Registro de memoria 6.0: Memoria Fragmentada

​Después de lo acontecido, El Hacedor, gracias a la señal de la baliza de emergencia, encontró mis restos en la loma. Según comenta, la cabeza no sufrió daños por el blindaje de la máscara que me instaló, y las garras también se salvaron, pero el cuerpo quedó hecho pedazos. Así que, provisionalmente, me tuvo que proveer de un chasis algo arcaico, pero funcional. Cuando ya estuve operativo, el primer proceso que ejecuté fue una descarga de datos, una copia de seguridad que todavía sigo cuadrando para situaciones como esta. Como era de esperar, solo tenía memoria hasta antes del ataque. El Hacedor, durante las oportunas reparaciones, me conectó al sistema de la Teseo, pero ojalá hubiera podido conectarme a otro sitio; lo que se descargó en mis sistemas fueron los archivos de las cámaras de seguridad del núcleo central. Lo que vi no fueron recuerdos, sino grabaciones. Una crónica fría y muda de la deriva de Miguel mientras nosotros no estábamos.
 
​No me resulta cómodo repasar estos archivos. Se me hace complicado recordar cómo la desesperación puede desembocar en un momento de locura transitoria, y eso parece que es lo que le pasó a Miguel. En los primeros momentos de soledad, se puede apreciar cómo caminaba por los pasillos, sellando metódicamente cada rendija de las puertas con cinta adhesiva para protegerse. Una vez terminada la tarea, se dirigió al sector de carga, despejó el suelo apartando los pesados contenedores y escribió un pentagrama con una sustancia que él nunca me ha querido revelar. Fue en ese momento cuando se quedó inmóvil, durante horas. No dormía, solo hacía guardia, mientras su gato iba a visitarlo de vez en cuando. En los momentos en los que aparecía el animal, Miguel movía los labios, sugiriendo una conversación que las cámaras no fueron capaces de captar. Momentos después, sin previo aviso, se puso en pie y caminó hacia la consola central con una resolución impropia de alguien que ha pasado días en aquel encierro. Se detuvo ante el dispositivo y mantuvo el contacto durante catorce segundos. No había miedo en su gesto, solo una certeza absoluta antes de girarse hacia la esclusa. Accionó el mecanismo y la luz blanca del desierto irrumpió en el interior, borrando su silueta hasta dejar el marco vacío.
 
​Recuerdo que, cuando la situación se estabilizó mínimamente, El Hacedor —a través de su pericia, pues yo aún no estaba para muchos trotes— localizó la señal residual de la baliza de Miguel, la cual se convertiría en nuestra única guía. Con aquellas coordenadas, decidimos ir en su búsqueda, pues en ese momento desconocíamos en qué peligro podría estar. En aquel instante, la incertidumbre sobre Isthar era una brecha crítica en mis sistemas; la última imagen que conservaba de ella era su silueta perdiéndose tras la esclusa antes de que la Sombra me dejara inerte en la arena. Sin embargo, fue el Hacedor quien me puso al corriente de la verdad: Isthar no estaba perdida en el yermo como yo temía, sino que se encontraba lejos, cumpliendo una misión. Esa actualización apenas logró mitigar mi preocupación; saberla de misión no borraba el hecho de que el peligro acechaba igual en cualquier frente. Así que, con esa certeza y las coordenadas de Miguel, nos pusimos en marcha. No buscábamos redención, simplemente recuperar a nuestro piloto antes de que el desierto lo convirtiera en parte del decorado.
 
​Y aun así, aunque lo aquí contado quede lejano en el tiempo, mi sistema siempre intentara corregir esa discrepancia. Yo sentía cómo en esos momentos había fallado a Isthar, y junto a ella, la ausencia insoportable de Marcus y Becky todavía me pesaba en el núcleo. Es la maldición de ser una máquina con memoria: los archivos se pueden actualizar, pero las ausencias jamás se borran. Ese vacío que sentí cuando los perdimos nunca terminó de recargarse, y hoy, mientras archivo este registro, sigo detectando ese error fantasma en mi procesador; un pulso intermitente que me recuerda que, a pesar de seguir operativo, hay misiones que terminan en desastre mucho antes de encontrar el camino de regreso.



