Las cajas de cartón se iban amontonando paulatinamente en su habitación, mientras Clara no era capaz de entender cómo, al final, una parte de su vida quedaba reducida a un montón de trastos. Sacó un pañuelo para enjugarse los ojos. Abrumada por el ritmo del embalaje y la constante decisión de qué se llevaría y qué se quedaría atrás, buscó un respiro en el salón. Se quedó allí un momento, sentada en el sofá en silencio, hasta que sus ojos repararon en el lomo de lo que parecía un libro en la estantería. Lo extrajo con sumo cuidado y, ante su propia sorpresa, descubrió que era el álbum de fotos que solía completar con su padre en la niñez.
Acto seguido lo abrió, y la Navidad de 1996 le golpeó el pecho. Ahí estaba su abuelo, ocupando el lugar central del mismo salón que se había convertido en su refugio frente al caos que reinaba al otro lado de la casa. Clara se quedó inmóvil, recordando cómo él la aupaba para colocar la estrella en el árbol, mientras el resto de las fotografías esperaban en silencio, ser recordadas. El aire se volvió pesado, cargado de una memoria que se negaba a ser empaquetada. Sus dedos, que antes apenas rozaban el papel, ahora se aferraron a los bordes de la página, como si pudiera arrancar a aquel hombre del papel para retenerlo un segundo más antes de tener que volver a la realidad de la mudanza.
La tarde fue apagándose poco a poco, dejando que la penumbra ganara terreno en la estancia y marcara, casi sin darse cuenta, el final de aquel recuerdo. Al ver el reloj, se alarmó de lo tarde que se le había hecho. Aún con el pañuelo en la mano, se puso en pie y, tomando el álbum entre su regazo, se dirigió de nuevo a su cuarto para depositarlo en una caja que tenía escrito «abrir primero», mientras quedaba sumida en sus pensamientos, rodeada del silencio de una casa que, por primera vez, sentía que empezaba a dejar de ser su hogar.