Especial Senda Navidad 1.0: Batería en Rojo

«Noté como un hormigueo estático sacudió todo mi cuerpo señal de que algo no iba bien. Era la calma que precede a la tormenta. —Como dicen los humanos—»
 
Un rayo de luz blanca y cegadora rasgó la oscuridad, saturando mis sensores ópticos. Me horroricé a comprobar que parte del contenedor ya no estaba. Un constructo, un Meca gigante de mandíbulas hidráulicas, que no me era del todo ajeno, estaba devorando el contenedor como si fuera una lata de conservas. El instinto de supervivencia —o quizás una subrutina de emergencia que no sabía que tenía— tomó el control. Salté. El aterrizaje fue desastroso. Los servos de la pierna derecha emitieron un quejido metálico, señal de que algo no iba del todo bien. Me quedé allí, pequeño y vulnerable, observando cómo la enorme máquina seguía con su festín de metal. No era la primera vez que visitaba el Mundo Chatarra; sin embargo, antes, estaba ha acompañado de mis amigos, y teníamos una misión. Ahora estaba solo; y delante de mí, un océano de óxido bajo un cielo eléctrico, se extendía hasta perderse de vista, mientras que, a lo lejos, una mancha de neón y vapor cortaba el horizonte rompiendo la monotonía del paisaje. «Esa debe de ser el núcleo que conozco», procesé en silencio.

—Tengo que llegar allí —me dije, o quizás lo emití en voz alta—. Allí es donde deben estar ellos.

Y sin más tardar me puse en marcha. El trayecto hacia la población distante me costó más de lo que esperaba, en gran parte debido a que tuve que forzar la articulación dañada. Cada paso sobre las dunas de chatarra desprendía un chirrido seco, obligando a mi cuerpo a emplear recursos de energía para compensar el desequilibrio. Avancé a trompicones entre montañas de componentes obsoletos, tuberías oxidadas y carcasas de vehículos cuyo metal devoraba la corrosión. A cada paso que daba, notaba como los montículos de metal cedían, obligándome a compensar el peso, mientras notaba como el aceite se derramaba por fuera, provocando en ocasiones que la rodilla se encasquillara.  La ciudad no se acercaba rápidamente; de hecho llevaba ya un rato caminando —si a eso se le puede llamar caminar— hasta el punto de llegar a pensar que el resplandor de los neones parecía una ilusión óptica proyectada sobre el cielo cargado de estática. Tardé horas en acortar la distancia, arrastrando la pata defectuosa, a la vez que esquivaba a otros constructos menores que deambulaban por la zona, hasta que por fin las dunas de chatarra me permitieron contemplar las primeras construcciones.
 
El sector exterior del asentamiento me saludó con un aire denso, turbio por una niebla espesa de humo sintético, grasa quemada y vapores de lubricante barato. Las calles eran estrechas flanqueadas por estructuras levantadas a base de planchas de naves desguazadas y cables expuestos que chisporroteaban de vez en cuando. Llegar hasta aquí me había consumido dos tercios de la batería, por tanto, no era de extrañar que necesitara cargarme más pronto que tarde; necesitaba un refugio seguro para analizar la situación y pasar la noche antes de que la energía cayera por debajo del umbral crítico. Abordé a un caminante que arrastraba un rollo de manguera hidráulica blindada para preguntarle por un lugar donde cobijarme; me señaló con un muñón metálico un edificio algo desvencijado: un bar que, según me indicó, también hacía las veces de posada. Me quedé un instante, contemplando la fachada carcomida. <<No es el mejor sitio, pero no me puedo arriesgar a quedarme sin energía>>, pensé, mientras asumía que tenía que pasar la noche en aquel lugar en decadencia si no quería convertirme en un pisapapeles, a merced de los recolectores de chatarra.
 
Empujé la puerta, que resultaba algo pesada para alguien de mi tamaño, y, arrancándole un chirrido agudo, se abrió lo justo para que pudiera entrar. Apenas puse un pie dentro, me sorprendió descubrir que una envoltura tan deficiente escondiera un lugar tan concurrido. Las rondas se sucedían; la grasa procedente de la cocina se me pegaba al cuerpo de manera casi instantánea y el humo instalado en la parte de arriba no me molestaba para ver bien —en este momento agradecí medir un metro—. Detrás de la barra, flanqueada por expositores donde reposaban raciones que para los humanos resultaban atractivas, un hombre de hombros anchos y rostro surcado por cicatrices se encontraba haciendo lo que parecía un par de chuletones a la brasa.
 
