"A veces nos convencemos de que lo mejor es no hacer nada, esperando que el destino mueva las fichas por nosotros. Pero la fe sin movimiento es solo una sala de espera muy elegante; la verdadera vida empieza cuando dejas de ser el reflejo de tus miedos para convertirte en el autor de tus pasos."
Carlos llevaba media hora sentado en el coche, con el motor apagado y la mirada fija en el portal. En el asiento del copiloto se encontraba un pequeño detalle —quizás un libro, una flor o una simple nota— que parecía pesar toneladas. Mientras no dejaba de repetirse a sí mismo que lo mejor era no forzar nada, que si el destino quería ese momento llegaría solo.
El reflejo de su propio rostro en el retrovisor le devolvió una imagen que no reconoció: la de un hombre que se estaba conformando con ser un espectador de su propia vida. A la vez que venían a su memoria, aquellos días perdidos en los que esperaba un oasis en el desierto desde la comodidad del sofá.
Al rato, el chasquido metálico de la llave al salir del contacto lo sacó de la ensoñación. Fue en ese instante cuando comprendió, que no sé trataba de una cuestión de ganar o perder, ni de romper una amistad o recibir una negativa; era la urgencia de no ser, una noche más, un simple reflejo de sus miedos. Carlos cogió el detalle que tenía preparado y bajó del coche, cerró la puerta, y con el corazón martilleando contra las costillas, se dirigió hacia el portal, decidido a ser al menos por esta noche el protagonista de su vida.
