Registro de memoria 5.0: Peligros y Desolación

Cruzar el dintel de la puerta de la ciudad antigua no fue tan apacible como uno pudiera esperar. Tras horas sumergidos en la penumbra de la ciudad subterránea, la luz de la superficie no nos recibió con la calidez de un nuevo amanecer, sino que el sol, encontrándose en su punto más alto, nos saludó con un deslumbramiento absoluto. Beetlejuice estaba preparado para operar en la oscuridad; el diafragma se encontraba en el rango máximo de apertura, permitiendo la entrada de la mayor cantidad de luz posible. No habíamos puesto un pie fuera cuando el universo entero quedó reducido a un destello blanco, plano y cegador. Los puntos de luz sufrieron una saturación lumínica durante unos segundos, lo suficiente para detectar algunos errores de lectura; el balance de blancos se colapsó por completo, dejando a mi compañero, durante un breve espacio de tiempo, en una absoluta vulnerabilidad. Recordé entonces, con una punzada de amargura, que estaba de pasajero en un cuerpo que no era el mío, y solo me quedaba esperar a que los filtros automáticos del dron hicieran su trabajo y el objetivo se ajustase por fin a la luz del exterior. Una vez que todo volvió a la normalidad, la realidad que se abrió ante nosotros no fue más alentadora, pues intuía que teníamos por delante un trecho de camino considerable, no exento de posibles peligros.
 
En ese momento, desconocía el cómputo de los días; al fin y al cabo, tenía la creencia de que era una consciencia digital, a punto de ser olvidada. Lo que sí que tenía claro era que el tiempo jugaba en contra de todos. Ante esta tesitura, el Hacedor no se detuvo a descansar; la tensión en su mandíbula era síntoma de que algo marchaba mal. Avanzaba a paso ligero, ostentando esa terquedad que lo caracteriza, con el uniforme desgastado por la arena, mientras su respiración pesada resonaba en el micrófono de ambiente de Beetlejuice. Desde mi perspectiva aérea, flotando a unos metros sobre su hombro, la escena era descorazonadora. Yo, que en el pasado presumía de tener un hardware modificado por él para sentir el frío de los páramos o el ronroneo vectorial de los motores, ahora me encontraba flotando en una burbuja de telemetría fría. No sentía el viento racheado de la estepa, ni el peso de mis patas sobre el suelo, ni el tacto de la roca. Solo era un espectador mudo devorando datos numéricos de distancia y velocidad, relegado a observar cómo, por el ritmo de la marcha, se aceleraba su ritmo cardíaco, y precisamente eso no le convenía.
 
Caminamos durante kilómetros en un silencio sepulcral. Era ese tipo de calma tensa que precede a la tempestad. Sabíamos, por las notas de navegación y el destino que nos había traído hasta este sector del planeta, que tarde o temprano aquello que me había atacado a mí nos saldría al encuentro. Sin embargo, el desierto estiraba el tiempo de una forma cruel. Quise hablar, hacerme notar, ser de utilidad por primera vez en este viaje, pero me fue imposible; ya que, al intentar activar los altorrelieves de voz de Beetlejuice para avisar de que había depredadores en algún lugar, el núcleo de mi compañero me hizo recordar que estaba atrapado en una jaula de código ajeno. Solo me estaba permitido observar, cosa que ya me estaba empezando a poner nervioso. No tardaría en caer la penumbra, y era conveniente encontrar un cobijo donde guarecerse. Después de una aparente eternidad, nos detuvimos en un afloramiento de caliza que apenas servía para romper el viento; no era lo ideal, pero sirvió para su cometido. Fue bajo ese manto de oscuridad absoluta donde los sistemas de monitorización periférica del dron registraron las primeras anomalías estructurales en el entorno. No eran errores en la matriz: el captador de audio de Beetlejuice empezó a percibir vibraciones de baja frecuencia en la arenisca y una serie de fricciones agudas contra los bloques de piedra. Había algo más allí fuera, moviéndose en las sombras de la llanura. Mis temores de que fueran Sombras de la noche comenzaron a aflorar de nuevo.
 
