Verde en el olvido

La planta triste
sola se encuentra 
anhelando un sustento
que nunca llega.

Sola en el balcón
el sol me abrasa
mis hojas se tuestan
mi verde se apaga.

Pobre de mí,
la sed me consume,
al otoño no llego
porque nadie me nutre.

LCR



Share:

El Precio Del Almuerzo

​Hay pocas cosas tan sagradas, hasta el punto de parecer rituales, como tomar un almuerzo a media mañana en un bar de toda la vida. De esos con ruido de platos de fondo, el camarero gritando las comandas y el expositor de la barra lleno de pinchos de todas clases. En una mesa situada al fondo se encontraban Ramón y Julián arreglando el mundo entre cafés y filosofía; estaban tan enfrascados en la conversación que el traqueteo del bar se había convertido en ruido blanco. Su día había empezado algo ajetreado, moviéndose de un lado para el otro para realizar varios recados mañaneros. Primero aparcaron cerca de una plaza donde se encontraban la mayor parte de los establecimientos a los que tenían que ir y, después, afirmando que necesitaban un buen almuerzo, movieron el coche hasta la puerta del bar para no tener que andar luego bajo el sol que ya empezaba a pegar con ganas.

​Al apurar el último trago de café, Ramón y Julián se acercaron a pagar mientras los camareros no daban abasto a sacar todo tipo de cafés, tostadas y montados. Una vez que hubieron abonado lo que debían, salieron a la calle, donde el sol de mediodía los recibió con fuerza. Pero ni el calor pudo frenarlos: seguían completamente enfrascados hablando, encadenando un tema de conversación tras otro al tiempo que avanzaban en dirección al coche.

​Absorbidos por la charla, cruzaron pasos de peatones, doblaron esquinas y sortearon a algún que otro viandante abstraído en sus pensamientos. En ese estado de hipnosis conversacional, sus cerebros calcularon la ruta automáticamente y recurrieron al mapa mental de primera hora de la mañana, borrando por completo que, después de los recados, habían ido a almorzar. Con un aplomo envidiable y la seguridad de quienes creen dominar el espacio-tiempo, caminaron durante quince minutos en la dirección equivocada, hilando teorías existenciales con un rumbo firme.

​Llegado el momento de buscar el vehículo, la tertulia murió de golpe al llegar a la zona de los recados. Se detuvieron mientras cruzaban miradas incrédulas. Durante cinco segundos eternos se miraron en un silencio sepulcral, buscando culpables en el horizonte.

​Fue entonces cuando cayeron en la cuenta de que el coche no había desaparecido, sino que seguía plácidamente estacionado a diez metros de la puerta del bar del que acababan de salir, mientras se convertía en un horno a la sombra del toldo. Con la dignidad hecha pedazos y la boca seca, a los dos filósofos de bar no les quedó más remedio que dar la vuelta y deshacer el camino en absoluto silencio.

​


Share:

Una Bebida de Época

​El sol de las doce del mediodía se cuela sin pedir permiso por el cristal del ventanal, rebotando contra la barra de acero inoxidable de "El Brillante", mientras paso la bayeta para quitar los chorretones de los primeros cafés del desayuno. El suelo de terrazo, pulido por décadas de pisadas, devuelve un reflejo limpio, fruto de la mopa que he pasado temprano al preparar el bar para la jornada. El local es viejo, pero no está descuidado; simplemente me niego a sucumbir a esa absurda moda de los gastrobares y cambiar las mesas de formica por esas moderneces minimalistas que ponen en los nuevos negocios del centro. Aunque sé que aquellos tiempos de gloria, en los que la juventud pasaba las tardes jugando al futbolín, al billar o hablando de la vida, son ya muy difíciles de recuperar, prefiero pensar que cuando la clientela entra, tiene la sensación de estar viajando a otra época.
 
Don Julián está en su sitio de siempre, doblando el periódico deportivo con la precisión de quien dobla una bandera del ejército. «Maldita sea, ya hemos vuelto a perder, si es que no tenemos centro del campo», maldice entre dientes. Ni le contesto; después de muchos años sé que su humor depende principalmente de que su equipo gane o pierda, y en estos momentos es mejor no darle conversación. Al lado, dos hombres discuten sobre si el gol no tendría que haber subido al marcador porque el delantero se encontraba en fuera de juego, como si sus vidas dependieran de ello. Una cosa que me han enseñado tantos años detrás de la barra es que, a partir de unas cuantas rondas, el bar se parece a una de esas aulas en las que a algunos futbolistas retirados se les otorga la licencia de entrenador.

