La Manzana De La Discordia

Luis: Muy buenas a todos y bienvenidos. Hoy tenemos en el blog a una fruta un tanto peculiar; se puede decir que ha sido testigo presencial de aquellos eventos más importantes de la historia. He de matizar que conseguir esta exclusiva no ha sido fácil: nos ha costado tres años de negociaciones con el Ministerio de Agricultura, un viaje místico al monte Olimpo para rastrear su paradero, la condición de que no hubiera serpientes delante, ni nadie practicando tiro con el arco cerca. Después de tan duras condiciones, por fin lo hemos logrado. Hoy tenemos con nosotros, en estricta primicia, a la Manzana. Bienvenida.

Manzana: Muchas gracias, Luis. Aunque si te soy sincera, preferiría estar ahora mismo en una sidrería asturiana y no aquí recordando mis traumas. Pero dispara, que tengo la piel dura; a estas alturas de la vida ¿qué se le va a hacer?

Luis: Bien, vamos al grano. Empecemos hablando de mitología. Se dice que tu carrera hacia el estrellato del caos empieza en una boda griega. ¿Qué pasó con Eris?

​Manzana: ¡Acoso laboral, Luis! Eris no estaba invitada a la boda y, en lugar de quedarse en casa viendo una serie, o hacer lo que quiera que hagan las diosas en su tiempo libre, tuvo la brillante idea de usarme de granada de mano. ¡Te lo puedes creer! Me grabó aquello de "Para la más bella" y me lanzó al centro del salón. Y claro, pasó lo que tenía que pasar: aquello fue un "Sálvame Deluxe" en toda regla, pero con diosas que lanzan rayos. Afrodita, Hera y Atenea se pegaron por mí como si fuera el último artículo de las rebajas. Y al final, un tal Paris me eligió, se llevó a una chica llamada Helena y los griegos quemaron Troya. Diez años de guerra por una fruta. ¡Ni que yo fuera de platino!

​Luis: Cierto. Hubo cientos de miles de muertos. ¿Y no sientes remordimientos por lo sucedido?

​Manzana: ¿Yo? ¿Y por qué habría de sentirlos? Que los sienta quien inventó el concurso de belleza. Yo, dependiendo del tamaño, aporto más o menos calorías, nada más.

​Luis: Bueno, tranquila, no tengo intención de ofenderte. Tengo entendido que antes de lo sucedido en Troya, tenías una vida más apacible, en el Jardín del Edén.

​Manzana: ¿Apacible? ¡Fue un desahucio exprés! Mira, sinceramente, lo de la serpiente fue una encerrona, puro marketing engañoso. Me usaron para convencer a los nuevos inquilinos de que, si me mordían, serían como Dios. Mentira. Lo único que consiguieron Adán y Eva fue descubrir que estaban desnudos y que tenían que empezar a pagar autónomos. Y claro, ¿quién se llevó la culpa de que los echaran del paraíso? ¿La serpiente que mintió? No, la fruta. Desde entonces tengo fama de "fruto prohibido". ¡Si yo solo quería que me diera el aire! Y vivir en paz.

​Luis: Y desde entonces, se te asocia con la culpa y el origen del desastre.

​Manzana: Algunos historiadores siempre han tenido la manía de buscar cabezas de turco fáciles. Si no hubiera sido yo, habría sido otra cosa, un árbol o un manojo de espárragos. El caso era culpar al reino vegetal. Claro, como no podemos defendernos...

​Luis: Unos siglos después te vemos de viaje en Suiza acompañando al hijo de Guillermo Tell. ¿Qué tal te sentó el viaje?

​Manzana: ¿Acompañando, dices? ¡Mentira! Una falta de respeto total. Ahí estaba yo, intentando madurar en paz, y me ponen encima de la cabeza de un niño a la fuerza; sí, sí, ¿habéis oído bien?, a la fuerza. Mientras, un tipo con una ballesta me apunta. ¿Tú sabes el estrés que es eso? Si el tío falla, no sé qué le habría pasado al chaval. La historia hubiese continuado y yo me gano otro siglo de mala prensa por estar en medio del fregao. Por suerte, Tell tenía puntería, pero el susto no me lo quita nadie. Los humanos tenéis una obsesión enfermiza de usarme como diana para probar vuestra puntería o vuestro ego.

