El sol de las doce del mediodía se cuela sin pedir permiso por el cristal del ventanal, rebotando contra la barra de acero inoxidable de "El Brillante", mientras paso la bayeta para quitar los chorretones de los primeros cafés del desayuno. El suelo de terrazo, pulido por décadas de pisadas, devuelve un reflejo limpio, fruto de la mopa que he pasado temprano al preparar el bar para la jornada. El local es viejo, pero no está descuidado; simplemente me niego a sucumbir a esa absurda moda de los gastrobares y cambiar las mesas de formica por esas moderneces minimalistas que ponen en los nuevos negocios del centro. Aunque sé que aquellos tiempos de gloria, en los que la juventud pasaba las tardes jugando al futbolín, al billar o hablando de la vida, son ya muy difíciles de recuperar, prefiero pensar que cuando la clientela entra, tiene la sensación de estar viajando a otra época.
Don Julián está en su sitio de siempre, doblando el periódico deportivo con la precisión de quien dobla una bandera del ejército. «Maldita sea, ya hemos vuelto a perder, si es que no tenemos centro del campo», maldice entre dientes. Ni le contesto; después de muchos años sé que su humor depende principalmente de que su equipo gane o pierda, y en estos momentos es mejor no darle conversación. Al lado, dos hombres discuten sobre si el gol no tendría que haber subido al marcador porque el delantero se encontraba en fuera de juego, como si sus vidas dependieran de ello. Una cosa que me han enseñado tantos años detrás de la barra es que, a partir de unas cuantas rondas, el bar se parece a una de esas aulas en las que a algunos futbolistas retirados se les otorga la licencia de entrenador.
Al otro lado, en la mesa situada cerca de la puerta que da a la plaza, entre grande, chica, pares, juego y alguna que otra seña, se encuentran mis cuatro jinetes del órdago —como yo los llamo—, concentrados jugando al mus, con la tensión propia del que sabe que a la pareja perdedora le toca abonarme los carajillos de la tarde. Y justo en medio de este jolgorio, reparo de repente en Marcos que sé encuentra acodado en la barra, frustrado y abatido, con cara de haber enterrado a alguien. Parece que fuera ayer cuando venía con sus padres y me pedía un ColaCao, pero desde que ganó aquel concurso de literatura y salió en el periódico local bautizado como "El nuevo Cervantes", algo ha cambiado en él. Se nota que tiene una presión encima que sus ojeras confirman. Está ahí quieto, con la mirada perdida en el grifo de cerveza, probablemente maquinando una de esas historias de vampiros y castillos oscuros que se han puesto de moda entre la juventud.
Me acerco limpiando un vaso de tubo con el paño blanco, esperando a que me pida lo que se suele pedir para el almuerzo. El chaval me mira, saliendo por un instante de sus pensamientos, desliza las manos por la barra y dice con voz clara, haciéndose escuchar por encima del zumbido de la cafetera:
—Un Bitter Kas, por favor. Con una rodaja de naranja.
Le arqueo una ceja, no lo puedo evitar. Acto seguido me agacho para buscar en el fondo de la nevera aquella lata de un rojo eléctrico que solo me piden los jubilados y los nostálgicos que siguen anclados a épocas pasadas. Con un movimiento mecánico, pongo en un vaso un par de hielos, agrego la rodaja de naranja y dejo la bebida en la barra, delante de él, pensando: «Qué difícil tiene que ser dedicarse a la escritura, si te hace pedir una bebida que se pedía tu abuelo un domingo al mediodía».