Me acerqué al mostrador, preocupado porque el nivel de las baterías ya estaba entrando en la zona roja.
 
—Buenas noches. Necesito una habitación para pasar la noche y una toma donde conectar mis acumuladores —dije, subiéndome al taburete.
 
El cocinero tras la barra detuvo el vaivén de las pinzas sobre los chuletones, levantó la vista con una sonrisa irónica y se secó el sudor de la frente con el antebrazo.
 
—Pues has venido a parar al único local del extrarradio donde todavía aceptan clientes con patas de metal y malos modales —respondió con ese desdén de quien lleva demasiadas horas de pie—. Me llamo Rodrigo. Y el servicio incluye la toma de corriente, si tienes cincuenta plasti-creditos para pagarlo.
 
Me quedé unos segundos procesando la situación, pues sabía perfectamente que en esos instantes no tenía liquidez. Con la resignación de quien está al borde de activar la situación de emergencia, le devolví la mirada.
 
—Disculpa que no me haya presentado, pues el tiempo está en mi contra; me llamo Luis —contesté—. Y me temo que sufro un desajuste temporal de liquidez. Sin embargo, por lo que veo en tu cocina, sufres un déficit severo de personal. Mis articulaciones funcionan bien y me sé mover detrás de un mostrador, así que te propongo un trato: pago la estancia trabajando un par de jornadas aquí. Rondas, limpieza o lo que necesites que haga. 
 
Rodrigo soltó una carcajada corta y franca, apoyando las manos en el mostrador mientras me medía con gesto divertido.
 
—¿Un gato mecánico sirviendo jarras? Suena bien —respondió Rodrigo esbozando una sonrisa—. La habitación del fondo es tuya, Luis. Pero antes de cargarte, necesito que agarres ese trapo y me eches una mano.
 
Ten en cuenta que mis manos son pequeñas, llego donde tus trabajadores no llegan. — respondí con aire gracioso.

Y acto seguido, me puse manos a la obra inmediatamente, recorriendo mesas, sacando la basura o simplemente colocando los platos que salían del lavavajillas. Así la noche fue avanzando hasta que el último parroquiano abandonó el local. Y fue en ese momento en el que, con la articulación al límite y las baterías también, me retiré a la pequeña habitación del fondo.
 



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Verde en el olvido

La planta triste
sola se encuentra 
anhelando un sustento
que nunca llega.

Sola en el balcón
el sol me abrasa
mis hojas se tuestan
mi verde se apaga.

Pobre de mí,
la sed me consume,
al otoño no llego
porque nadie me nutre.

LCR



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El Precio Del Almuerzo

​Hay pocas cosas tan sagradas, hasta el punto de parecer rituales, como tomar un almuerzo a media mañana en un bar de toda la vida. De esos con ruido de platos de fondo, el camarero gritando las comandas y el expositor de la barra lleno de pinchos de todas clases. En una mesa situada al fondo se encontraban Ramón y Julián arreglando el mundo entre cafés y filosofía; estaban tan enfrascados en la conversación que el traqueteo del bar se había convertido en ruido blanco. Su día había empezado algo ajetreado, moviéndose de un lado para el otro para realizar varios recados mañaneros. Primero aparcaron cerca de una plaza donde se encontraban la mayor parte de los establecimientos a los que tenían que ir y, después, afirmando que necesitaban un buen almuerzo, movieron el coche hasta la puerta del bar para no tener que andar luego bajo el sol que ya empezaba a pegar con ganas.

​Al apurar el último trago de café, Ramón y Julián se acercaron a pagar mientras los camareros no daban abasto a sacar todo tipo de cafés, tostadas y montados. Una vez que hubieron abonado lo que debían, salieron a la calle, donde el sol de mediodía los recibió con fuerza. Pero ni el calor pudo frenarlos: seguían completamente enfrascados hablando, encadenando un tema de conversación tras otro al tiempo que avanzaban en dirección al coche.