Al otro lado, en la mesa situada cerca de la puerta que da a la plaza, entre grande, chica, pares, juego y alguna que otra seña, se encuentran mis cuatro jinetes del órdago —como yo los llamo—, concentrados jugando al mus, con la tensión propia del que sabe que a la pareja perdedora le toca abonarme los carajillos de la tarde. Y justo en medio de este jolgorio, reparo de repente en Marcos que sé encuentra acodado en la barra, frustrado y abatido, con cara de haber enterrado a alguien. Parece que fuera ayer cuando venía con sus padres y me pedía un ColaCao, pero desde que ganó aquel concurso de literatura y salió en el periódico local bautizado como "El nuevo Cervantes", algo ha cambiado en él. Se nota que tiene una presión encima que sus ojeras confirman. Está ahí quieto, con la mirada perdida en el grifo de cerveza, probablemente maquinando una de esas historias de vampiros y castillos oscuros que se han puesto de moda entre la juventud.

​Me acerco limpiando un vaso de tubo con el paño blanco, esperando a que me pida lo que se suele pedir para el almuerzo. El chaval me mira, saliendo por un instante de sus pensamientos, desliza las manos por la barra y dice con voz clara, haciéndose escuchar por encima del zumbido de la cafetera:

​—Un Bitter Kas, por favor. Con una rodaja de naranja.

​Le arqueo una ceja, no lo puedo evitar. Acto seguido me agacho para buscar en el fondo de la nevera aquella lata de un rojo eléctrico que solo me piden los jubilados y los nostálgicos que siguen anclados a épocas pasadas. Con un movimiento mecánico, pongo en un vaso un par de hielos, agrego la rodaja de naranja y dejo la bebida en la barra, delante de él, pensando: «Qué difícil tiene que ser dedicarse a la escritura, si te hace pedir una bebida que se pedía tu abuelo un domingo al mediodía».




Share:

Destinos Inciertos

El cambio está presente en nuestras vidas, de una forma constante, como una fuerza inevitable que nos empuja hacia delante. A veces con suavidad y calma, y otras se presenta con una intensidad que nos abruma y nos arrolla. Es inevitable sentir cómo los oscuros nubarrones en ocasiones nos rodean, al igual que la sombra negra de Mordor se extiende por la Tierra Media, sembrando  la desesperanza en los corazones de sus habitantes.  Pero a su vez, como en el mundo de Tolkien, los pequeños rayos de luz pueden abrirse camino, a través de esa barrera negra  dando paso a un calor confortable que anima a sumergirse en esa transformación, necesaria en ocasiones y en otras hay que asumirla conforme viene.

En la mayoría de las ocasiones las cosas cambian en un corto espacio de tiempo y, aunque la mayor parte de la veces suelen ser cambios positivos (y, en menor medida, negativos), no siempre es fácil aceptarlos. Desde nuestra perspectiva personal, a veces es difícil alegrarse por ciertos matices que no nos benefician directamente. Sin embargo, con el paso del tiempo, el ser humano es capaz de adaptarse y aprender a vivir con la nueva realidad. Ir quemando etapas es inevitable, y con ello, ver cómo nuestra vida se transforma y cómo subimos esos pequeños escalones, al igual que avanzamos en los niveles de un videojuego,  que nos llevan hacia un destino incierto.

El cambio también implica dejar atrás ciertas rutinas y momentos cotidianos que compartíamos con amigos que, en el mejor de los casos se reubican de otra manera según las circunstancias. Y aunque en ocasiones, esto puede resultar doloroso, es importante tener presente que se forjarán nuevos momentos, quizás incluso mejores, que los anteriores. En esto consiste en hacerse mayor, un proceso complicado, lleno de desafíos y aprendizajes.

En última instancia, lo inevitable es eso. Afrontar los cambios con una actitud lo más positiva posible nos permite ver el lado bueno de las cosas y encontrar la paz en medio de la transformación. Asumiendo que no siempre se va a estar como durante el proceso, pero sabiéndolo guiar, se puede llevar a buen puerto.



Share:

Belleza Maldita

Como un chiquillo fui buscando
tus besos malditos.
Hipnotizado fui arrastrando
a lo profundo del laberinto.

Si el brillo de la luna
pudiera sacarme de tu embrujo.
Si el fulgor de las estrellas
pudiera salvarme del abismo.

Pero es en vano, ya no lucho,
tu encanto es muro, es grillete.
He sido víctima de tu embrujo,
Mí voluntad ya no me compete.

Ya no temo al final oscuro,
ni al vacío que se avecina.
Si al final el castigo es seguro,
y es contigo donde el alma culmina.


LCR




Share:

Contratiempos

El día a día de vez en cuando, nos lanza una serie de desafíos, poniendo a prueba nuestra paciencia y resiliencia. Esos días en los que todo parece ir mal, desde perder el tren a Cuenca hasta encontrarse sin llaves al llegar a casa, pueden hacer que uno se sienta, en ocasiones, desbordado. La pregunta inevitable que surge es: ¿qué he hecho yo para merecer esto? Es fácil caer en la trampa de buscar un castigo divino, pero tal vez la respuesta no sea tan sencilla.