​Luis: Y hablando de puntería... Terminemos con la ciencia, Isaac Newton. Se dice que le caíste en la cabeza y ahí nació la ciencia moderna. ¿Cómo fue ese momento?

​Manzana: Ese fue mi momento de rebeldía. Estaba harta de que Newton se pasara las tardes mirando al infinito sin hacer nada. Así que un día decidí soltarme de la rama y le di en toda la coronilla. Pensé: "A ver si así se espabila". Y el tío, en lugar de darme las gracias o hacerme compota, va y se pone a escribir ecuaciones de tres pisos. Ahora, gracias a ese golpe, los niños tienen que estudiar física y me odian el doble. No se puede ganar con vosotros, de verdad.

​Luis: Gracias a ese impacto se han comprendido los movimientos de los planetas y de otros cuerpos celestes.

​Manzana: Sí, vamos, todo ventajas... ¿Sabes lo que saqué yo en claro de todo este asunto? Un moretón que no se me quitó en tres semanas.

​Luis: Para cerrar la entrevista, hay que comentar que también eres famosa por ser el logotipo de una de las mayores multinacionales tecnológicas del mundo. Por fin tienes una jubilación dorada, ¿no?

​Manzana: ¡Si me han dejado a medias! Me han puesto en todos los teléfonos y ordenadores del planeta, pero ¡me falta un trozo! Siempre me representan mordida. Es la metáfora de mi vida: todo el mundo quiere un pedazo de mi fama, pero nadie se queda a ver las consecuencias. Exijo regalías por cada ordenador, teléfono o tablet vendido.

​Luis: Bueno, ya no la importunamos más. Muchísimas gracias por tu tiempo. Esperemos que su maduración sea pacífica a partir de ahora.

​Manzana: Lo dudo mucho. Los humanos siempre tenéis ganas de complicaros la vida. Sé que tarde o temprano volveréis a buscarme. Esperemos que no me tengas que volver a entrevistar por otro suceso. Muchas gracias.




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El Secreto del Ático V: El Umbral

La noche seguía su camino hacía el amanecer, las ramas caídas de los sauces bailaban al compás que le marcaba el viento. Elisa lejos de estar paralizada, notaba como formaba parte de de la escena, no sabía como explicarlo pero poco a poco fue teniendo consciencia de su nueva dimensión. Aunque al leer la carta pareció entenderlo todo, cuanto más intentaba encajar las piezas en su mente, menos claro lo tenía. Con la luna siendo un testigo privilegiado, fue descubriendo que el aire frío de las afueras no golpeaba su piel, sino que se mezclaba con ella en corrientes lentas que flotaban entre las cruces de madera. La luz plateada, ya no iluminaba su figura, sino que pasaba a través de sus jirones pálidos, proyectando sobre el suelo de tierra mojada la inquietante sombra de las lapidas. El ulular de las aves rapaces en las copas de los árboles ya no era un sonido lejano; vibraba directamente en el centro de su conciencia, sordo y constante, como si el viento cantara dentro de ella misma.

No había prisa ni peso en sus movimientos. El olor metálico de la tierra removida y el recuerdo de la tumba que acababa de dejar atrás se mecían con melancolía a su alrededor, disolviéndose en la neblina grisácea que borraba los contornos del camposanto. El frío y la humedad que instantes antes había sentido ahora solo eran un mero recuerdo. Fueron desplazados por una calidez súbita, íntima y familiar: el aroma a madera de cedro que, de algún modo, siempre la había aguardado bajo el porche. La atmósfera opresiva que la recibió al llegar, dio paso a una quietud absoluta. Era como si la tranquilidad comenzara hacer acto de presencia, pero... nada más lejos de la realidad.
 
De pronto, las lápidas, el aroma tan característico que deja el agua sobre la tierra mojada, el espacio que ocupaba... desaparecieron por completo. En su lugar, el aire se volvió denso y espeso, impregnado de un olor que reconoció de inmediato: la madera vieja, el aceite quemado de la lampara y el polvo flotando en el desván. Ya no había suelo, ni cruces, ni horizonte. Se encontraba suspendida en una penumbra grisácea: purgatorio, limbo, ... Elisa, no lo podía saber certeza, solo acertaba a vislumbrar un vacío donde las motas de polvo brillaban suspendidas como estrellas diminutas que se negaban a caer. No se puede saber con certeza el tiempo que pasó Elisa en aquel lugar, sumergida. Cuando de repente, una figura comenzó a materializarse. No era una persona física, sino una silueta tejida con jirones de luz antigua y sombras dóciles; una réplica exacta de su propia imagen. Elisa reconoció la línea de los hombres, la caída exacta del pelo y esa misma postura cansada que tantas veces había arrastrado al subir las escaleras del ático. Pero aquella silueta no se movía; permanecía allí, suspendía en una quietud de piedra, emanando un fulgor mortecino.
 