​Absorbidos por la charla, cruzaron pasos de peatones, doblaron esquinas y sortearon a algún que otro viandante abstraído en sus pensamientos. En ese estado de hipnosis conversacional, sus cerebros calcularon la ruta automáticamente y recurrieron al mapa mental de primera hora de la mañana, borrando por completo que, después de los recados, habían ido a almorzar. Con un aplomo envidiable y la seguridad de quienes creen dominar el espacio-tiempo, caminaron durante quince minutos en la dirección equivocada, hilando teorías existenciales con un rumbo firme.

​Llegado el momento de buscar el vehículo, la tertulia murió de golpe al llegar a la zona de los recados. Se detuvieron mientras cruzaban miradas incrédulas. Durante cinco segundos eternos se miraron en un silencio sepulcral, buscando culpables en el horizonte.

​Fue entonces cuando cayeron en la cuenta de que el coche no había desaparecido, sino que seguía plácidamente estacionado a diez metros de la puerta del bar del que acababan de salir, mientras se convertía en un horno a la sombra del toldo. Con la dignidad hecha pedazos y la boca seca, a los dos filósofos de bar no les quedó más remedio que dar la vuelta y deshacer el camino en absoluto silencio.

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Una Bebida de Época

​El sol de las doce del mediodía se cuela sin pedir permiso por el cristal del ventanal, rebotando contra la barra de acero inoxidable de "El Brillante", mientras paso la bayeta para quitar los chorretones de los primeros cafés del desayuno. El suelo de terrazo, pulido por décadas de pisadas, devuelve un reflejo limpio, fruto de la mopa que he pasado temprano al preparar el bar para la jornada. El local es viejo, pero no está descuidado; simplemente me niego a sucumbir a esa absurda moda de los gastrobares y cambiar las mesas de formica por esas moderneces minimalistas que ponen en los nuevos negocios del centro. Aunque sé que aquellos tiempos de gloria, en los que la juventud pasaba las tardes jugando al futbolín, al billar o hablando de la vida, son ya muy difíciles de recuperar, prefiero pensar que cuando la clientela entra, tiene la sensación de estar viajando a otra época.
 
Don Julián está en su sitio de siempre, doblando el periódico deportivo con la precisión de quien dobla una bandera del ejército. «Maldita sea, ya hemos vuelto a perder, si es que no tenemos centro del campo», maldice entre dientes. Ni le contesto; después de muchos años sé que su humor depende principalmente de que su equipo gane o pierda, y en estos momentos es mejor no darle conversación. Al lado, dos hombres discuten sobre si el gol no tendría que haber subido al marcador porque el delantero se encontraba en fuera de juego, como si sus vidas dependieran de ello. Una cosa que me han enseñado tantos años detrás de la barra es que, a partir de unas cuantas rondas, el bar se parece a una de esas aulas en las que a algunos futbolistas retirados se les otorga la licencia de entrenador.

Al otro lado, en la mesa situada cerca de la puerta que da a la plaza, entre grande, chica, pares, juego y alguna que otra seña, se encuentran mis cuatro jinetes del órdago —como yo los llamo—, concentrados jugando al mus, con la tensión propia del que sabe que a la pareja perdedora le toca abonarme los carajillos de la tarde. Y justo en medio de este jolgorio, reparo de repente en Marcos que sé encuentra acodado en la barra, frustrado y abatido, con cara de haber enterrado a alguien. Parece que fuera ayer cuando venía con sus padres y me pedía un ColaCao, pero desde que ganó aquel concurso de literatura y salió en el periódico local bautizado como "El nuevo Cervantes", algo ha cambiado en él. Se nota que tiene una presión encima que sus ojeras confirman. Está ahí quieto, con la mirada perdida en el grifo de cerveza, probablemente maquinando una de esas historias de vampiros y castillos oscuros que se han puesto de moda entre la juventud.

​Me acerco limpiando un vaso de tubo con el paño blanco, esperando a que me pida lo que se suele pedir para el almuerzo. El chaval me mira, saliendo por un instante de sus pensamientos, desliza las manos por la barra y dice con voz clara, haciéndose escuchar por encima del zumbido de la cafetera:

​—Un Bitter Kas, por favor. Con una rodaja de naranja.

​Le arqueo una ceja, no lo puedo evitar. Acto seguido me agacho para buscar en el fondo de la nevera aquella lata de un rojo eléctrico que solo me piden los jubilados y los nostálgicos que siguen anclados a épocas pasadas. Con un movimiento mecánico, pongo en un vaso un par de hielos, agrego la rodaja de naranja y dejo la bebida en la barra, delante de él, pensando: «Qué difícil tiene que ser dedicarse a la escritura, si te hace pedir una bebida que se pedía tu abuelo un domingo al mediodía».