Los contratiempos son parte inherente de la vida, recordándonos que, por muy organizados que seamos, es realmente imposible controlarlo todo. No se trata tanto de recibir un castigo por acciones pasadas, sino de aprender a navegar por las aguas turbulentas con gracia y optimismo. Mantener una actitud positiva, incluso en los días más oscuros, puede ser una fuerza poderosa. La filosofía que refleja el rey león a través de "Hakuna Matata" no es solo un escape, sino una forma de recordar que la vida sigue, con sus altibajos, y que nosotros elegimos la manera de como afrontarlos.

Aceptar los días malos como una oportunidad para reflexionar, aprender y fortalecer nuestro carácter, nos permite encontrar una paz interna que trasciende las circunstancias externas. La verdadera resiliencia no se mide por la ausencia de problemas, sino por la capacidad de encontrar la solución, a pesar de ellos.


 

Share:

Registro de memoria 6.0: Memoria Fragmentada

​Después de lo acontecido, El Hacedor, gracias a la señal de la baliza de emergencia, encontró mis restos en la loma. Según comenta, la cabeza no sufrió daños por el blindaje de la máscara que me instaló, y las garras también se salvaron, pero el cuerpo quedó hecho pedazos. Así que, provisionalmente, me tuvo que proveer de un chasis algo arcaico, pero funcional. Cuando ya estuve operativo, el primer proceso que ejecuté fue una descarga de datos, una copia de seguridad que todavía sigo cuadrando para situaciones como esta. Como era de esperar, solo tenía memoria hasta antes del ataque. El Hacedor, durante las oportunas reparaciones, me conectó al sistema de la Teseo, pero ojalá hubiera podido conectarme a otro sitio; lo que se descargó en mis sistemas fueron los archivos de las cámaras de seguridad del núcleo central. Lo que vi no fueron recuerdos, sino grabaciones. Una crónica fría y muda de la deriva de Miguel mientras nosotros no estábamos.
 
​No me resulta cómodo repasar estos archivos. Se me hace complicado recordar cómo la desesperación puede desembocar en un momento de locura transitoria, y eso parece que es lo que le pasó a Miguel. En los primeros momentos de soledad, se puede apreciar cómo caminaba por los pasillos, sellando metódicamente cada rendija de las puertas con cinta adhesiva para protegerse. Una vez terminada la tarea, se dirigió al sector de carga, despejó el suelo apartando los pesados contenedores y escribió un pentagrama con una sustancia que él nunca me ha querido revelar. Fue en ese momento cuando se quedó inmóvil, durante horas. No dormía, solo hacía guardia, mientras su gato iba a visitarlo de vez en cuando. En los momentos en los que aparecía el animal, Miguel movía los labios, sugiriendo una conversación que las cámaras no fueron capaces de captar. Momentos después, sin previo aviso, se puso en pie y caminó hacia la consola central con una resolución impropia de alguien que ha pasado días en aquel encierro. Se detuvo ante el dispositivo y mantuvo el contacto durante catorce segundos. No había miedo en su gesto, solo una certeza absoluta antes de girarse hacia la esclusa. Accionó el mecanismo y la luz blanca del desierto irrumpió en el interior, borrando su silueta hasta dejar el marco vacío.
 
​Recuerdo que, cuando la situación se estabilizó mínimamente, El Hacedor —a través de su pericia, pues yo aún no estaba para muchos trotes— localizó la señal residual de la baliza de Miguel, la cual se convertiría en nuestra única guía. Con aquellas coordenadas, decidimos ir en su búsqueda, pues en ese momento desconocíamos en qué peligro podría estar. En aquel instante, la incertidumbre sobre Isthar era una brecha crítica en mis sistemas; la última imagen que conservaba de ella era su silueta perdiéndose tras la esclusa antes de que la Sombra me dejara inerte en la arena. Sin embargo, fue el Hacedor quien me puso al corriente de la verdad: Isthar no estaba perdida en el yermo como yo temía, sino que se encontraba lejos, cumpliendo una misión. Esa actualización apenas logró mitigar mi preocupación; saberla de misión no borraba el hecho de que el peligro acechaba igual en cualquier frente. Así que, con esa certeza y las coordenadas de Miguel, nos pusimos en marcha. No buscábamos redención, simplemente recuperar a nuestro piloto antes de que el desierto lo convirtiera en parte del decorado.
 
​Y aun así, aunque lo aquí contado quede lejano en el tiempo, mi sistema siempre intentara corregir esa discrepancia. Yo sentía cómo en esos momentos había fallado a Isthar, y junto a ella, la ausencia insoportable de Marcus y Becky todavía me pesaba en el núcleo. Es la maldición de ser una máquina con memoria: los archivos se pueden actualizar, pero las ausencias jamás se borran. Ese vacío que sentí cuando los perdimos nunca terminó de recargarse, y hoy, mientras archivo este registro, sigo detectando ese error fantasma en mi procesador; un pulso intermitente que me recuerda que, a pesar de seguir operativo, hay misiones que terminan en desastre mucho antes de encontrar el camino de regreso.



← Capitulo 5:  Peligros y Desolación  | Índice |


Share: