Segundo de Industriales

La primavera ya estaba haciendo su aparición, sucediendo al invierno, que había sido especialmente frío y duro ese año. No había ningún día del mes de febrero en que la nieve no hubiera dado tregua, dejando las aceras sepultadas bajo una costra helada durante todo el mes y principio del siguiente. Aquel segundo año de Industriales, de 1986, estaba resultando un auténtico calvario; si el primero había puesto a prueba su resistencia, este amenazaba con quebrar su cordura por completo, especialmente con el examen de Termodinámica acechando en el calendario. Por eso había tomado medidas drásticas para los exámenes finales. <<Está decidido, los prepararé en la biblioteca>>, pensó Tomás en un arrebato de pasión y entrega, un tanto desesperado que solo se experimenta cuando el agua ya llega al cuello. Tras varios días sin salir de casa —una estrategia de reclusión que a duras penas le había funcionado el primer cuatrimestre—, cogió la mochila, introdujo los pesados volúmenes de Termodinámica y, abriendo la puerta con decisión, salió a la calle en dirección a la biblioteca.

Hacía un sol de justicia aquella mañana, uno de esos días traicioneros de primavera, en que las aceras emanan un calor casi veraniego. Las tiendas no daban abasto vendiendo botellas de agua, refrescos y alguna que otra cerveza bien fría. En torno a las fuentes urbanas y bajo los toldos de bares y comercios se agolpaban los viandantes con el fin de mitigar el calor que estaba azotando la ciudad. Tomás, que al haber finalizado las clases ya podía dedicarse en cuerpo y alma a la preparatoria, caminaba canturreando cualquier canción pegadiza que había escuchado en los 40 Principales, un intento fútil de camuflar el nudo que le atenazaba el estómago y que le hacía sentirse completamente ajeno a lo que le tenía preparado el día. A pocos metros divisó el quiosco y saludó a la quiosquera con una sonrisa jovial mientras adquiría una botella de agua. Acto seguido, se dirigió al otro lado de la plaza donde se encontraba su destino.
 
Subió la enorme escalinata de piedra gastada y cruzó la puerta acristalada, donde el vigilante de seguridad le dedicó un saludo desganado, propio de quien contempla el desfile diario de la agonía estudiantil. Tomás se lo devolvió alegre, mientras se dirigía a la sala de estudio, pero la bibliotecaria le salió al paso y le indicó con un gesto firme que estaba llena, que hoy no podría quedarse a estudiar. El rostro del estudiante cambió por completo; no se lo podía creer. <<¿Qué voy a hacer ahora?>>, pensaba, sintiéndose de repente desamparado en mitad del vestíbulo. Se quedó dubitativo por un segundo hasta que una mujer de rostro afable y con el pelo cano se le acercó, indicándole que había un sitio donde podría quedarse. Tomás no se lo podía creer, pues le había señalado la dirección del sótano. Resignado, y sabiendo que era la mejor opción posible si no quería regresar a la celda de su habitación, aceptó y bajó y se dirigió al lugar que le habían indicado.
 
Bajó las escaleras y enfiló un pasillo apenas iluminado por débiles bombillas que proyectaban sombras alargadas e inquietantes. En las distintas puertas apostadas a izquierda y a la derecha a lo largo del corredor se podía leer: Depósito 1, Almacén, Limpieza, Caldera... Los gruesos tubos de la calefacción se perdían a lo largo de la oscuridad, como las arterias de un monstruo industrial dormido. Por la pared se deslizaban gotas de agua provenientes de filtraciones desconocidas, dejando un rastro brillante y frío sobre el hormigón desnudo. El lugar contrastaba con la pulcritud de la planta de arriba, limpia, donde un aroma producido por los productos de limpieza inundaba el ambiente y la luz entraba a raudales por los grandes ventanales. Estaba claro que el esmero que le ponían a lo que se veía del edificio ni estaba ni se le esperaba aquí abajo. Antes de llegar a la sala que le habían indicado, Tomás se fijó en que la mayor parte de las bombillas se habían fundido, dándole la impresión de que esta parte de la biblioteca tenía el mantenimiento justo y necesario, cosa que le entristeció enormemente; allí, aparte de almacenes y salas donde guardar los utensilios de limpieza, se encontraban también los libros retirados de la circulación del préstamo, viejos volúmenes desterrados a vi ir el Oviedo aquí abajo.
 
