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El Secreto del Ático IV: Jirones De Verdad
Elisa permaneció unos minutos arrodillada frente a la lápida, con los dedos rozando las letras de su propio nombre como quien acaricia un objeto prohibido. Notó cómo, cada minuto que pasaba en ese lugar, el silencio se volvía más opresivo, mientras por su mente viajaban todo tipo de pensamientos que no lograba comprender, como si fueran ecos de una radio mal sintonizada. Sin embargo, la determinación que la había traído hasta allí y su deseo de saber eran más fuertes. Fijó su mirada en el suelo, justo donde la inscripción de la piedra terminaba y el musgo comenzaba a devorar el granito con una paciencia milenaria. Sabía, con certeza, que lo que estaba buscando no estaba sobre la tumba, sino bajo ella.
Las aves nocturnas habían empezado a ulular cuando, haciendo acopio de un coraje que no sabía que poseía, comenzó a cavar. Lo que empezó como un tanteo lleno de cautela no tardó en transformarse en una desesperación que dominó por completo el control de sus movimientos. A medida que sus manos se hundían en la tierra negra y fría, notó cómo sus dedos, poco a poco, dejaban de percibir la textura áspera del suelo; un hallazgo que al principio la aterró. Sin embargo, aunque la sensibilidad de sus manos iba desapareciendo progresivamente, todavía era capaz de sentir ligeramente cómo la tierra iba cediendo ante su empeño. Al cabo de un rato, el agujero había ganado más profundidad; fue entonces cuando apenas empezó a percibir que, con cada palmo ganado, se desvanecía una capa de olvido bajo la indiferente luz plateada de la luna.
Después de lo que pareció una eternidad bajo la mirada impasible de los sauces llorones, sus dedos chocaron finalmente con algo sólido, provocando que un sonido metálico resonara por cada rincón del camposanto. Aquella vibración, aguda y repentina, le devolvió por un instante la olvidada sensación de tener huesos, impulsándola a realizar un último esfuerzo para extraer una pequeña caja de metal. El objeto era idéntico al que había encontrado en el ático, con la diferencia de que este aparecía sellado por el óxido y el olvido, protegido por un candado que parecía guardar el secreto de una vida entera. Sin embargo, al tenerla al fin entre sus manos, Elisa sintió cómo las fuerzas comenzaban a flaquearle, hasta el punto de que, por un instante, la invadió la tentación de detenerse y abandonar. Fue solo tras una breve lucha interna cuando, con un temblor visible en los dedos, logró sacar la llave que había encontrado esta mañana en el ático. Con una mezcla de nervios y duda la insertó en la pequeña cerradura; al instante, la caja pareció reconocer a su dueña y, con un chasquido seco y definitivo, se abrió. El sonido fue como el estallido de una burbuja: de repente, sintió cómo el mundo paulatinamente iba recuperando su peso y el aire se tornaba más frío, más auténtico.
La caja estaba revestida en su interior por una tela de terciopelo que, aunque acusaba el paso del tiempo, todavía conservaba un rastro de azul turquesa; sobre él se encontraba una última carta ajena al paso de los años. Al desplegar el papel, para su sorpresa, sintió la textura rugosa bajo las yemas de sus dedos. Al instante, Elisa reconoció su propia letra, clara y actual, y tras una breve pausa comenzó a leer. A medida que sus ojos recorrían las líneas, el silencio del cementerio dejó de ser opresivo para volverse absoluto. El impacto de las palabras se reflejado en el temblor de sus hombros y en la forma en que su mirada, antes perdida, se afilaba con una comprensión dolorosa. Sus labios dibujaron una mueca que oscilaba entre el alivio y el espanto, como si cada frase estuviera derrumbando, una a una, las paredes de aquella casa luminosa donde se había refugiado.
Tras una breve pausa, Elisa apretó el papel contra su pecho. No era un mensaje de un extraño, era el grito de su propia conciencia exigiéndole que dejara de fingir. Cuando al fin comprendió, su cuerpo comenzó a cambiar. El aspecto de mujer de carne y hueso se disolvió como una acuarela bajo la lluvia. Su piel, antes rosada, comenzó a emitir un fulgor pálido y plateado: una luz que no iluminaba, sino que revelaba lo oculto. Sus ropas se fundieron con la sombra del sauce, volviéndose jirones entre la niebla.
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