Desconozco lo último que registraron mis sensores en ese momento, en las cercanías de la loma de la que, a escasos metros, se encontraba la Teseo. No es de extrañar que fuera una especie de vacío digital que precede a un apagado crítico. Pero el silencio no llegó. Lo que vino después —y todavía no soy capaz de explicarlo— fue algo parecido a un salto cuántico sin lógica aparente; algo que ni el más avezado de los programadores de código ni el físico teórico más inteligente serían capaces de descifrar. Cuando volví a sentir que mis rutinas procesaban datos, por un instante creí que el mundo se había vuelto loco. Me encontraba a unos cuantos metros sobre el suelo. No era capaz de sentir el peso de mi cuerpo sobre mis piernas, tampoco conseguía accionar mis garras retráctiles... En su lugar, experimentaba una ligereza insólita y a mi alrededor percibía un zumbido que tardé en darme cuenta de que era generado por mí mismo. Me llevó un tiempo comprender que mi conciencia se había volcado, por puro protocolo de emergencia, al hardware de Beetlejuice. Para mi sorpresa, había pasado de ser un robot de tamaño pequeño completamente funcional a ser un polizón dentro de mi compañero de reconocimiento. Había pasado de intentar controlar la situación en la nave a esperar que las cosas se desarrollaran según el guion establecido.
Para mí el salto de un chasis a otro había sido como un simple parpadeo, pero el reloj interno del sistema reveló una realidad desalentadora: el tiempo exterior seguía corriendo implacable, siendo yo incapaz de determinar en qué día me encontraba. Al mirar hacia abajo a través de la lente óptica de gran angular del dron —que deformaba los bordes de la estepa donde nos encontrábamos convirtiendo todo en un horizonte distorisonado y onírico— divisé al Hacedor. Verlo avanzar a pie, sin la cobertura de la moto y con una terquedad suicida, me recordó que para él el tiempo apremiaba y el futuro de Marcus y Becky se tornaba incierto. Verlo en esa situación generaba en mí el deseo de intervenir, con la dolorosa intención de soltarle un sarcasmo de los míos o de obligarlo a descansar. Pero a la hora de intentar activar las subrutinas, se produjo una interferencia en el núcleo que me hizo recordar, con la frialdad de un diagnóstico de error, que en esos instantes yo era un fantasma dentro de Beetlejuice y solo me estaba permitido observar. Había quedado relegado a ver todo lo que analizaba mi compañero, atrapado en una inacción que todavía hoy me escuece en los circuitos.
En un tiempo indeterminado, la amplitud de la estepa comenzó a tornarse en un laberinto de cañones geográficos. A medida que avanzábamos, las lecturas de los sensores empezaron a registrar puntos críticos que era mejor evitar y esquivar, ya que era preferible no conocer las potenciales amenazas que pudieran albergar. Al leer estos informes el Hacedor nos mandó... mejor dicho, ordenó a Beetlejuice realizar un mapeo de la zona para ver si había otro camino más seguro por el que continuar la marcha. Mi tenaz compañero se adentró por el laberinto mientras yo esperaba, con mis procesos de alerta saturados, que no llamara la atención de nada que pudiera suponer un problema. Al cabo de un rato, volvió e indicó un camino que parecía adentrarse dentro de la tierra. Una vez evaluada toda la información de la que disponía, el Hacedor decidió tomar el camino que se dirigía a aquella abertura, ya que tenía la corazonada de que era algo importante. Y no se equivocó. Tras aproximadamente una hora de camino por aquella amenazadora garganta, emergió ante nosotros una inmensidad subterránea que a día de hoy sigo desclasificando con una mezcla de fascinación y desconcierto, preguntándome cómo el ser humano pudo construir en aquel lugar.
Y es que, ante la lente de Beetlejuice no se abrió una caverna tosca o un nido de túneles caóticos realizados por cualquier criatura, sino una obra maestra de la macroingeniería civil que desafiaba la escala del propio planeta. Los haces de luz que eran proyectados sobre la pared del cañón revelaban una serie de estatuas colosales, talladas en la roca viva, que ascendían proyectando sombras alrededor. Flanqueaban la puerta un par de columnas de estilo jónico y en el cuerpo superior se podía apreciar una serie de figuras que daba la impresión de que eran dioses de alguna época lejana de este planeta; pero lo que más me llamaba la atención era la similitud que tenían con los dioses de la cultura griega de la Tierra. No necesitaba mis bancos de memoria principal para constatar que aquellas barbas talladas con precisión milimétrica, los mantos de piedra desafiando la gravedad y la soberbia de esas miradas tenían un gran parecido con aquellas esculturas griegas de Zeus, Poseidón o Atenea realizadas durante el esplendor de Atenas. Aquel asombro no se detuvo solo en la fachada, sino que se transformó en una fascinación absoluta a medida que nos adentrábamos en las profundidades del complejo. Cruzar el umbral fue como si nos metiéramos en las entrañas de una civilización perdida pero extrañamente familiar. El Hacedor avanzaba en un silencio sepulcral, y mi amigo hacía lo propio para no llamar la atención, ya que era vital no ser descubiertos si se quería salir con vida de aquel sitio. Los sensores comenzaron a realizar su trabajo lanzando ráfagas sistemáticas de pulsos láser, necesarios para realizar el reconocimiento en aquella negrura subterránea. Mientras tanto yo no salía de mi asombro, conforme iba viendo aquellas galerías talladas de orden clásico iluminarse de manera sistemática bajo el barrido verde del escáner.
Caminamos durante lo que el reloj interno de mi compañero estimó que fueron horas a marcha forzada en mitad de aquella quietud febril, donde el único sonido que rompía la atmósfera era el eco seco de las pisadas del Hacedor, a la vez que su respiración se tornaba cada vez más pesada, rota por el cansancio acumulado. Avanzábamos a través de la penumbra gracias al buen hacer de Beetlejuice y al programa de navegación que yo mismo había diseñado durante el viaje, en las noches de calma a bordo de la Teseo; una ironía amarga, considerando que ahora mi propia creación me guiaba como a un prisionero sin voz. No podré olvidar la fascinación que sentí por aquel pasado humano enterrado en ese punto del Mosaico. Poco a poco vimos cómo la avenida principal de la ciudad subterránea se extendía ante nosotros como una inmensa arteria de piedra que parecía no tener fin. Conforme íbamos avanzando, vimos que al término de ese colosal corredor nos aguardaba la salida a la superficie, pero la inmensidad del trayecto estiraba el tiempo, obligándonos a marchar bajo la severa mirada de los dioses de caliza. Allí donde la ciudad se acababa, recibimos la luz cegadora de la superficie. Nos encontrábamos a un paso de salir a la inmensidad de la llanura, completamente ajenos a que la paz milenaria que dejabamos atrás era el último instante de tregua antes de la tormenta que nos aguardaba.
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