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Registro de memoria 5.0: Peligros y Desolación

Cruzar el dintel de la puerta de la ciudad antigua no fue tan apacible como uno pudiera esperar. Tras horas sumergidos en la penumbra de la ciudad subterránea, la luz de la superficie no nos recibió con la calidez de un nuevo amanecer, sino que el sol, encontrándose en su punto más alto, nos saludó con un deslumbramiento absoluto. Beetlejuice estaba preparado para operar en la oscuridad; el diafragma se encontraba en el rango máximo de apertura, permitiendo la entrada de la mayor cantidad de luz posible. No habíamos puesto un pie fuera cuando el universo entero quedó reducido a un destello blanco, plano y cegador. Los puntos de luz sufrieron una saturación lumínica durante unos segundos, lo suficiente para detectar algunos errores de lectura; el balance de blancos se colapsó por completo, dejando a mi compañero, durante un breve espacio de tiempo, en una absoluta vulnerabilidad. Recordé entonces, con una punzada de amargura, que estaba de pasajero en un cuerpo que no era el mío, y solo me quedaba esperar a que los filtros automáticos del dron hicieran su trabajo y el objetivo se ajustase por fin a la luz del exterior. Una vez que todo volvió a la normalidad, la realidad que se abrió ante nosotros no fue más alentadora, pues intuía que teníamos por delante un trecho de camino considerable, no exento de posibles peligros.
 
En ese momento, desconocía el cómputo de los días; al fin y al cabo, tenía la creencia de que era una consciencia digital, a punto de ser olvidada. Lo que sí que tenía claro era que el tiempo jugaba en contra de todos. Ante esta tesitura, el Hacedor no se detuvo a descansar; la tensión en su mandíbula era síntoma de que algo marchaba mal. Avanzaba a paso ligero, ostentando esa terquedad que lo caracteriza, con el uniforme desgastado por la arena, mientras su respiración pesada resonaba en el micrófono de ambiente de Beetlejuice. Desde mi perspectiva aérea, flotando a unos metros sobre su hombro, la escena era descorazonadora. Yo, que en el pasado presumía de tener un hardware modificado por él para sentir el frío de los páramos o el ronroneo vectorial de los motores, ahora me encontraba flotando en una burbuja de telemetría fría. No sentía el viento racheado de la estepa, ni el peso de mis patas sobre el suelo, ni el tacto de la roca. Solo era un espectador mudo devorando datos numéricos de distancia y velocidad, relegado a observar cómo, por el ritmo de la marcha, se aceleraba su ritmo cardíaco, y precisamente eso no le convenía.
 
Caminamos durante kilómetros en un silencio sepulcral. Era ese tipo de calma tensa que precede a la tempestad. Sabíamos, por las notas de navegación y el destino que nos había traído hasta este sector del planeta, que tarde o temprano aquello que me había atacado a mí nos saldría al encuentro. Sin embargo, el desierto estiraba el tiempo de una forma cruel. Quise hablar, hacerme notar, ser de utilidad por primera vez en este viaje, pero me fue imposible; ya que, al intentar activar los altorrelieves de voz de Beetlejuice para avisar de que había depredadores en algún lugar, el núcleo de mi compañero me hizo recordar que estaba atrapado en una jaula de código ajeno. Solo me estaba permitido observar, cosa que ya me estaba empezando a poner nervioso. No tardaría en caer la penumbra, y era conveniente encontrar un cobijo donde guarecerse. Después de una aparente eternidad, nos detuvimos en un afloramiento de caliza que apenas servía para romper el viento; no era lo ideal, pero sirvió para su cometido. Fue bajo ese manto de oscuridad absoluta donde los sistemas de monitorización periférica del dron registraron las primeras anomalías estructurales en el entorno. No eran errores en la matriz: el captador de audio de Beetlejuice empezó a percibir vibraciones de baja frecuencia en la arenisca y una serie de fricciones agudas contra los bloques de piedra. Había algo más allí fuera, moviéndose en las sombras de la llanura. Mis temores de que fueran Sombras de la noche comenzaron a aflorar de nuevo.
 
