Tentación

"A veces, la mayor batalla del ser humano se libra frente a un menú del día. Intentamos domesticar nuestros instintos con buenas intenciones y fibra, olvidando que el estomago tiene razones que la lechuga no entiende"

Llevaba tres semanas de impecable disciplina, siguiendo a rajatabla las indicaciones pautadas. Mi nevera parecía un jardín botánico y mis niveles de energía eran óptimos, pero mi espíritu y mi estómago no pensaban lo mismo. Me encontraba en la terraza de aquel café, observando con una envidia casi pecaminosa cómo el camarero desfilaba con una bandeja de croquetas. El aroma, ese vapor cargado de traición y bechamel, me golpeaba el rostro con la fuerza de un viejo amor que no se quiere olvidar.

​Masticaba mi ensalada de kale con una solemnidad casi religiosa, intentando convencerme de que el crujir de la hoja era tan satisfactorio como el de una corteza de cerdo. Mentira. Había una tristeza profunda en cada tallo, una nostalgia de barbacoas y domingos de asado que no se podía tapar con aquel mejunje verde e insípido. En mi cabeza, mis amigos reían, compartían raciones y vivían en ese mundo de grasas saturadas del que yo me encontraba exiliado por el bien de mis arterias.

​Al final, comprendí que mi problema no era el brócoli, sino mi memoria. Miré mi plato, lleno de vida y vitaminas, y luego miré al infinito. Puede que el verde fuera el color de la esperanza, pero para un nostálgico del jamón como yo, la esperanza a veces tiene un sabor demasiado fibroso.



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