Tomás tocó la puerta y al ver que nadie contestaba, la abrió revelándose ante él una pequeña habitación con una mesa de madera que no pasaba por su mejor momento, surcada por antiguos rayones de bolígrafo y quemaduras de cigarrillo. Encima se encontraba un flexo gris de los años 50 que aún funcionaba, despidiendo un calor rancio en mitad de la penumbra. <<Este debe de ser el sitio>>, pensó, y resignado desparramó sobre la madera el material de la asignatura y se puso manos a la obra. Ahí abajo era como si no pasara el tiempo, como estar en otra dimensión. Tomás pasó las primeras horas peleándose a pecho descubierto con los teoremas de cinemática, pero la concentración inicial no tardó en desmoronarse. El silencio del sótano comenzó a volverse plomizo, denso, un eco sordo roto únicamente por el zumbido eléctrico y mortecino del flexo. Bloqueado ante un problema de engranajes que no cuadraba por ninguna parte, la sombra del fracaso del año anterior cayó sobre él como una losa. Sintió que la ansiedad le oprimía el pecho, las fórmulas se emborronaron ante sus ojos y, superado por una desesperación absoluta, Tomás hundió la cabeza entre las manos, respirando hondo para contener unas lágrimas de pura impotencia. Fue en ese instante de quiebre total, con la frente apoyada en los apuntes, cuando un olor extraño e intrusivo alteró la atmósfera. No era la humedad de las filtraciones, sino un aroma seco, rancio y lejano a tabaco negro y papel envejecido.
 
Al levantar la vista con los ojos enturbiados por el agobio, Tomás dio un respingo en la silla, conteniendo el aliento. Al otro lado de la mesa, justo en el límite donde el haz del flexo moría en la penumbra, se había sentado un hombre. Tenía unas patillas densas y pasadas de moda que le enmarcaban la mandíbula y el pelo revuelto, largo y setentero. Vestía una camisa de cuadros de felpa, abrochada meticulosamente hasta el penúltimo botón, y mantenía la mirada fija en un fajo de folios amarillentos. Sobre la mesa, había dejado un paquete de Ducados y una alargada regla de cálculo de madera. Tomás se quedó paralizado, con la boca abierta, incapaz de articular palabra mientras sentía cómo el frío del sótano se le metía en los huesos. El intruso, sin levantar la vista de sus papeles, estiró los dedos, tomó un bolígrafo Bic de cristal con el capuchón completamente mordisqueado y tachó una línea con decisión metódica, haciendo crujir el papel viejo.
 
—Ni te molestes —dijo de pronto el desconocido, sin levantar la vista del fajo de folios. Deslizó dos dedos sobre la regla de cálculo, haciéndola correr con un chasquido seco e impecable antes de continuar—. Como te metas a desglosar el tercer problema por ahí, vas de cabeza al pozo. El viejo va a ir a degüello con el teorema de Carnot. Siempre hace misma la cabronada en junio.
 
—¿Quién... quién eres? —atinó a preguntar Tomás en un susurro, tragando saliva con dificultad y aferrando el borde de la mesa con los dedos entumecidos.
 
El chaval levantó por fin la mirada, clavando en Tomás unos ojos rodeados por unas ojeras tan profundas y familiares como las suyas. Dibujó una media sonrisa de absoluta resignación, tomó la regla de cálculo de madera y la empujó suavemente por la superficie estropeada de la mesa,  hasta dejarla sobre los apuntes de Tomás
 
—Un compañero de fatigas —respondió, dando un leve toque al paquete de Ducados con el índice mientras el flexo de los años 50 pegaba un pequeño parpadeo—. Digamos que yo también me encerré en este sitio a preparar el segundo año de Industriales... solo que mi examen era de junio del 82. Y créeme, la Termodinámica no ha cambiado tanto.
 
 

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Insaciable

Ni el dulce, ni el salado ya me satisface, 
llenabas mi vida con mixtura de dulce y picante. 
Combinación de ingredientes explosiva, 
 mezcla perfecta junto a tus caricias. 
 
 Mientras mi paladar se deleitaba con tus esencias, 
decidiste salir en busca de nuevas experiencias. 
A partir de tu marcha mi apetito solitario, 
solo hallaba ecos de tu amor necesario.
 
Pero todo esfuerzo es en vano, 
ya no encuentro nada que me haga vivir.
Te ruego, vuelve, sin ti todo es llano,
porque nada sabe igual si no estás aquí.

LCR






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Tinta Y Canción

Bajo un castillo de sueños y tiza,
la infancia volaba a lomos de la risa.
El mundo se formaba con mil colores,
vimos piratas, héroes y exploradores.
 
​En casa de Geppetto la madera cobraba vida,
bajo el dulce deseo de una estrella encendida.
Pinocho buscaba el camino de la verdad,
entre hilos, mentiras y oscuridad.
 
​Una manzana roja brillaba en el bosque,
donde siete enanitos volvían de noche.
Silbando canciones, con pico y linterna,
trabajan la magia que siempre es eterna.
 
​Dumbo volaba retando a la gravedad,
con plumas de  suerte y mucha humildad.
Mowgli aprendía su propio destino,
donde un oso marcaba el camino.
 
​Por los tejados el viento cambiaba,
cuando la niñera del cielo bajaba.
Un salto al dibujo, un deshollinador,
y el mundo se tiñe de un nuevo color.
 
​El ciclo sin fin despertó la sabana,
con Simba aprendimos Hakuna Matata.
Aladdín en su alfombra, cruzando el desierto,
nos trajo un mundo ideal que sigue despierto.
 
​Bajo las olas su voz entregaba,
mientras la espuma su rastro borraba.
Ariel buscaba un mundo en la orilla,
pensando que su vida seria sencilla.
 
​Bella en Bestia encontró la bondad,
rompiendo el hechizo con pura verdad.
Hércules pasó de ser cero a leyenda,
logrando que el mundo su fuerza comprenda.
 
​Tarzán se deslizaba entre troncos y palmas,
con un grito salvaje que une las almas.
Rey de la selva sin trono ni herencia,
que halló su familia por pura insistencia.
 
​Tres gárgolas ríen en los altos muros,
espantando miedos en tiempos oscuros.
Amigas de piedra que cobran aliento,
lanzando sus bromas a favor del viento.
 
​La cinta rebobina, la magia se activa,
mantengo esa llama de niño muy viva.
Escucho el chasquido, el VHS gira,
y el mundo es el sueño que mi alma respira.
 
LCR


 


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La Manzana De La Discordia

Luis: Muy buenas a todos y bienvenidos. Hoy tenemos en el blog a una fruta un tanto peculiar; se puede decir que ha sido testigo presencial de aquellos eventos más importantes de la historia. He de matizar que conseguir esta exclusiva no ha sido fácil: nos ha costado tres años de negociaciones con el Ministerio de Agricultura, un viaje místico al monte Olimpo para rastrear su paradero, la condición de que no hubiera serpientes delante, ni nadie practicando tiro con el arco cerca. Después de tan duras condiciones, por fin lo hemos logrado. Hoy tenemos con nosotros, en estricta primicia, a la Manzana. Bienvenida.

Manzana: Muchas gracias, Luis. Aunque si te soy sincera, preferiría estar ahora mismo en una sidrería asturiana y no aquí recordando mis traumas. Pero dispara, que tengo la piel dura; a estas alturas de la vida ¿qué se le va a hacer?

Luis: Bien, vamos al grano. Empecemos hablando de mitología. Se dice que tu carrera hacia el estrellato del caos empieza en una boda griega. ¿Qué pasó con Eris?

​Manzana: ¡Acoso laboral, Luis! Eris no estaba invitada a la boda y, en lugar de quedarse en casa viendo una serie, o hacer lo que quiera que hagan las diosas en su tiempo libre, tuvo la brillante idea de usarme de granada de mano. ¡Te lo puedes creer! Me grabó aquello de "Para la más bella" y me lanzó al centro del salón. Y claro, pasó lo que tenía que pasar: aquello fue un "Sálvame Deluxe" en toda regla, pero con diosas que lanzan rayos. Afrodita, Hera y Atenea se pegaron por mí como si fuera el último artículo de las rebajas. Y al final, un tal Paris me eligió, se llevó a una chica llamada Helena y los griegos quemaron Troya. Diez años de guerra por una fruta. ¡Ni que yo fuera de platino!

​Luis: Cierto. Hubo cientos de miles de muertos. ¿Y no sientes remordimientos por lo sucedido?

​Manzana: ¿Yo? ¿Y por qué habría de sentirlos? Que los sienta quien inventó el concurso de belleza. Yo, dependiendo del tamaño, aporto más o menos calorías, nada más.

​Luis: Bueno, tranquila, no tengo intención de ofenderte. Tengo entendido que antes de lo sucedido en Troya, tenías una vida más apacible, en el Jardín del Edén.

​Manzana: ¿Apacible? ¡Fue un desahucio exprés! Mira, sinceramente, lo de la serpiente fue una encerrona, puro marketing engañoso. Me usaron para convencer a los nuevos inquilinos de que, si me mordían, serían como Dios. Mentira. Lo único que consiguieron Adán y Eva fue descubrir que estaban desnudos y que tenían que empezar a pagar la cuota de autónomos. Y claro, ¿quién se llevó la culpa de que los echaran del paraíso? ¿La serpiente que mintió? No, la fruta. Desde entonces tengo fama de "fruto prohibido". ¡Si yo solo quería que me diera el aire! Y vivir en paz.

​Luis: Y desde entonces, se te asocia con la culpa y el origen del desastre.

​Manzana: Algunos historiadores siempre han tenido la manía de buscar cabezas de turco fáciles. Si no hubiera sido yo, habría sido otra cosa, un árbol o un manojo de espárragos. El caso era culpar al reino vegetal. Claro, como no podemos defendernos...

​Luis: Unos siglos después te vemos de viaje en Suiza acompañando al hijo de Guillermo Tell. ¿Qué tal te sentó el viaje?

​Manzana: ¿Acompañando, dices? ¡Mentira! Una falta de respeto total. Ahí estaba yo, intentando madurar en paz, y me ponen encima de la cabeza de un niño a la fuerza; sí, sí, ¿habéis oído bien?, a la fuerza. Mientras, un tipo con una ballesta me apunta. ¿Tú sabes el estrés que es eso? Si el tío falla, no sé qué le habría pasado al chaval. La historia hubiese continuado y yo me gano otro siglo de mala prensa por estar en medio del fregao. Por suerte, Tell tenía puntería, pero el susto no me lo quita nadie. Los humanos tenéis una obsesión enfermiza de usarme como diana para probar vuestra puntería o vuestro ego.

​Luis: Y hablando de puntería... Terminemos con la ciencia, Isaac Newton. Se dice que le caíste en la cabeza y ahí nació la ciencia moderna. ¿Cómo fue ese momento?

​Manzana: Ese fue mi momento de rebeldía. Estaba harta de que Newton se pasara las tardes mirando al infinito sin hacer nada. Así que un día decidí soltarme de la rama y le di en toda la coronilla. Pensé: "A ver si así se espabila". Y el tío, en lugar de darme las gracias o hacerme compota, va y se pone a escribir ecuaciones de tres pisos. Ahora, gracias a ese golpe, los niños tienen que estudiar física y me odian el doble. No se puede ganar con vosotros, de verdad.

​Luis: Gracias a ese impacto se han comprendido los movimientos de los planetas y de otros cuerpos celestes.

​Manzana: Sí, vamos, todo ventajas... ¿Sabes lo que saqué yo en claro de todo este asunto? Un moretón que no se me quitó en tres semanas.

​Luis: Para cerrar la entrevista, hay que comentar que también eres famosa por ser el logotipo de una de las mayores multinacionales tecnológicas del mundo. Por fin tienes una jubilación dorada, ¿no?

​Manzana: ¡Si me han dejado a medias! Me han puesto en todos los teléfonos y ordenadores del planeta, pero ¡me falta un trozo! Siempre me representan mordida. Es la metáfora de mi vida: todo el mundo quiere un pedazo de mi fama, pero nadie se queda a ver las consecuencias. Exijo regalías por cada ordenador, teléfono o tablet vendido.