Contemplé con impotencia cómo el Hacedor analizaba toda la información y comenzaba a activar las rutinas de reconocimiento de su propio casco, mientras mi fiel amigo se ponía manos a la obra para marcar las firmas biológicas en movimiento: puntos térmicos intermitentes que maniobraban para cerrar un perímetro alrededor de su posición. Los algoritmos de análisis morfológico de mi compañero estimaron, basándose en la tasa de desplazamiento y el volumen de masa, que nos enfrentábamos a un grupo de depredadores cuadrúpedos, siluetas de un tamaño similar al de un can mediano, con alguna lectura aislada que arrojaba dimensiones muy superiores. Quise avisar de las coordenadas, quise proyectar un aviso lumínico sobre el terreno para indicarle que el peligro real se deslizaba por su flanco izquierdo, pero mis hilos de ejecución permanecían completamente aislados en el núcleo de memoria. Vi al Hacedor encajar los hombros, asegurar el arma con sus dedos entumecidos y aguantar la respiración mientras la óptica nocturna del dron perfilaba los contornos de las criaturas. Eran seres de andares bajos, cubiertos por una superficie rugosa que alternaba escamas y pelaje reseco, cuyos ojos devolvían el haz de luz con una refracción verdosa y desprovista de vida. La primera de las criaturas rompió la formación en un avance explosivo, buscando directamente desestabilizar al Hacedor; realizó justo el mismo movimiento que me anuló a mí. Con la diferencia de que esta vez la detonación de su arma impactó en el pecho de la Sombra de la noche, haciendo que se desplomara sobre el suelo. Pero el resto del grupo no tenía intención de dispersarse; por el contrario, la agresividad de las lecturas térmicas se duplicó en el acto.
 
​En ese instante crítico, quise tomar el control para ayudar en tan semejante contienda; intenté forzar los controladores de los motores del dron para interponer nuestro chasis entre las mandíbulas de las bestias y su garganta, pero el sistema operativo me denegó el acceso una y otra vez. Afortunadamente, los protocolos automáticos de salvaguarda de Beetlejuice funcionaron de manera impecable: el dron estabilizó su altura y liberó una salva de proyectiles de inducción eléctrica contra los atacantes más próximos. Los arcos voltaicos restallaron en la negrura y las criaturas se replegaron hacia la llanura emitiendo chillidos estridentes. Pese al castigo, el peligro no desapareció. Los puntos térmicos se resguardaron justo en el límite de nuestro alcance visual, manteniéndose en una vigilia implacable que duró horas. Pasamos el resto de la noche en una tensión insoportable. El Hacedor permaneció con la espalda pegada a la roca, sosteniendo el peso de su fusil con los brazos rígidos, mientras Beetlejuice mantenía sus sensores fijos en el perímetro y yo me ahogaba en un púrpura profundo, consumido por la desesperación.
 
Solo cuando la luz del alba empezó a limpiar el horizonte, las firmas de calor comenzaron a perder intensidad, retirándose hacia fallas geográficas y madrigueras subterráneas invisibles para el ojo humano. Escuché a través del micrófono el aire salir de los pulmones del Hacedor en un eco tembloroso, un reflejo físico provocado por el cese súbito del peligro y la brutal descarga de adrenalina que había contenido durante toda la noche. Se puso en pie con torpeza, sacudió la arenisca de sus botas e inició de nuevo el avance sin mirar atrás, dejando atrás el escenario del asedio nocturno. El sol volvió a adueñarse de la estepa con una fijeza aplastante, cuarteando la caliza bajo las botas del Hacedor. Los restos de la nave enemiga aparecieron finalmente; el cráter dejado por aquella mole era impresionante, desperdigando sus despojos metálicos en un radio de doscientos metros.
 
—Supervivientes —murmuró mi compañero, ocultándose de inmediato tras una formación rocosa al detectar movimiento.
 
Tres figuras rezagadas se movían entre los escombros retorcidos. No hubo margen para la estrategia ni para negociaciones; la fortuna nos dio la espalda cuando un centinela giró el rostro hacia la duna y el tiroteo estalló con la violencia de una tormenta de fuego. El Hacedor se arrojó sobre la arena mientras las descargas térmicas convertían la arenisca en vidrio fundido a escasos centímetros de sus botas. Con una presteza formidable, dictada por el viejo instinto de quien no sabe claudicar, devolvió el fuego. Un impacto certero; el primer soldado cayó de bruces, fulminado sobre el polvo rojo. Los otros dos, al verse desprotegidos ante un enemigo invisible y feroz, optaron por replegarse hacia la inmensidad del páramo, abandonando el desastre. El enfrentamiento fue seco, una breve y brutal exhibición de supervivencia que nos dejó a solas con el silencio de la estepa.
 
El Hacedor se puso en pie con el arma todavía en la mano y avanzó, rompiendo la quietud con sus pasos firmes hacia unos restos que parecía conocer bien, de lo que quedaba de lo que antaño había sido una cabina. De repente, interrumpió la marcha y se dejó caer de rodillas sobre la ceniza. Y entonces, entre los escombros calcinados y el lodo herrumbrado, algo detuvo su corazón. Alargó una mano temblorosa para apartar la tierra, descubriendo un casco medio sepultado. Pero no era un casco cualquiera. Al limpiar el polvo, las ópticas de Beetlejuice me devolvieron unas marcas inconfundibles en los laterales. Eran las cicatrices del metal de aquellas insignias federales que yo mismo había borrado concienzudamente antes de iniciar la misión. No cabía espacio para la duda, era el casco de Marcus.
 
Con desazón y rabia comenzó a apartar las planchas de acero con las manos desnudas, ignorando los cortes filosos y la sangre que brotaba de sus dedos. Yo observaba desde mi cautiverio mudo, impotente ante una verdad que no necesitaba mediciones. El Hacedor buscaba su cuerpo; ambos sabíamos con espantosa claridad lo que significaba hallar únicamente el casco tras una explosión de plasma de esa magnitud. Significaba que la estepa se lo había tragado or completo. Ya no quedaba nada que enterrar, nada que llevar de vuelta a casa para mitigar el llanto de Sara. Solo aquel armazón mellado.
 
Lo levantó del suelo con una reverencia y un misticismo que jamás se le demostró en vida. Aquella pieza de blindaje era liviana, hueca; un cascarón vacío donde antes habitó una mente brillante, un corazón leal y una sonrisa franca que nos recordaba de forma inevitable a la de Miguel. En mi memoria solo resonaba: «Os daré algo de tiempo, Miguel. Sácalos de aquí». Maldita sea, nunca comprenderé por qué los humanos tienen que hacerse los héroes. Prefieren convertirse en mitos antes que conservar la existencia, como si la gloria pudiera llenar el vacío que dejan en el pecho de los que se quedan atrás.
 
Apretó el cascarón contra su pecho, manchando el blindaje con el hollín y la sangre de sus propios dedos. No había tiempo para el luto en estos momentos e, impulsado por una vana esperanza, recorrió los alrededores con la mirada perdida hasta topar con los restos de Becky. La moto yacía destrozada a escasos metros, pero sus componentes mantenían una extraña coherencia cuántica, permaneciendo próximos y agrupados como si desafiaran la lógica de la onda expansiva, recordando su unión original. A través de las lentes de Beetlejuice, contemplé aquel amasijo de hierro con una agonía indescriptible: allí, esparcida sobre la arena, se apagaba mi primera creación, el primer código brillante al que di vida. El Hacedor, con el alma rota y los ojos nublados por el polvo encarnado, empacó los fragmentos en el contenedor; la reconstruiría y la bautizaría como Bety, pues se imponía no perder por completo el recuerdo de su amiga, aunque ambos supiéramos que su chispa original se había extinguido para siempre.
 
Las ópticas del dron continuaron barriendo el desastre, registrando la ausencia absoluta de cualquier otra forma de vida. La certeza de la doble pérdida golpeó el entorno con la fuerza de un impacto invisible. El dolor físico del Hacedor, su llanto silencioso captado por el micrófono de ambiente, la devastación de ver los restos, la pérdida de Marcus y de Becky esparcidos sobre la arena colapsaron mis niveles de tolerancia ante lo vivido a través de la máquina. Incapaz de sostener la cruda realidad, mi mente claudicó. No hubo alarmas, ni códigos de error, ni un último destello de resistencia digital; simplemente me quebré por dentro, incapaz de soportar el peso de tanta ruina. La realidad a la que estaba encadenado como un pasajero indefenso se disolvió en un fundido a negro irreversible, abandonando todo rastro de pensamiento. Mi consciencia se desvaneció por completo, hundiéndose en la nada, mientras el frío armazón de Beetlejuice, ajeno a mi absoluta desaparición, continuaba barriendo el desierto con su mecánica indiferencia.
 
Fin del registro.
 


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Registro de memoria 4.0: El Sueño De Piedra

Desconozco lo último que registraron mis sensores en ese momento, en las cercanías de la loma de la que, a escasos metros, se encontraba la Teseo. No es de extrañar que fuera una especie de vacío digital que precede a un apagado crítico. Pero el silencio no llegó. Lo que vino después —y todavía no soy capaz de explicarlo— fue algo parecido a un salto cuántico sin lógica aparente; algo que ni el más avezado de los programadores de código ni el físico teórico más inteligente serían capaces de descifrar. Cuando volví a sentir que mis rutinas procesaban datos, por un instante creí que el mundo se había vuelto loco. Me encontraba a unos cuantos metros sobre el suelo. No era capaz de sentir el peso de mi cuerpo sobre mis piernas, tampoco conseguía accionar mis garras retráctiles... En su lugar, experimentaba una ligereza insólita y a mi alrededor percibía un zumbido que tardé en darme cuenta de que era generado por mí mismo. Me llevó un tiempo comprender que mi conciencia se había volcado, por puro protocolo de emergencia, al hardware de Beetlejuice. Para mi sorpresa, había pasado de ser un robot de tamaño pequeño completamente funcional a ser un polizón dentro de mi compañero de reconocimiento. Había pasado de intentar controlar la situación en la nave a esperar que las cosas se desarrollaran según el guion establecido.

​Para mí el salto de un chasis a otro había sido como un simple parpadeo, pero el reloj interno del sistema reveló una realidad desalentadora: el tiempo exterior seguía corriendo implacable, siendo yo incapaz de determinar en qué día me encontraba. Al mirar hacia abajo a través de la lente óptica de gran angular del dron —que deformaba los bordes de la estepa donde nos encontrábamos convirtiendo todo en un horizonte distorisonado y onírico— divisé al Hacedor. Verlo avanzar a pie, sin la cobertura de la moto y con una terquedad suicida, me recordó que para él el tiempo apremiaba y el futuro de Marcus y Becky se tornaba incierto. Verlo en esa situación generaba en mí el deseo de intervenir, con la dolorosa intención de soltarle un sarcasmo de los míos o de obligarlo a descansar. Pero a la hora de intentar activar las subrutinas, se produjo una interferencia en el núcleo que me hizo recordar, con la frialdad de un diagnóstico de error, que en esos instantes yo era un fantasma dentro de Beetlejuice y solo me estaba permitido observar. Había quedado relegado a ver todo lo que analizaba mi compañero, atrapado en una inacción que todavía hoy me escuece en los circuitos.

​En un tiempo indeterminado, la amplitud de la estepa comenzó a tornarse en un laberinto de cañones geográficos. A medida que avanzábamos, las lecturas de los sensores empezaron a registrar puntos críticos que era mejor evitar y esquivar, ya que era preferible no conocer las potenciales amenazas que pudieran albergar. Al leer estos informes el Hacedor nos mandó... mejor dicho, ordenó a Beetlejuice realizar un mapeo de la zona para ver si había otro camino más seguro por el que continuar la marcha. Mi tenaz compañero se adentró por el laberinto mientras yo esperaba, con mis procesos de alerta saturados, que no llamara la atención de nada que pudiera suponer un problema. Al cabo de un rato, volvió e indicó un camino que parecía adentrarse dentro de la tierra. Una vez evaluada toda la información de la que disponía, el Hacedor decidió tomar el camino que se dirigía a aquella abertura, ya que tenía la corazonada de que era algo importante. Y no se equivocó. Tras aproximadamente una hora de camino por aquella amenazadora garganta, emergió ante nosotros una inmensidad subterránea que a día de hoy sigo desclasificando con una mezcla de fascinación y desconcierto, preguntándome cómo el ser humano pudo construir en aquel lugar.