Ante esta visión, Elisa intentó retroceder en el aire, pero el pánico la tenia presa. En realidad, no quería verla. Su mente se rebeló, intentando aferrarse con uñas y dientes a la mentira que la había protegido: el calor de la ducha matutina, el crujido de las tostadas, la mermelada de fresa, la música que canturreaba en la cocina... ¡Todo eso tenía que ser real! «¡Yo existo!», quiso gritar, pero de su garganta de niebla no brotó ningún sonido. La disonancia entre lo que creía ser y lo que la tumba decía que era amenzó con romper su esencia en mil pedazos.
 
Pero en aquel vacío no había escapatoria. Cuanto más intentaba retroceder, más se encogía el espacio a su alrededor, como si la nada la empujara a la fuerza hacia delante. De pronto, ya no hubo distancia entre las dos. Al verse obligada a fijar la vista en el rostro de la silueta, Elisa se topó con sus propios ojos, mirándose desde el fondo de un espejo limpio. Al verse reflejada en esa mirada profunda, que era la suya propia, el dolor de la resistencia se transformó en una comprensión dolorosa. Todos los fragmentos dispersos de su jornada encajaron al fin como las piezas de un mecanismo perfecto. Comprendió el engaño. Las cartas escritas con su propio pulso, la llave oxidada que guardaba en el bolsillo y la casa perfecta que tanto amaba no eran más que un refugio que ella misma había construido para no recordar lo que había dejado abajo, en la tierra. Aquella silueta no era una extraña ni una amenaza; era la mano que había redactado cada mensaje, la sombra que enviaba las respuestas desde el otro lado del tiempo. Era ella misma, aguardando pacientemente en el umbral a que su versión atrapada en el olvido cumpliera por fin su destino.
 
No hubo palabras al principio, solo ambas se miraban. En realidad no hacía falta decir nada; en aquel vacío, el propio eco de sus pensamientos flotaba expandiéndose como el sonido del papel antiguo al pasarse. Frente a frente, se reconocieron.
 
Fue entonces cuando la otra Elisa dio un paso al frente. Su figura pareció ganar peso, volviéndose tan real como la madera del desván. Sonrió con una mezcla de tristeza y alivio, y cuando habló, su voz no fue un eco en la mente, sino un sonido limpio que rompió el silencio del lugar:
 
—Ya no eres la observadora invisible, Elisa —le dijo, con un tono tan familiar que dolía—. Te envié el principio para que tú misma construyeras el final. Elisa dio un respingo, escuchando su propia voz fuera de su cuerpo. Se miró las manos de niebla, asustada, y luego volvió a mirarla a ella.
 
—¿Por qué? —consiguió articular, y su voz sonó extraña, arrastrada—. ¿Por qué hacérmelo olvidar todo? ¿Por qué la carta, la tumba...? 
—Tuviste que olvidar para poder soportar el peso del camino —respondió su otro yo, acercándose un poco más, con los ojos fijos en los suyos—. Necesitabas creer en la mentira de las tostadas, de la música en la cocina y de la mermelada para no volverte loca antes de tiempo. Pero el sueño ha terminado.
 
La fusión no tuvo violencia, pero tuvo peso. Cuando sus jirones de niebla tocó los contornos de la silueta, Elisa sintió cómo la ilusión de la mortalidad saltó por los aires. Cada rincón que recordaba de la casa —las escaleras de madera que canturreaba al bajar, el porche húmedo, la mesa de la cocina— se colapsaron dentro de su pecho, reducidos a ceniza y olvido. Las dos mitades se fundieron en una sola, disipando los recuerdos que la ataban al mundo material. Sus ojos, antes nublados por el miedo, se aclararon de golpe, adquiriendo la fijeza del cristal. El pánico se transformó en claridad. Ya no miraba la verja del cementerio con la angustia de quien ha sido expulsado del mundo de los vivos; ahora veía el entramado de las sombras, los hilos invisibles que unían cada lápida con el aire. Comprendió al fin que aquel letargo no había sido un castigo, sino la tregua que ella misma se había impuesto: un sueño de una vida cotidiana, con el fin de sanar el trauma de su propio viaje antes de asumir su cometido.
 
