La primavera ya estaba haciendo su aparición, sucediendo al invierno,
que había sido especialmente frío y duro ese año. No había ningún día
del mes de febrero en que la nieve no hubiera dado tregua, dejando las
aceras sepultadas bajo una costra helada durante todo el mes y principio
del siguiente. Aquel segundo año de Industriales, de 1986, estaba
resultando un auténtico calvario; si el primero había puesto a prueba su
resistencia, este amenazaba con quebrar su cordura por completo,
especialmente con el examen de Termodinámica acechando en el
calendario. Por eso había tomado medidas drásticas para los exámenes
finales. <<Está decidido, los prepararé en la biblioteca>>,
pensó Tomás en un arrebato de pasión y entrega, un tanto desesperado que
solo se experimenta cuando el agua ya llega al cuello. Tras varios días
sin salir de casa —una estrategia de reclusión que a duras penas le
había funcionado el primer cuatrimestre—, cogió la mochila, introdujo
los pesados volúmenes de Termodinámica y, abriendo la puerta con
decisión, salió a la calle en dirección a la biblioteca.
Hacía
un sol de justicia aquella mañana, uno de esos días traicioneros de
primavera, en que las aceras emanan un calor casi veraniego. Las tiendas no
daban abasto vendiendo botellas de agua, refrescos y alguna que otra
cerveza bien fría. En torno a las fuentes urbanas y bajo los toldos de
bares y comercios se agolpaban los viandantes con el fin de mitigar el
calor que estaba azotando la ciudad. Tomás, que al haber finalizado las clases ya podía dedicarse en cuerpo y alma a la
preparatoria, caminaba canturreando cualquier canción pegadiza que había
escuchado en los 40 Principales, un intento fútil de camuflar el nudo
que le atenazaba el estómago y que le hacía sentirse completamente ajeno
a lo que le tenía preparado el día. A pocos metros divisó el quiosco y
saludó a la quiosquera con una sonrisa jovial mientras adquiría una
botella de agua. Acto seguido, se dirigió al
otro lado de la plaza donde se encontraba su destino.
Subió la enorme escalinata de piedra gastada y cruzó
la puerta acristalada, donde el vigilante de seguridad le dedicó un
saludo desganado, propio de quien contempla el desfile diario de la
agonía estudiantil. Tomás se lo devolvió alegre, mientras se dirigía a
la sala de estudio, pero la bibliotecaria le salió al paso y le indicó
con un gesto firme que estaba llena, que hoy no podría quedarse a
estudiar. El rostro del estudiante cambió por completo; no se lo podía
creer. <<¿Qué voy a hacer ahora?>>, pensaba, sintiéndose de
repente desamparado en mitad del vestíbulo. Se quedó dubitativo por un
segundo hasta que una mujer de rostro afable y con el pelo cano se le
acercó, indicándole que había un sitio donde podría quedarse. Tomás no
se lo podía creer, pues le había señalado la dirección del sótano. Resignado, y
sabiendo que era la mejor opción posible si no quería regresar a la
celda de su habitación, aceptó y bajó y se dirigió al lugar que le habían indicado.
Bajó
las escaleras y enfiló un pasillo apenas iluminado por débiles
bombillas que proyectaban sombras alargadas e inquietantes. En las
distintas puertas apostadas a izquierda y a la derecha a lo largo del
corredor se podía leer: Depósito 1, Almacén, Limpieza, Caldera... Los
gruesos tubos de la calefacción se perdían a lo largo de la oscuridad,
como las arterias de un monstruo industrial dormido. Por la pared se
deslizaban gotas de agua provenientes de filtraciones desconocidas,
dejando un rastro brillante y frío sobre el hormigón desnudo. El lugar
contrastaba con la pulcritud de la planta de arriba, limpia, donde un
aroma producido por los productos de limpieza inundaba el ambiente y la
luz entraba a raudales por los grandes ventanales. Estaba claro que el
esmero que le ponían a lo que se veía del edificio ni estaba ni se le
esperaba aquí abajo. Antes de llegar a la sala que le habían indicado,
Tomás se fijó en que la mayor parte de las bombillas se habían fundido,
dándole la impresión de que esta parte de la biblioteca tenía el
mantenimiento justo y necesario, cosa que le entristeció enormemente;
allí, aparte de almacenes y salas donde guardar los utensilios de
limpieza, se encontraban también los libros retirados de la
circulación del préstamo, viejos volúmenes desterrados a vi ir el Oviedo aquí abajo.