​Y es que, ante la lente de Beetlejuice no se abrió una caverna tosca o un nido de túneles caóticos realizados por cualquier criatura, sino una obra maestra de la macroingeniería civil que desafiaba la escala del propio planeta. Los haces de luz que eran proyectados sobre la pared del cañón revelaban una serie de estatuas colosales, talladas en la roca viva, que ascendían proyectando sombras alrededor. Flanqueaban la puerta un par de columnas de estilo jónico y en el cuerpo superior se podía apreciar una serie de figuras que daba la impresión de que eran dioses de alguna época lejana de este planeta; pero lo que más me llamaba la atención era la similitud que tenían con los dioses de la cultura griega de la Tierra. No necesitaba mis bancos de memoria principal para constatar que aquellas barbas talladas con precisión milimétrica, los mantos de piedra desafiando la gravedad y la soberbia de esas miradas tenían un gran parecido con aquellas esculturas griegas de Zeus, Poseidón o Atenea realizadas durante el esplendor de Atenas. Aquel asombro no se detuvo solo en la fachada, sino que se transformó en una fascinación absoluta a medida que nos adentrábamos en las profundidades del complejo. Cruzar el umbral fue como si nos metiéramos en las entrañas de una civilización perdida pero extrañamente familiar. El Hacedor avanzaba en un silencio sepulcral, y mi amigo hacía lo propio para no llamar la atención, ya que era vital no ser descubiertos si se quería salir con vida de aquel sitio. Los sensores comenzaron a realizar su trabajo lanzando ráfagas sistemáticas de pulsos láser, necesarios para realizar el reconocimiento en aquella negrura subterránea. Mientras tanto yo no salía de mi asombro, conforme iba viendo aquellas galerías talladas de orden clásico iluminarse de manera sistemática bajo el barrido verde del escáner.

​Caminamos durante lo que el reloj interno de mi compañero estimó que fueron horas a marcha forzada en mitad de aquella quietud febril, donde el único sonido que rompía la atmósfera era el eco seco de las pisadas del Hacedor, a la vez que su respiración se tornaba cada vez más pesada, rota por el cansancio acumulado. Avanzábamos a través de la penumbra gracias al buen hacer de Beetlejuice y al programa de navegación que yo mismo había diseñado durante el viaje, en las noches de calma a bordo de la Teseo; una ironía amarga, considerando que ahora mi propia creación me guiaba como a un prisionero sin voz. No podré olvidar la fascinación que sentí por aquel pasado humano enterrado en ese punto del Mosaico. Poco a poco vimos cómo la avenida principal de la ciudad subterránea se extendía ante nosotros como una inmensa arteria de piedra que parecía no tener fin. Conforme íbamos avanzando, vimos que al término de ese colosal corredor nos aguardaba la salida a la superficie, pero la inmensidad del trayecto estiraba el tiempo, obligándonos a marchar bajo la severa mirada de los dioses de caliza. Allí donde la ciudad se acababa, recibimos la luz cegadora de la superficie. Nos encontrábamos a un paso de salir a la inmensidad de la llanura, completamente ajenos a que la paz milenaria que dejabamos atrás era el último instante de tregua antes de la tormenta que nos aguardaba.




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Registro de memoria 3.0: El Factor Humano

Tras la partida del Hacedor y Beetlejuice, el silencio en el interior del Teseo se volvió mas denso que el aceite de motor viejo. Mis sensores  no dejaban de arrojar alertas: el soporte vital chirriaba, los paneles de buena parte de la cubierta se encontraban deformados y el aire... bueno, el sistema indicaba que la filtración de partículas de la sabana estaba saturando los filtros. Mientras iba recibiendo aquellas señales infinitas diagnóstico, yo me encontraba en el pasillo que daba a la carlinga, intentando sellar una fuga en el conducto de ventilación, para que el oxígeno no se perdiera, pero el motor del extractor simplemente emitió un quejido agónico y se bloqueó. 