​Luis: Bueno, ya no la importunamos más. Muchísimas gracias por tu tiempo. Esperemos que su maduración sea pacífica a partir de ahora.

​Manzana: Lo dudo mucho. Los humanos siempre tenéis ganas de complicaros la vida. Sé que tarde o temprano volveréis a buscarme. Esperemos que no me tengas que volver a entrevistar por otro suceso. Muchas gracias.




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El Secreto del Ático V: El Umbral

La noche seguía su camino hacía el amanecer, las ramas caídas de los sauces bailaban al compás que le marcaba el viento. Elisa lejos de estar paralizada, notaba como formaba parte de de la escena, no sabía como explicarlo pero poco a poco fue teniendo consciencia de su nueva dimensión. Aunque al leer la carta pareció entenderlo todo, cuanto más intentaba encajar las piezas en su mente, menos claro lo tenía. Con la luna siendo un testigo privilegiado, fue descubriendo que el aire frío de las afueras no golpeaba su piel, sino que se mezclaba con ella en corrientes lentas que flotaban entre las cruces de madera. La luz plateada, ya no iluminaba su figura, sino que pasaba a través de sus jirones pálidos, proyectando sobre el suelo de tierra mojada la inquietante sombra de las lapidas. El ulular de las aves rapaces en las copas de los árboles ya no era un sonido lejano; vibraba directamente en el centro de su conciencia, sordo y constante, como si el viento cantara dentro de ella misma.

No había prisa ni peso en sus movimientos. El olor metálico de la tierra removida y el recuerdo de la tumba que acababa de dejar atrás se mecían con melancolía a su alrededor, disolviéndose en la neblina grisácea que borraba los contornos del camposanto. El frío y la humedad que instantes antes había sentido ahora solo eran un mero recuerdo. Fueron desplazados por una calidez súbita, íntima y familiar: el aroma a madera de cedro que, de algún modo, siempre la había aguardado bajo el porche. La atmósfera opresiva que la recibió al llegar, dio paso a una quietud absoluta. Era como si la tranquilidad comenzara hacer acto de presencia, pero... nada más lejos de la realidad.
 
De pronto, las lápidas, el aroma tan característico que deja el agua sobre la tierra mojada, el espacio que ocupaba... desaparecieron por completo. En su lugar, el aire se volvió denso y espeso, impregnado de un olor que reconoció de inmediato: la madera vieja, el aceite quemado de la lampara y el polvo flotando en el desván. Ya no había suelo, ni cruces, ni horizonte. Se encontraba suspendida en una penumbra grisácea: purgatorio, limbo, ... Elisa, no lo podía saber certeza, solo acertaba a vislumbrar un vacío donde las motas de polvo brillaban suspendidas como estrellas diminutas que se negaban a caer. No se puede saber con certeza el tiempo que pasó Elisa en aquel lugar, sumergida. Cuando de repente, una figura comenzó a materializarse. No era una persona física, sino una silueta tejida con jirones de luz antigua y sombras dóciles; una réplica exacta de su propia imagen. Elisa reconoció la línea de los hombres, la caída exacta del pelo y esa misma postura cansada que tantas veces había arrastrado al subir las escaleras del ático. Pero aquella silueta no se movía; permanecía allí, suspendía en una quietud de piedra, emanando un fulgor mortecino.
 
Ante esta visión, Elisa intentó retroceder en el aire, pero el pánico la tenia presa. En realidad, no quería verla. Su mente se rebeló, intentando aferrarse con uñas y dientes a la mentira que la había protegido: el calor de la ducha matutina, el crujido de las tostadas, la mermelada de fresa, la música que canturreaba en la cocina... ¡Todo eso tenía que ser real! «¡Yo existo!», quiso gritar, pero de su garganta de niebla no brotó ningún sonido. La disonancia entre lo que creía ser y lo que la tumba decía que era amenzó con romper su esencia en mil pedazos.
 