Tomás tocó la puerta y al ver que nadie contestaba, la abrió revelándose ante él una pequeña habitación con una mesa de madera que
no pasaba por su mejor momento, surcada por antiguos rayones de
bolígrafo y quemaduras de cigarrillo. Encima se encontraba un flexo gris
de los años 50 que aún funcionaba, despidiendo un calor rancio en mitad
de la penumbra. <<Este debe de ser el sitio>>, pensó, y resignado
desparramó sobre la madera el material de la asignatura y se puso manos a
la obra. Ahí abajo era como si no pasara el tiempo, como estar en otra
dimensión. Tomás pasó las primeras horas peleándose a pecho descubierto
con los teoremas de cinemática, pero la concentración inicial no tardó
en desmoronarse. El silencio del sótano comenzó a volverse plomizo,
denso, un eco sordo roto únicamente por el zumbido eléctrico y mortecino
del flexo. Bloqueado ante un problema de engranajes que no cuadraba por
ninguna parte, la sombra del fracaso del año anterior cayó sobre él
como una losa. Sintió que la ansiedad le oprimía el pecho, las fórmulas
se emborronaron ante sus ojos y, superado por una desesperación
absoluta, Tomás hundió la cabeza entre las manos, respirando hondo para
contener unas lágrimas de pura impotencia. Fue en ese instante de
quiebre total, con la frente apoyada en los apuntes, cuando un olor
extraño e intrusivo alteró la atmósfera. No era la humedad de las
filtraciones, sino un aroma seco, rancio y lejano a tabaco negro y papel
envejecido.
Al levantar la vista con los ojos
enturbiados por el agobio, Tomás dio un respingo en la silla,
conteniendo el aliento. Al otro lado de la mesa, justo en el límite
donde el haz del flexo moría en la penumbra, se había sentado un hombre.
Tenía unas patillas densas y pasadas de moda que le enmarcaban la
mandíbula y el pelo revuelto, largo y setentero. Vestía una camisa de
cuadros de felpa, abrochada meticulosamente hasta el penúltimo botón, y
mantenía la mirada fija en un fajo de folios amarillentos. Sobre la mesa, había dejado un paquete de Ducados y una alargada regla de cálculo de madera. Tomás se
quedó paralizado, con la boca abierta, incapaz de articular palabra
mientras sentía cómo el frío del sótano se le metía en los huesos. El
intruso, sin levantar la vista de sus papeles, estiró los dedos, tomó un
bolígrafo Bic de cristal con el capuchón completamente mordisqueado y
tachó una línea con decisión metódica, haciendo crujir el papel viejo.
—Ni
te molestes —dijo de pronto el desconocido, sin levantar la vista del
fajo de folios. Deslizó dos dedos sobre la regla de cálculo, haciéndola
correr con un chasquido seco e impecable antes de continuar—. Como te
metas a desglosar el tercer problema por ahí, vas de cabeza al pozo. El
viejo va a ir a degüello con el teorema de Carnot. Siempre hace misma la
cabronada en junio.
—¿Quién... quién eres? —atinó
a preguntar Tomás en un susurro, tragando saliva con dificultad y
aferrando el borde de la mesa con los dedos entumecidos.
El
chaval levantó por fin la mirada, clavando en Tomás unos ojos rodeados
por unas ojeras tan profundas y familiares como las suyas. Dibujó una
media sonrisa de absoluta resignación, tomó la regla de cálculo de
madera y la empujó suavemente por la superficie estropeada de la mesa, hasta dejarla sobre los apuntes de Tomás
—Un
compañero de fatigas —respondió, dando un leve toque al paquete de
Ducados con el índice mientras el flexo de los años 50 pegaba un pequeño
parpadeo—. Digamos que yo también me encerré en este sitio a preparar el
segundo año de Industriales... solo que mi examen era de junio del 82. Y
créeme, la Termodinámica no ha cambiado tanto.