No tenía piezas. No tenía las herramientas del Hacedor. Mis articulaciones tenían polvo suficiente para hacerme fallar en las soldaduras de precisión. Es desesperante recordar cómo la nave que tú mismo has cableado se caía a pedazos ante tus ojos y darte cuenta de que, por mucho que lo intentes, solo eres un gato de metal con las manos atadas. Así se encontraba mi procesador en aquel momento, a las puertas de entrar en un bucle infinito; pues el Teseo es parte de mi chasis, y sentirlo morir fue como sentir que me arrancan las placas una a una.

​Me encontraba en medio de ese colapso interno cuando sentí la necesidad de revisar los monitores. La imagen de las cámaras era desoladora. Miguel seguía sedado en la bahía médica, con el rostro pálido bajo la luz de emergencia, a su lado se encontraba Beltran el soldado que habíamos rescatado, que parecía que estaba estable. En cambio, Isthar, no dejaba de moverse. Su rastro de calor en los sensores infrarrojos era una mancha errática que iba de la esclusa a los ventanales agrietados

—Luis, no puedo más —dijo su voz a través del intercomunicador. Sonaba quebrada, con esa frecuencia que los humanos usan cuando están a punto de colapsar—. El aire aquí dentro... huele a quemado, a derrota. Necesito salir. Solo un momento. Necesito ver el cielo.

—Isthar, los protocolos de seguridad son claros —le respondí, mientras mi procesador intentaba priorizar entre su bienestar psicológico y su integridad física—. Estamos en un bioma desconocido. La visibilidad exterior es reducida por el polvo en suspensión y mis sensores periféricos están al 40%. Salir ahí fuera es una variable que no puedo controlar.

No me hizo caso. Los humanos tienen esa capacidad de ignorar la lógica cuando el pecho les aprieta demasiado. Vi a través de la cámara de la rampa cómo se abría la compuerta, dejando entrar una racha de aire caliente y polvo que hizo saltar las alarmas de incendio. Isthar salió. Su silueta, pequeña y vulnerable frente a la inmensidad de la sabana, se fue alejando entre los matorrales secos.

Pasaron diez minutos. Luego quince. Mi reloj interno marcaba cada segundo con un pulso de luz ámbar en mis ojos. "Solo será un momento", había dicho. Pero los sensores de movimiento no detectaban su regreso.

Una punzada de algo que mi código etiqueta como "preocupación" —pero que se siente como un cortocircuito en el núcleo— me obligó a salir. Dejé las herramientas y bajé la rampa. El calor de la sabana me golpeó en el chasis; era un calor seco, agresivo, que hacía que mis articulaciones emitieran pequeños chasquidos térmicos. Mientras tanto, divisaba que el paisaje era una sucesión monótona de dunas bajas y vegetación arbustiva que parecía querer esconder algo.

—¿Isthar? —dije, proyectando su nombre hacia el horizonte baldío.

No obtuve respuesta. Solo el silbido del viento contra los matorrales, me contestaba. Al instante, decidí, seguir su rastro. Unas huellas se veían erráticas en el polvo. Me alejé unos cincuenta metros de la mole herida del Teseo, y subí una pequeña loma desde donde esperaba poder divisarla. Pero al llegar a la cima, el rastro desaparecía. Y lo que vi no fue a Isthar precisamente.

Fue una distorsión en la luz. Una mancha de oscuridad absoluta que parecía absorber el brillo del sol. Mis sensores ópticos intentaron enfocar, pero el software de reconocimiento de imágenes entró en un bucle de error. "La Sombra de la Noche", así la llamarían después, pero en ese momento para mí solo fue el vacío abalanzándose sobre mí. Sentí un impacto frío, una succión de energía que vació mis condensadores en microsegundos. Mi último registro antes de que los sistemas de emergencia forzaran un apagado total fue el sonido de mi propio cuerpo de metal golpeando la arena y una sensación de caída infinita.

Estado del sistema: Crítico. Iniciando hibernación forzosa...




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