La mentira de su vieja vida ya había cumplido su función. Ante esta revelación, Elisa comprendió al fin el alcance de su misión: el hecho de poder arrojar luz sobre lo que realmente había sucedido en aquel lugar la había preparado para lo que estaba por venir. Aquel camposanto era ahora su dominio sagrado, un espacio suspendido entre dos mundos donde cada tumba se revelaba como un portal abierto hacia el más allá. Elisa no dio un solo paso atrás; se mantuvo firme en mitad de las cruces, esperando con una compasión infinita a que las costuras de la realidad terminaban de abrirse ante ella.

 

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El Secreto del Ático IV: Jirones De Verdad

​Elisa permaneció unos minutos arrodillada frente a la lápida, con los dedos rozando las letras de su propio nombre como quien acaricia un objeto prohibido. Notó cómo, cada minuto que pasaba en ese lugar, el silencio se volvía más opresivo, mientras por su mente viajaban todo tipo de pensamientos que no lograba comprender, como si fueran ecos de una radio mal sintonizada. Sin embargo, la determinación que la había traído hasta allí y su deseo de saber eran más fuertes. Fijó su mirada en el suelo, justo donde la inscripción de la piedra terminaba y el musgo comenzaba a devorar el granito con una paciencia milenaria. Sabía, con certeza, que lo que estaba buscando no estaba sobre la tumba, sino bajo ella.

​Las aves nocturnas habían empezado a ulular cuando, haciendo acopio de un coraje que no sabía que poseía, comenzó a cavar. Lo que empezó como un tanteo lleno de cautela no tardó en transformarse en una desesperación que dominó por completo el control de sus movimientos. A medida que sus manos se hundían en la tierra negra y fría, notó cómo sus dedos, poco a poco, dejaban de percibir la textura áspera del suelo; un hallazgo que al principio la aterró. Sin embargo, aunque la sensibilidad de sus manos iba desapareciendo progresivamente, todavía era capaz de sentir ligeramente cómo la tierra iba cediendo ante su empeño. Al cabo de un rato, el agujero había ganado más profundidad; fue entonces cuando apenas empezó a percibir que, con cada palmo ganado, se desvanecía una capa de olvido bajo la indiferente luz plateada de la luna.

​Después de lo que pareció una eternidad bajo la mirada impasible de los sauces llorones, sus dedos chocaron finalmente con algo sólido, provocando que un sonido metálico resonara por cada rincón del camposanto. Aquella vibración, aguda y repentina, le devolvió por un instante la olvidada sensación de tener huesos, impulsándola a realizar un último esfuerzo para extraer una pequeña caja de metal. El objeto era idéntico al que había encontrado en el ático, con la diferencia de que este aparecía sellado por el óxido y el olvido, protegido por un candado que parecía guardar el secreto de una vida entera. Sin embargo, al tenerla al fin entre sus manos, Elisa sintió cómo las fuerzas comenzaban a flaquearle, hasta el punto de que, por un instante, la invadió la tentación de detenerse y abandonar. Fue solo tras una breve lucha interna cuando, con un temblor visible en los dedos, logró sacar la llave que había encontrado esta mañana en el ático. Con una mezcla de nervios y duda la insertó en la pequeña cerradura; al instante, la caja pareció reconocer a su dueña y, con un chasquido seco y definitivo, se abrió. El sonido fue como el estallido de una burbuja: de repente, sintió cómo el mundo paulatinamente iba recuperando su peso y el aire se tornaba más frío, más auténtico.