Pero en aquel vacío no había escapatoria. Cuanto más intentaba retroceder, más se encogía el espacio a su alrededor, como si la nada la empujara a la fuerza hacia delante. De pronto, ya no hubo distancia entre las dos. Al verse obligada a fijar la vista en el rostro de la silueta, Elisa se topó con sus propios ojos, mirándose desde el fondo de un espejo limpio. Al verse reflejada en esa mirada profunda, que era la suya propia, el dolor de la resistencia se transformó en una comprensión dolorosa. Todos los fragmentos dispersos de su jornada encajaron al fin como las piezas de un mecanismo perfecto. Comprendió el engaño. Las cartas escritas con su propio pulso, la llave oxidada que guardaba en el bolsillo y la casa perfecta que tanto amaba no eran más que un refugio que ella misma había construido para no recordar lo que había dejado abajo, en la tierra. Aquella silueta no era una extraña ni una amenaza; era la mano que había redactado cada mensaje, la sombra que enviaba las respuestas desde el otro lado del tiempo. Era ella misma, aguardando pacientemente en el umbral a que su versión atrapada en el olvido cumpliera por fin su destino.
 
No hubo palabras al principio, solo ambas se miraban. En realidad no hacía falta decir nada; en aquel vacío, el propio eco de sus pensamientos flotaba expandiéndose como el sonido del papel antiguo al pasarse. Frente a frente, se reconocieron.
 
Fue entonces cuando la otra Elisa dio un paso al frente. Su figura pareció ganar peso, volviéndose tan real como la madera del desván. Sonrió con una mezcla de tristeza y alivio, y cuando habló, su voz no fue un eco en la mente, sino un sonido limpio que rompió el silencio del lugar:
 
—Ya no eres la observadora invisible, Elisa —le dijo, con un tono tan familiar que dolía—. Te envié el principio para que tú misma construyeras el final. Elisa dio un respingo, escuchando su propia voz fuera de su cuerpo. Se miró las manos de niebla, asustada, y luego volvió a mirarla a ella.
 
—¿Por qué? —consiguió articular, y su voz sonó extraña, arrastrada—. ¿Por qué hacérmelo olvidar todo? ¿Por qué la carta, la tumba...? 
—Tuviste que olvidar para poder soportar el peso del camino —respondió su otro yo, acercándose un poco más, con los ojos fijos en los suyos—. Necesitabas creer en la mentira de las tostadas, de la música en la cocina y de la mermelada para no volverte loca antes de tiempo. Pero el sueño ha terminado.
 
La fusión no tuvo violencia, pero tuvo peso. Cuando sus jirones de niebla tocó los contornos de la silueta, Elisa sintió cómo la ilusión de la mortalidad saltó por los aires. Cada rincón que recordaba de la casa —las escaleras de madera que canturreaba al bajar, el porche húmedo, la mesa de la cocina— se colapsaron dentro de su pecho, reducidos a ceniza y olvido. Las dos mitades se fundieron en una sola, disipando los recuerdos que la ataban al mundo material. Sus ojos, antes nublados por el miedo, se aclararon de golpe, adquiriendo la fijeza del cristal. El pánico se transformó en claridad. Ya no miraba la verja del cementerio con la angustia de quien ha sido expulsado del mundo de los vivos; ahora veía el entramado de las sombras, los hilos invisibles que unían cada lápida con el aire. Comprendió al fin que aquel letargo no había sido un castigo, sino la tregua que ella misma se había impuesto: un sueño de una vida cotidiana, con el fin de sanar el trauma de su propio viaje antes de asumir su cometido.
 
La mentira de su vieja vida ya había cumplido su función. Ante esta revelación, Elisa comprendió al fin el alcance de su misión: el hecho de poder arrojar luz sobre lo que realmente había sucedido en aquel lugar la había preparado para lo que estaba por venir. Aquel camposanto era ahora su dominio sagrado, un espacio suspendido entre dos mundos donde cada tumba se revelaba como un portal abierto hacia el más allá. Elisa no dio un solo paso atrás; se mantuvo firme en mitad de las cruces, esperando con una compasión infinita a que las costuras de la realidad terminaban de abrirse ante ella.