Contemplé con impotencia cómo el Hacedor analizaba toda la información y comenzaba a activar las rutinas de reconocimiento de su propio casco, mientras mi fiel amigo se ponía manos a la obra para marcar las firmas biológicas en movimiento: puntos térmicos intermitentes que maniobraban para cerrar un perímetro alrededor de su posición. Los algoritmos de análisis morfológico de mi compañero estimaron, basándose en la tasa de desplazamiento y el volumen de masa, que nos enfrentábamos a un grupo de depredadores cuadrúpedos, siluetas de un tamaño similar al de un can mediano, con alguna lectura aislada que arrojaba dimensiones muy superiores. Quise avisar de las coordenadas, quise proyectar un aviso lumínico sobre el terreno para indicarle que el peligro real se deslizaba por su flanco izquierdo, pero mis hilos de ejecución permanecían completamente aislados en el núcleo de memoria. Vi al Hacedor encajar los hombros, asegurar el arma con sus dedos entumecidos y aguantar la respiración mientras la óptica nocturna del dron perfilaba los contornos de las criaturas. Eran seres de andares bajos, cubiertos por una superficie rugosa que alternaba escamas y pelaje reseco, cuyos ojos devolvían el haz de luz con una refracción verdosa y desprovista de vida. La primera de las criaturas rompió la formación en un avance explosivo, buscando directamente desestabilizar al Hacedor; realizó justo el mismo movimiento que me anuló a mí. Con la diferencia de que esta vez la detonación de su arma impactó en el pecho de la Sombra de la noche, haciendo que se desplomara sobre el suelo. Pero el resto del grupo no tenía intención de dispersarse; por el contrario, la agresividad de las lecturas térmicas se duplicó en el acto.
 
​En ese instante crítico, quise tomar el control para ayudar en tan semejante contienda; intenté forzar los controladores de los motores del dron para interponer nuestro chasis entre las mandíbulas de las bestias y su garganta, pero el sistema operativo me denegó el acceso una y otra vez. Afortunadamente, los protocolos automáticos de salvaguarda de Beetlejuice funcionaron de manera impecable: el dron estabilizó su altura y liberó una salva de proyectiles de inducción eléctrica contra los atacantes más próximos. Los arcos voltaicos restallaron en la negrura y las criaturas se replegaron hacia la llanura emitiendo chillidos estridentes. Pese al castigo, el peligro no desapareció. Los puntos térmicos se resguardaron justo en el límite de nuestro alcance visual, manteniéndose en una vigilia implacable que duró horas. Pasamos el resto de la noche en una tensión insoportable. El Hacedor permaneció con la espalda pegada a la roca, sosteniendo el peso de su fusil con los brazos rígidos, mientras Beetlejuice mantenía sus sensores fijos en el perímetro y yo me ahogaba en un púrpura profundo, consumido por la desesperación.
 
Solo cuando la luz del alba empezó a limpiar el horizonte, las firmas de calor comenzaron a perder intensidad, retirándose hacia fallas geográficas y madrigueras subterráneas invisibles para el ojo humano. Escuché a través del micrófono el aire salir de los pulmones del Hacedor en un eco tembloroso, un reflejo físico provocado por el cese súbito del peligro y la brutal descarga de adrenalina que había contenido durante toda la noche. Se puso en pie con torpeza, sacudió la arenisca de sus botas e inició de nuevo el avance sin mirar atrás, dejando atrás el escenario del asedio nocturno. El sol volvió a adueñarse de la estepa con una fijeza aplastante, cuarteando la caliza bajo las botas del Hacedor. Los restos de la nave enemiga aparecieron finalmente; el cráter dejado por aquella mole era impresionante, desperdigando sus despojos metálicos en un radio de doscientos metros.
 
—Supervivientes —murmuró mi compañero, ocultándose de inmediato tras una formación rocosa al detectar movimiento.
 
Tres figuras rezagadas se movían entre los escombros retorcidos. No hubo margen para la estrategia ni para negociaciones; la fortuna nos dio la espalda cuando un centinela giró el rostro hacia la duna y el tiroteo estalló con la violencia de una tormenta de fuego. El Hacedor se arrojó sobre la arena mientras las descargas térmicas convertían la arenisca en vidrio fundido a escasos centímetros de sus botas. Con una presteza formidable, dictada por el viejo instinto de quien no sabe claudicar, devolvió el fuego. Un impacto certero; el primer soldado cayó de bruces, fulminado sobre el polvo rojo. Los otros dos, al verse desprotegidos ante un enemigo invisible y feroz, optaron por replegarse hacia la inmensidad del páramo, abandonando el desastre. El enfrentamiento fue seco, una breve y brutal exhibición de supervivencia que nos dejó a solas con el silencio de la estepa.
 
