Elisa decidió abrir el paquete. Al rasgar el papel, encontró una caja de madera antigua que desprendía un aroma a cedro y tiempo detenido; de inmediato le resultó familiar, como si hubiera estado esperando por ella durante años. La abrió con manos temblorosas y descubrió un sobre y una pequeña llave oxidada que parecía guardar el peso de un secreto olvidado.
 
Elisa tomó el sobre, y al abrirlo, extrajo una carta que iba dirigida a ella: 

Querida Elisa,  
 
No intentes entenderlo todo de inmediato. Lo que estás a punto de descubrir cambiará tu percepción del mundo y de ti misma. Has estado viviendo en una ilusión creada por tu propia mente.  
 
Usa la llave en la puerta del ático. Allí encontrarás respuestas que han estado ocultas durante mucho tiempo, esperando a ser reveladas. Y recuerda: El pasado es solo el comienzo.
 
Prepárate para descubrir la verdad sobre tu existencia. Eres más de lo que crees ser, pero menos de lo que aparentas.
 
Elisa sintió un escalofrío recorrer su espalda. Aturdida, cayó en la silla, tratando de procesar la información. El paquete en la mesa parecía irradiar un aire misterioso, algo que no podía ignorar. Con las manos temblorosas, tomó la llave y subió lentamente las escaleras hacia el ático, cada paso resonando con una pesadez desconocida en el silencio de la casa. Al llegar a la puerta, encajó la llave en la cerradura, la giró, y con un leve chirrido, la puerta se abrió revelando una habitación envuelta en sombras y polvo. El aire denso y frío se sentía cargado de antigüedad y misterio. 
 
La luz del día se filtraba, a duras penas,  a través de una pequeña ventana enrejada, proyectando un resplandor pálido que apenas iluminaba la estancia. El desván era un lugar olvidado en el tiempo, con telarañas colgando de las vigas de madera envejecidas. Montones de cajas antiguas y objetos cubiertos por sábanas polvorientas se apilaban en los rincones, acumulando décadas de historia no contada. El suelo de madera crujía bajo sus pies, resonando en el silencio inquietante que envolvía el lugar. En el centro de la habitación, había un baúl viejo y desgastado que atrajo su atención. La cerradura estaba oxidada y las marcas del tiempo en la madera sugerían que había estado cerrado durante muchos años, guardando secretos oscuros y olvidados.
 
Avanzó hacia el baúl y lo abrió sin apenas resistencia, revelando un viejo diario que yacía en su interior. Al abrirlo, las palabras escritas en las páginas amarillentas comenzaron a revelar secretos de su vida, escritos de antes de su nacimiento. La última página contenía un mensaje perturbador: "El pasado es solo el comienzo. Prepárate para descubrir la verdad sobre tu existencia."
 
Justo cuando Elisa estaba a punto de cerrar el diario, sintió una presencia helada a su espalda. Se giró rápidamente, y lo que vio en el espejo la dejó paralizada. No había nada. El cristal le devolvía la imagen exacta del ático, las vigas y el polvo, pero ella no estaba allí. No había reflejo. Solo un vacío espeluznante que la observaba desde el otro lado. Un nudo de terror se formó en su estómago cuando la verdad comenzó a hacerse evidente: Elisa no era lo que siempre había creído. La revelación la dejó en un estado de shock, con una sola pregunta retumbando en su mente: ¿De verdad no soy real?
 

 

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