 

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El Secreto del Ático IV: Jirones De Verdad

​Elisa permaneció unos minutos arrodillada frente a la lápida, con los dedos rozando las letras de su propio nombre como quien acaricia un objeto prohibido. Notó cómo, cada minuto que pasaba en ese lugar, el silencio se volvía más opresivo, mientras por su mente viajaban todo tipo de pensamientos que no lograba comprender, como si fueran ecos de una radio mal sintonizada. Sin embargo, la determinación que la había traído hasta allí y su deseo de saber eran más fuertes. Fijó su mirada en el suelo, justo donde la inscripción de la piedra terminaba y el musgo comenzaba a devorar el granito con una paciencia milenaria. Sabía, con certeza, que lo que estaba buscando no estaba sobre la tumba, sino bajo ella.

​Las aves nocturnas habían empezado a ulular cuando, haciendo acopio de un coraje que no sabía que poseía, comenzó a cavar. Lo que empezó como un tanteo lleno de cautela no tardó en transformarse en una desesperación que dominó por completo el control de sus movimientos. A medida que sus manos se hundían en la tierra negra y fría, notó cómo sus dedos, poco a poco, dejaban de percibir la textura áspera del suelo; un hallazgo que al principio la aterró. Sin embargo, aunque la sensibilidad de sus manos iba desapareciendo progresivamente, todavía era capaz de sentir ligeramente cómo la tierra iba cediendo ante su empeño. Al cabo de un rato, el agujero había ganado más profundidad; fue entonces cuando apenas empezó a percibir que, con cada palmo ganado, se desvanecía una capa de olvido bajo la indiferente luz plateada de la luna.

​Después de lo que pareció una eternidad bajo la mirada impasible de los sauces llorones, sus dedos chocaron finalmente con algo sólido, provocando que un sonido metálico resonara por cada rincón del camposanto. Aquella vibración, aguda y repentina, le devolvió por un instante la olvidada sensación de tener huesos, impulsándola a realizar un último esfuerzo para extraer una pequeña caja de metal. El objeto era idéntico al que había encontrado en el ático, con la diferencia de que este aparecía sellado por el óxido y el olvido, protegido por un candado que parecía guardar el secreto de una vida entera. Sin embargo, al tenerla al fin entre sus manos, Elisa sintió cómo las fuerzas comenzaban a flaquearle, hasta el punto de que, por un instante, la invadió la tentación de detenerse y abandonar. Fue solo tras una breve lucha interna cuando, con un temblor visible en los dedos, logró sacar la llave que había encontrado esta mañana en el ático. Con una mezcla de nervios y duda la insertó en la pequeña cerradura; al instante, la caja pareció reconocer a su dueña y, con un chasquido seco y definitivo, se abrió. El sonido fue como el estallido de una burbuja: de repente, sintió cómo el mundo paulatinamente iba recuperando su peso y el aire se tornaba más frío, más auténtico.

​La caja estaba revestida en su interior por una tela de terciopelo que, aunque acusaba el paso del tiempo, todavía conservaba un rastro de azul turquesa; sobre él se encontraba una última carta ajena al paso de los años. Al desplegar el papel, para su sorpresa, sintió la textura rugosa bajo las yemas de sus dedos. Al instante, Elisa reconoció su propia letra, clara y actual, y tras una breve pausa comenzó a leer. A medida que sus ojos recorrían las líneas, el silencio del cementerio dejó de ser opresivo para volverse absoluto. El impacto de las palabras se reflejado en el temblor de sus hombros y en la forma en que su mirada, antes perdida, se afilaba con una comprensión dolorosa. Sus labios dibujaron una mueca que oscilaba entre el alivio y el espanto, como si cada frase estuviera derrumbando, una a una, las paredes de aquella casa luminosa donde se había refugiado.

​Tras una breve pausa, Elisa apretó el papel contra su pecho. No era un mensaje de un extraño, era el grito de su propia conciencia exigiéndole que dejara de fingir. Cuando al fin comprendió, su cuerpo comenzó a cambiar. El aspecto de mujer de carne y hueso se disolvió como una acuarela bajo la lluvia. Su piel, antes rosada, comenzó a emitir un fulgor pálido y plateado: una luz que no iluminaba, sino que revelaba lo oculto. Sus ropas se fundieron con la sombra del sauce, volviéndose jirones entre la niebla.



