nos asfixia y nos envuelve,
en su atmósfera nos devora,
mientras el tiempo se agota.
Vivimos siempre corriendo,
espoleados por el luego,
La naturaleza es un recuerdo,
la inmediatez una realidad.
Olvidados quedan esos días,
"Crecer no es abandonar el juego, es cambiar el tablero. Pasamos de completar álbumes de papel a rellenar la vida con momentos, descubriendo que la verdadera colección no se guarda en estanterías, sino en la memoria de los pasos dados junto a alguien."
Un día de verano, Manuel subió al altillo de la casa de sus abuelos, un refugio al que solía acudir con frecuencia. Allí encontró su viejo álbum de fútbol. Al pasar las páginas, recordó el olor a chicle de los sobres y aquella plaza donde los sábados se negociaba con la intensidad de una bolsa de valores. Recordó el valor de un cromo difícil de conseguir, la emoción de un intercambio justo y esa bendita ignorancia de creer que el mundo entero se podía completar rellenando huecos numerados. Y solo había un objetivo, terminar la colección.
Sin embargo, al cerrar el álbum, el polvo acumulado en sus manos le recordó que esos tiempos iban a ser para el resto de su vida uno de sus recuerdos mas preciados. Fue entonces cuando comprendió que su capacidad de ilusionarse no había desaparecido, simplemente se había transformado.
La vibración del móvil fue lo que lo trajo de vuelta al presente. Manuel guardó el álbum con el cariño de quien guarda un mapa ya recorrido y miró la pantalla, en la que aparecía un "estoy llegando" junto al emoticono que solo ellos entendían. En ese instante, la plaza de los cromos se hizo pequeña en su memoria para dejar paso al lugar donde Carla lo esperaba. Se puso en marcha rápidamente y, mientras bajaba las crujientes escaleras de madera del altillo, esbozó una sonrisa al darse cuenta de que estaba a punto de empezar un álbum diferente. Había dejado atrás la fortaleza de su niñez para entrar en el juego de las emociones. Mientras cruzaba el umbral de la casa, tuvo la certeza de que, en este nuevo juego, las reglas son más libres y los huecos que quedan vacíos ya no se rellenan con un simple sobre de papel, sino con los pasos que estaba a punto de dar junto a ella.
"Nos convencemos de que no tenemos tiempo, cuando lo que nos falta es la voluntad de gastarlo. La verdadera decadencia del afecto es sustituir su artesanía por la comodidad estéril de la tecnología"
Marcos buscaba un cargador entre la maraña de cables del tercer cajón cuando sus dedos se mancharon de un azul brillante. Era un bote de purpurina, viejo y mal cerrado, que yacía olvidado junto a unos rotuladores secos. Apenas rozó el envase, el móvil vibró recordándole que era el cumpleaños de Javier.
Aquel destello azul lo dejó anclado al pasado. Hace veinte años, su cuarto habría amanecido sepultado en recortes de revistas y restos de cartulina. Recordó la urgencia de pegar las fotos antes de que el pegamento de barra se secara y ese pánico tan infantil de que la caligrafía se torciera justo al llegar a la última línea.
Sin embargo, el hechizo se rompió con el frío del cristal en su yema. Marcos abrió el chat, tecleó un «Felicidades, tío» y añadió el emoticono de una tarta con velas. Al darle a enviar, el mensaje desapareció en el vacío de la red, instantáneo y estéril. No hubo manchas de pegamento ni rastro de esfuerzo; solo el doble check azul apareciendo en la pantalla. En ese silencio digital, comprendió que el niño que fue se había quedado encerrado para siempre en aquel cajón.
"A veces, la mayor batalla del ser humano se libra frente a un menú del día. Intentamos domesticar nuestros instintos con buenas intenciones y fibra, olvidando que el estomago tiene razones que la lechuga no entiende"
Llevaba tres semanas de impecable disciplina, siguiendo a rajatabla las indicaciones pautadas. Mi nevera parecía un jardín botánico y mis niveles de energía eran óptimos, pero mi espíritu y mi estómago no pensaban lo mismo. Me encontraba en la terraza de aquel café, observando con una envidia casi pecaminosa cómo el camarero desfilaba con una bandeja de croquetas. El aroma, ese vapor cargado de traición y bechamel, me golpeaba el rostro con la fuerza de un viejo amor que no se quiere olvidar.
Masticaba mi ensalada de kale con una solemnidad casi religiosa, intentando convencerme de que el crujir de la hoja era tan satisfactorio como el de una corteza de cerdo. Mentira. Había una tristeza profunda en cada tallo, una nostalgia de barbacoas y domingos de asado que no se podía tapar con aquel mejunje verde e insípido. En mi cabeza, mis amigos reían, compartían raciones y vivían en ese mundo de grasas saturadas del que yo me encontraba exiliado por el bien de mis arterias.
Al final, comprendí que mi problema no era el brócoli, sino mi memoria. Miré mi plato, lleno de vida y vitaminas, y luego miré al infinito. Puede que el verde fuera el color de la esperanza, pero para un nostálgico del jamón como yo, la esperanza a veces tiene un sabor demasiado fibroso.