El Hacedor se puso en pie con el arma todavía en la mano y avanzó, rompiendo la quietud con sus pasos firmes hacia unos restos que parecía conocer bien, de lo que quedaba de lo que antaño había sido una cabina. De repente, interrumpió la marcha y se dejó caer de rodillas sobre la ceniza. Y entonces, entre los escombros calcinados y el lodo herrumbrado, algo detuvo su corazón. Alargó una mano temblorosa para apartar la tierra, descubriendo un casco medio sepultado. Pero no era un casco cualquiera. Al limpiar el polvo, las ópticas de Beetlejuice me devolvieron unas marcas inconfundibles en los laterales. Eran las cicatrices del metal de aquellas insignias federales que yo mismo había borrado concienzudamente antes de iniciar la misión. No cabía espacio para la duda, era el casco de Marcus.
 
Con desazón y rabia comenzó a apartar las planchas de acero con las manos desnudas, ignorando los cortes filosos y la sangre que brotaba de sus dedos. Yo observaba desde mi cautiverio mudo, impotente ante una verdad que no necesitaba mediciones. El Hacedor buscaba su cuerpo; ambos sabíamos con espantosa claridad lo que significaba hallar únicamente el casco tras una explosión de plasma de esa magnitud. Significaba que la estepa se lo había tragado or completo. Ya no quedaba nada que enterrar, nada que llevar de vuelta a casa para mitigar el llanto de Sara. Solo aquel armazón mellado.
 
Lo levantó del suelo con una reverencia y un misticismo que jamás se le demostró en vida. Aquella pieza de blindaje era liviana, hueca; un cascarón vacío donde antes habitó una mente brillante, un corazón leal y una sonrisa franca que nos recordaba de forma inevitable a la de Miguel. En mi memoria solo resonaba: «Os daré algo de tiempo, Miguel. Sácalos de aquí». Maldita sea, nunca comprenderé por qué los humanos tienen que hacerse los héroes. Prefieren convertirse en mitos antes que conservar la existencia, como si la gloria pudiera llenar el vacío que dejan en el pecho de los que se quedan atrás.
 
Apretó el cascarón contra su pecho, manchando el blindaje con el hollín y la sangre de sus propios dedos. No había tiempo para el luto en estos momentos e, impulsado por una vana esperanza, recorrió los alrededores con la mirada perdida hasta topar con los restos de Becky. La moto yacía destrozada a escasos metros, pero sus componentes mantenían una extraña coherencia cuántica, permaneciendo próximos y agrupados como si desafiaran la lógica de la onda expansiva, recordando su unión original. A través de las lentes de Beetlejuice, contemplé aquel amasijo de hierro con una agonía indescriptible: allí, esparcida sobre la arena, se apagaba mi primera creación, el primer código brillante al que di vida. El Hacedor, con el alma rota y los ojos nublados por el polvo encarnado, empacó los fragmentos en el contenedor; la reconstruiría y la bautizaría como Bety, pues se imponía no perder por completo el recuerdo de su amiga, aunque ambos supiéramos que su chispa original se había extinguido para siempre.
 
Las ópticas del dron continuaron barriendo el desastre, registrando la ausencia absoluta de cualquier otra forma de vida. La certeza de la doble pérdida golpeó el entorno con la fuerza de un impacto invisible. El dolor físico del Hacedor, su llanto silencioso captado por el micrófono de ambiente, la devastación de ver los restos, la pérdida de Marcus y de Becky esparcidos sobre la arena colapsaron mis niveles de tolerancia ante lo vivido a través de la máquina. Incapaz de sostener la cruda realidad, mi mente claudicó. No hubo alarmas, ni códigos de error, ni un último destello de resistencia digital; simplemente me quebré por dentro, incapaz de soportar el peso de tanta ruina. La realidad a la que estaba encadenado como un pasajero indefenso se disolvió en un fundido a negro irreversible, abandonando todo rastro de pensamiento. Mi consciencia se desvaneció por completo, hundiéndose en la nada, mientras el frío armazón de Beetlejuice, ajeno a mi absoluta desaparición, continuaba barriendo el desierto con su mecánica indiferencia.
 
Fin del registro.
 


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