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Destinos Inciertos

El cambio está presente en nuestras vidas, de una forma constante, como una fuerza inevitable que nos empuja hacia delante. A veces con suavidad y calma, y otras se presenta con una intensidad que nos abruma y nos arrolla. Es inevitable sentir cómo los oscuros nubarrones en ocasiones nos rodean, al igual que la sombra negra de Mordor se extiende por la Tierra Media, sembrando  la desesperanza en los corazones de sus habitantes.  Pero a su vez, como en el mundo de Tolkien, los pequeños rayos de luz pueden abrirse camino, a través de esa barrera negra  dando paso a un calor confortable que anima a sumergirse en esa transformación, necesaria en ocasiones y en otras hay que asumirla conforme viene.

En la mayoría de las ocasiones las cosas cambian en un corto espacio de tiempo y, aunque la mayor parte de la veces suelen ser cambios positivos (y, en menor medida, negativos), no siempre es fácil aceptarlos. Desde nuestra perspectiva personal, a veces es difícil alegrarse por ciertos matices que no nos benefician directamente. Sin embargo, con el paso del tiempo, el ser humano es capaz de adaptarse y aprender a vivir con la nueva realidad. Ir quemando etapas es inevitable, y con ello, ver cómo nuestra vida se transforma y cómo subimos esos pequeños escalones, al igual que avanzamos en los niveles de un videojuego,  que nos llevan hacia un destino incierto.

El cambio también implica dejar atrás ciertas rutinas y momentos cotidianos que compartíamos con amigos que, en el mejor de los casos se reubican de otra manera según las circunstancias. Y aunque en ocasiones, esto puede resultar doloroso, es importante tener presente que se forjarán nuevos momentos, quizás incluso mejores, que los anteriores. En esto consiste en hacerse mayor, un proceso complicado, lleno de desafíos y aprendizajes.

En última instancia, lo inevitable es eso. Afrontar los cambios con una actitud lo más positiva posible nos permite ver el lado bueno de las cosas y encontrar la paz en medio de la transformación. Asumiendo que no siempre se va a estar como durante el proceso, pero sabiéndolo guiar, se puede llevar a buen puerto.



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Belleza Maldita

Como un chiquillo fui buscando
tus besos malditos.
Hipnotizado fui arrastrando
a lo profundo del laberinto.

Si el brillo de la luna
pudiera sacarme de tu embrujo.
Si el fulgor de las estrellas
pudiera salvarme del abismo.

Pero es en vano, ya no lucho,
tu encanto es muro, es grillete.
He sido víctima de tu embrujo,
Mí voluntad ya no me compete.

Ya no temo al final oscuro,
ni al vacío que se avecina.
Si al final el castigo es seguro,
y es contigo donde el alma culmina.


LCR




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Contratiempos

El día a día de vez en cuando, nos lanza una serie de desafíos, poniendo a prueba nuestra paciencia y resiliencia. Esos días en los que todo parece ir mal, desde perder el tren a Cuenca hasta encontrarse sin llaves al llegar a casa, pueden hacer que uno se sienta, en ocasiones, desbordado. La pregunta inevitable que surge es: ¿qué he hecho yo para merecer esto? Es fácil caer en la trampa de buscar un castigo divino, pero tal vez la respuesta no sea tan sencilla.

Los contratiempos son parte inherente de la vida, recordándonos que, por muy organizados que seamos, es realmente imposible controlarlo todo. No se trata tanto de recibir un castigo por acciones pasadas, sino de aprender a navegar por las aguas turbulentas con gracia y optimismo. Mantener una actitud positiva, incluso en los días más oscuros, puede ser una fuerza poderosa. La filosofía que refleja el rey león a través de "Hakuna Matata" no es solo un escape, sino una forma de recordar que la vida sigue, con sus altibajos, y que nosotros elegimos la manera de como afrontarlos.

Aceptar los días malos como una oportunidad para reflexionar, aprender y fortalecer nuestro carácter, nos permite encontrar una paz interna que trasciende las circunstancias externas. La verdadera resiliencia no se mide por la ausencia de problemas, sino por la capacidad de encontrar la solución, a pesar de ellos.


 

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