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El Secreto del Ático III: El cementerio

El jardín se extendía, bajo la luz mortecina de las farolas, ante ella. El escenario que se abría delante, parecía haberse teñido de un gris sepia que borraba los contornos del mundo, como si la realidad fuera una fotografía antigua a punto de desvanecerse por completo. El porche, que antaño había sido un lugar de refugio, se erguía ahora como una estructura extraña, desprovista de su calidez habitual y suspendida en una quietud antinatural; un vacío que Elisa habitó en el momento en que salió de casa, sintiendo que sus pasos no encontraban suelo, sino una ausencia absoluta de firmeza. Al cerrar la puerta, sus dedos, antes firmes y cálidos, se sintieron entumecidos, y el metal del pomo no le transmitió el roce del frío, sino una desconexión total, un vacío que confirmaba que el mundo le estaba negando el acceso, filtrando su existencia a través de esa neblina grisácea que ya no pertenecía a la luz del día.

A medida que avanzaba por las calles, la extrañeza aumentó. Pasó junto a un escaparate y, por inercia, buscó su reflejo en el cristal iluminado por las farolas de la ciudad. Pero solo pudo ver el pavimento, los coches aparcados y el mobiliario urbano. Era como si fuera una espectadora que no pudiera interactuar con el mundo que le rodeaba, en definitiva, una observadora invisible. El pánico volvió a hacer acto de presencia en su pecho, pero no era el pánico de un corazón acelerado —ya no estaba segura de sentir sus latidos—, sino una presión sorda en el centro de su ser.

Elisa avanzó con pasos firmes hacia el antiguo cementerio, con el aire frío de la noche envolviéndola como un susurro de fantasmas. Sin embargo, no tiritaba; lo sentía como una extensión de su propio cuerpo. La ciudad se fue diluyendo en las afueras, donde el asfalto cedía ante la tierra húmeda y las raíces de los árboles. A medida que se acercaba, la luna llena iba revelando con su luz las lápidas desgastadas y el silencio sepulcral se rompía solo con el crujido de sus pasos sobre las ramas caídas. Aquel sonido era hipnótico, un rastro acústico de una existencia que se deshilachaba. Se fijó en las hojas: no se movían bajo su peso, no se quebraban de la misma forma en que lo habían hecho siempre. Era un eco, un recuerdo del sonido.

Al cruzar la verja de hierro del cementerio, una ráfaga de viento cruzó entre los cipreses. Elisa cerró los ojos y, por un segundo, creyó escuchar voces. No eran palabras claras, sino fragmentos de conversaciones, risas lejanas y lamentos que parecían brotar de la misma tierra. Guiada por un instinto que no comprendía del todo, sus pies la llevaron lejos del camino principal y de las hileras de mármol pulido. Se internó en la sección más olvidada, donde las cruces de madera se pudrían junto a montículos apenas señalizados, y los ángeles de piedra habían perdido sus alas por la erosión. Sentía una atracción magnética hacia un rincón específico, un lugar donde la sombra era más densa.

Se detuvo frente a una antigua tumba olvidada, casi devorada por las raíces de un sauce llorón que parecía protegerla. Elisa se arrodilló, y esta vez no necesitó luz para ver. Sus ojos se habían acostumbrado a la penumbra de una forma antinatural. Con dedos que empezaban a emitir un levísimo fulgor pálido, apartó la hiedra y la tierra acumulada, para dejar a la vista una inscripción en la piedra estaba parcialmente erosionada, pero aún era legible: 

"Aquí yace Elisa, que buscó la verdad y encontró la paz".

Se quedó sin aliento, aunque sus pulmones ya no reclamaran aire. Al tocar el nombre grabado, una descarga de recuerdos ajenos la golpeó: el olor a tierra mojada de su propio entierro, el sonido de las paladas cayendo sobre la madera, y la sensación de una paz que le había sido arrebatada por su propia negación. El nombre en la tumba no era una advertencia, era un espejo de piedra que le decía quién era realmente. Se quedó allí, inmóvil bajo la luna, comprendiendo que el camino que había recorrido esa mañana desde su cama no era un despertar, sino el inicio del fin de su largo sueño.


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