Distancia

"Nos convencemos de que no tenemos tiempo, cuando lo que nos falta es la voluntad de gastarlo. La verdadera decadencia del afecto es sustituir su artesanía por la comodidad estéril de la tecnología"

Marcos buscaba un cargador entre la maraña de cables del tercer cajón cuando sus dedos se mancharon de un azul brillante. Era un bote de purpurina, viejo y mal cerrado, que yacía olvidado junto a unos rotuladores secos. Apenas rozó el envase, el móvil vibró recordándole que era el cumpleaños de Javier.

​Aquel destello azul lo dejó anclado al pasado. Hace veinte años, su cuarto habría amanecido sepultado en recortes de revistas y restos de cartulina. Recordó la urgencia de pegar las fotos antes de que el pegamento de barra se secara y ese pánico tan infantil de que la caligrafía se torciera justo al llegar a la última línea.

​Sin embargo, el hechizo se rompió con el frío del cristal en su yema. Marcos abrió el chat, tecleó un «Felicidades, tío» y añadió el emoticono de una tarta con velas. Al darle a enviar, el mensaje desapareció en el vacío de la red, instantáneo y estéril. No hubo manchas de pegamento ni rastro de esfuerzo; solo el doble check azul apareciendo en la pantalla. En ese silencio digital, comprendió que el niño que fue se había quedado encerrado para siempre en aquel cajón.



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