​La caja estaba revestida en su interior por una tela de terciopelo que, aunque acusaba el paso del tiempo, todavía conservaba un rastro de azul turquesa; sobre él se encontraba una última carta ajena al paso de los años. Al desplegar el papel, para su sorpresa, sintió la textura rugosa bajo las yemas de sus dedos. Al instante, Elisa reconoció su propia letra, clara y actual, y tras una breve pausa comenzó a leer. A medida que sus ojos recorrían las líneas, el silencio del cementerio dejó de ser opresivo para volverse absoluto. El impacto de las palabras se reflejado en el temblor de sus hombros y en la forma en que su mirada, antes perdida, se afilaba con una comprensión dolorosa. Sus labios dibujaron una mueca que oscilaba entre el alivio y el espanto, como si cada frase estuviera derrumbando, una a una, las paredes de aquella casa luminosa donde se había refugiado.

​Tras una breve pausa, Elisa apretó el papel contra su pecho. No era un mensaje de un extraño, era el grito de su propia conciencia exigiéndole que dejara de fingir. Cuando al fin comprendió, su cuerpo comenzó a cambiar. El aspecto de mujer de carne y hueso se disolvió como una acuarela bajo la lluvia. Su piel, antes rosada, comenzó a emitir un fulgor pálido y plateado: una luz que no iluminaba, sino que revelaba lo oculto. Sus ropas se fundieron con la sombra del sauce, volviéndose jirones entre la niebla.



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El Secreto del Ático III: El cementerio

El jardín se extendía, bajo la luz mortecina de las farolas, ante ella. El escenario que se abría delante, parecía haberse teñido de un gris sepia que borraba los contornos del mundo, como si la realidad fuera una fotografía antigua a punto de desvanecerse por completo. El porche, que antaño había sido un lugar de refugio, se erguía ahora como una estructura extraña, desprovista de su calidez habitual y suspendida en una quietud antinatural; un vacío que Elisa habitó en el momento en que salió de casa, sintiendo que sus pasos no encontraban suelo, sino una ausencia absoluta de firmeza. Al cerrar la puerta, sus dedos, antes firmes y cálidos, se sintieron entumecidos, y el metal del pomo no le transmitió el roce del frío, sino una desconexión total, un vacío que confirmaba que el mundo le estaba negando el acceso, filtrando su existencia a través de esa neblina grisácea que ya no pertenecía a la luz del día.

A medida que avanzaba por las calles, la extrañeza aumentó. Pasó junto a un escaparate y, por inercia, buscó su reflejo en el cristal iluminado por las farolas de la ciudad. Pero solo pudo ver el pavimento, los coches aparcados y el mobiliario urbano. Era como si fuera una espectadora que no pudiera interactuar con el mundo que le rodeaba, en definitiva, una observadora invisible. El pánico volvió a hacer acto de presencia en su pecho, pero no era el pánico de un corazón acelerado —ya no estaba segura de sentir sus latidos—, sino una presión sorda en el centro de su ser.

Elisa avanzó con pasos firmes hacia el antiguo cementerio, con el aire frío de la noche envolviéndola como un susurro de fantasmas. Sin embargo, no tiritaba; lo sentía como una extensión de su propio cuerpo. La ciudad se fue diluyendo en las afueras, donde el asfalto cedía ante la tierra húmeda y las raíces de los árboles. A medida que se acercaba, la luna llena iba revelando con su luz las lápidas desgastadas y el silencio sepulcral se rompía solo con el crujido de sus pasos sobre las ramas caídas. Aquel sonido era hipnótico, un rastro acústico de una existencia que se deshilachaba. Se fijó en las hojas: no se movían bajo su peso, no se quebraban de la misma forma en que lo habían hecho siempre. Era un eco, un recuerdo del sonido.

Al cruzar la verja de hierro del cementerio, una ráfaga de viento cruzó entre los cipreses. Elisa cerró los ojos y, por un segundo, creyó escuchar voces. No eran palabras claras, sino fragmentos de conversaciones, risas lejanas y lamentos que parecían brotar de la misma tierra. Guiada por un instinto que no comprendía del todo, sus pies la llevaron lejos del camino principal y de las hileras de mármol pulido. Se internó en la sección más olvidada, donde las cruces de madera se pudrían junto a montículos apenas señalizados, y los ángeles de piedra habían perdido sus alas por la erosión. Sentía una atracción magnética hacia un rincón específico, un lugar donde la sombra era más densa.

Se detuvo frente a una antigua tumba olvidada, casi devorada por las raíces de un sauce llorón que parecía protegerla. Elisa se arrodilló, y esta vez no necesitó luz para ver. Sus ojos se habían acostumbrado a la penumbra de una forma antinatural. Con dedos que empezaban a emitir un levísimo fulgor pálido, apartó la hiedra y la tierra acumulada, para dejar a la vista una inscripción en la piedra estaba parcialmente erosionada, pero aún era legible: 

"Aquí yace Elisa, que buscó la verdad y encontró la paz".

Se quedó sin aliento, aunque sus pulmones ya no reclamaran aire. Al tocar el nombre grabado, una descarga de recuerdos ajenos la golpeó: el olor a tierra mojada de su propio entierro, el sonido de las paladas cayendo sobre la madera, y la sensación de una paz que le había sido arrebatada por su propia negación. El nombre en la tumba no era una advertencia, era un espejo de piedra que le decía quién era realmente. Se quedó allí, inmóvil bajo la luna, comprendiendo que el camino que había recorrido esa mañana desde su cama no era un despertar, sino el inicio del fin de su largo sueño.


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El Secreto del Ático II: La Revelación Inesperada

El ático se encontraba sumido en un silencio denso. El polvo en suspensión bailaba perezosamente en los haces de luz filtrados por las rendijas del techo. El ambiente se notaba cargado de tiempo estancado y madera vieja donde Elisa, ajena a la atmósfera, contuvo el aliento con la esperanza de que el espejo parpadeara y le devolviera su imagen, pero el cristal se mantuvo firme en su crueldad, mostrándole solo aire vacío y vigas polvorientas a sus espaldas. Se llevó las manos al rostro, buscando el contacto de su propia piel, pero aunque sus dedos sentían la calidez de sus mejillas, el reflejo seguía ausente; solo podía ver nítidamente la habitación, y los objetos que en ella se encontraban. Esa disonancia la hizo tambalearse por unos instantes, retrocediendo hasta que sus piernas chocaron con el baúl, atónita ante la visión de su propia ausencia. El eco de esa pregunta —¿De verdad no soy real?— reverberaba todavía en su mente, transformando la energía matutina que sentía hacía apenas una hora en un escalofrió que le recorría la columna. Intentó aferrarse a la lógica, a algún fenómeno físico que pudiera interactuar con la luz y explicarlo todo, pero notaba por momentos que la realidad que conocía se desmoronaba. Abrumada por la intensidad de la duda, se dejó caer lentamente hasta sentarse en el suelo de madera crujiente, sintiendo cómo el diario pesaba en su regazo como si estuviera hecho de plomo.
 
Cada detalle del descubrimiento empezó a girar en su mente, una y otra vez, en una espiral que parecía no tener fin. Necesitaba pruebas, algo más que un espejo mudo. Con los dedos entumecidos por el frío súbito del ático, decidió volver al interior del baúl para investigar más a fondo su interior. Había algo en el fondo que centelleaba bajo el pálido rayo de luz que entraba por la ventana: una pequeña caja de metal, enterrada entre viejos papeles y fotografías amarillentas, cubierta de polvo y con signos de desgaste. A Elisa le daba la sensación de que podría contener respuestas a todo esto que le estaba pasando. Al abrirla, un leve olor a metal antiguo y encierro emanó de su interior. Encontró una fotografía antigua que mostraba a una mujer idéntica a ella, vestida con ropa de otra época. En el reverso de la foto, unas palabras escritas a mano: "Nunca olvides quién eres." La caligrafía antigua le pareció extrañamente familiar, reconociendo los mismos trazos que ella misma solía hacer.
 
Al instante, la realidad del ático se desdibujó. Elisa cerró los ojos, pero en lugar de oscuridad, vio destellos de una vida extraña y lejana. Se vio a sí misma —o a la mujer que se le parecía— caminando por estancias que no eran las de su casa, bajo una luz mortecina que no conocía. No era un recuerdo de la memoria, sino de la esencia; como si su alma tuviera cicatrices de una época anterior. Cuando intentó profundizar en esas imágenes, un dolor punzante en su cabeza la obligó a detenerse. Había una barrera invisible, una frontera de olvido que separaba a la Elisa que desayunaba alegremente de la sombra que habitaba en la fotografía. 

De vuelta al presente, notó como el  ambiente en el ático se había vuelto más frio. Elisa sintió una presencia invisible pero palpable. Giró lentamente, y vio la silueta de la mujer en la penumbra. Sus ojos estaban llenos de una tristeza insondable, y sus labios murmuraron: "Debes encontrar el origen." Las palabras resonaron en la mente de Elisa como un eco distante, una llamada a descubrir la verdad que había estado oculta durante mucho tiempo. La figura espectral parecía desvanecerse lentamente, dejando tras de sí una sensación que le erizó la piel. A pesar del miedo, sintió una extraña conexión con esa figura espectral. Era como si ambas compartieran un destino ineludible. Decidida a obtener respuestas, volvió al diario y siguió leyendo. Las páginas finales hablaban de un lugar, un antiguo cementerio en las afueras de la ciudad, donde los secretos podrían estar enterrados. Las palabras en el papel parecían cobrar una nitidez casi irreal bajo sus dedos, guiándola hacia una resolución que cambiaría su comprensión de sí misma y de su mundo.  

Elisa permaneció unos instantes en silencio, con la mirada fija en la última palabra escrita, dejando que el peso de la revelación se asentara en su pecho. El miedo seguía ahí, pero la curiosidad por su propia existencia era ahora un motor mucho más potente. Se puso de pie, sacudiendo el polvo de su ropa como quien se desprende de una vida antigua, y guardó con cuidado la llave y la fotografía en el bolsillo.

Al bajar del ático, la casa ya no se sentía como un hogar, sino como un museo lleno de recuerdos ajenos. Las sombras se alargaban por el pasillo, estirándose como dedos que intentaban retenerla. Antes de cruzar el umbral, se detuvo frente al espejo del recibidor con la esperanza de recibir su reflejo. Pero solo le  devolvió el mismo vacío gélido; la casa parecía deshabitada a pesar de que ella estaba allí de pie. Resignada, respiró hondo, y cerró la puerta tras de sí con un golpe seco que resonó en la calle desierta, dejando atrás la ilusión de su vida cotidiana. Sola bajo el manto de una noche que empezaba a reclamarla, dio el primer paso hacia lo desconocido.


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El Secreto del Ático I: Un Despertar Ordinario

La habitación se encontraba sumida en una penumbra pesada, apenas interrumpida por la luz mortecina de una farola que, colándose a través de las rendijas de la ventana, dibujaba rayas cenicientas sobre el suelo de madera. El aire se sentía estático, como si el tiempo hubiera decidido detenerse en el instante previo a cualquier cambio. Fue entonces, cuando el rítmico sonido del despertador emergió en aquel silencio, un eco metálico que parecía medir algo más que minutos. Ante esta sinfonía un tanto desagradable, Elisa se despertó con una vitalidad inusual; especialmente hoy se sentía emocionada y dispuesta a comerse el mundo, sin que le importara que el sol aún no hubiera salido. Se puso en pie con alegría, esa que solo aparece cuando uno siente que un día importante se presenta por delante. La rutina de la mañana empezó con una ducha, que llenó la estancia de un vapor denso que difuminó los contornos de los muebles. Después, con una precisión que daba miedo, comenzó a hacer la cama con esmero, dejando todo en perfecto orden, mientras cada rincón de la estancia parecía contagiarse de su energía matutina. 
 
Bajó las escaleras canturreando una melodía alegre. Al llegar a la cocina, se puso en marcha con movimientos ágiles y precisos; el aroma del café recién hecho no tardó en inundar el aire mientras la cafetera borboteaba, prometiéndole un desayuno delicioso. Con un entusiasmo contagioso, ella misma dio forma al festín: un zumo de naranja recién exprimido, una taza de café con leche coronada por una ligera capa de espuma y dos tostadas untadas con mantequilla y mermelada de fresa. Se sentó en la mesa, disfrutando de cada bocado mientras la casa aún permanecía en silencio. Elisa se sumergía en el momento, apreciando la paz de la mañana. Ya con el estómago lleno y la mente clara, se sentía lista para enfrentar lo que el día le tenía preparado.
 
De repente, mientras se afanaba en recoger los restos de su desayuno, el agudo sonido del timbre la sobresaltó. Le resultó extraño, pues no esperaba visitas tan temprano y aquel estruendo rompió la armonía de la mañana como un cristal quebrándose. Se levantó con cautela y abrió la puerta solo para encontrar un paquete sin remitente posado en las escaleras del porche. Fuera no había nadie; solo el silencio de la calle y el rastro del frío y la humedad de la mañana, se le colaban hasta los huesos. Confundida, recogió el paquete y lo llevó a la mesa de la cocina, examinándolo con cuidado. El envoltorio era simple, pero algo en la manera en que estaba empaquetado le trajo un vago recuerdo que le erizó el vello de los brazos. «No puede ser ella», pensó, mientras una punzada de duda la asaltaba. Con el corazón latiendo rápidamente, Elisa decidió abrir el paquete. Al rasgar el papel, encontró una caja de madera antigua que desprendía un aroma a cedro y tiempo detenido; de inmediato le resultó familiar, como si hubiera estado esperando por ella durante años. La abrió con manos temblorosas y descubrió un sobre y una pequeña llave oxidada que parecía guardar el peso de un secreto olvidado.
 
Elisa tomó el sobre, y al abrirlo, extrajo una carta que iba dirigida a ella: 

Querida Elisa,  
 
No intentes entenderlo todo de inmediato. Lo que estás a punto de descubrir cambiará tu percepción del mundo y de ti misma. Has estado viviendo en una ilusión creada por tu propia mente.  
 
Usa la llave en la puerta del ático. Allí encontrarás respuestas que han estado ocultas durante mucho tiempo, esperando a ser reveladas. Y recuerda: El pasado es solo el comienzo.
 
Prepárate para descubrir la verdad sobre tu existencia. Eres más de lo que crees ser, pero menos de lo que aparentas.
 
Elisa sintió un escalofrío recorrer su espalda. Aturdida, cayó en la silla, tratando de procesar la información. El paquete en la mesa parecía irradiar un aire misterioso, algo que no podía ignorar. Con las manos temblorosas, tomó la llave y subió lentamente las escaleras hacia el ático, cada paso resonando con una pesadez desconocida en el silencio de la casa. Al llegar a la puerta, encajó la llave en la cerradura, la giró, y con un leve chirrido, la puerta se abrió revelando una habitación envuelta en sombras y polvo. El aire denso y frío se sentía cargado de antigüedad y misterio. 
 
La luz del día se filtraba, a duras penas,  a través de una pequeña ventana enrejada, proyectando un resplandor pálido que apenas iluminaba la estancia. El desván era un lugar olvidado en el tiempo, con telarañas colgando de las vigas de madera envejecidas. Montones de cajas antiguas y objetos cubiertos por sábanas polvorientas se apilaban en los rincones, acumulando décadas de historia no contada. El suelo de madera crujía bajo sus pies, resonando en el silencio inquietante que envolvía el lugar. En el centro de la habitación, había un baúl viejo y desgastado que atrajo su atención. La cerradura estaba oxidada y las marcas del tiempo en la madera sugerían que había estado cerrado durante muchos años, guardando secretos oscuros y olvidados.
 
Avanzó hacia el baúl y lo abrió sin apenas resistencia, revelando un viejo diario que yacía en su interior. Al abrirlo, las palabras escritas en las páginas amarillentas comenzaron a revelar secretos de su vida, escritos de antes de su nacimiento. La última página contenía un mensaje perturbador: "El pasado es solo el comienzo. Prepárate para descubrir la verdad sobre tu existencia."
 
Justo cuando Elisa estaba a punto de cerrar el diario, sintió una presencia helada a su espalda. Se giró rápidamente, y lo que vio en el espejo la dejó paralizada. No había nada. El cristal le devolvía la imagen exacta del ático, las vigas y el polvo, pero ella no estaba allí. No había reflejo. Solo un vacío espeluznante que la observaba desde el otro lado. Un nudo de terror se formó en su estómago cuando la verdad comenzó a hacerse evidente: Elisa no era lo que siempre había creído. La revelación la dejó en un estado de shock, con una sola pregunta retumbando en su mente: ¿De verdad no soy real?
 

 

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Prisa

El ritmo que el mundo mantiene
nos asfixia y nos envuelve,
en su atmósfera nos devora,
mientras el tiempo se agota.

Vivimos siempre corriendo,
espoleados por el luego,
el mañana nos atrapa 
 y el presente se nos escapa.

La naturaleza es un recuerdo,
la inmediatez una realidad.
Olvidados quedan esos días,
donde se podía parar.
 
LCR
 


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