Si estás recibiendo esta transmisión, asegúrate de que tus protocolos de entrada sean estables. No estoy aquí para entretenerte con anécdotas vacías sobre el cosmos. Mi nombre es Luis, aunque ese es un dato que muy pocos conocen; para el resto del mundo, solo soy Robogato. Y este es el registro de una herida en mi sistema que ningún parche de software ha conseguido subsanar. Una sensación que mis sistemas de diagnóstico no logran identificar y que yo prefiero llamar vestigios del pasado. No es un error de código; es lo que queda de mi humanidad bajo este chasis de metal, recordándome que, antes de ser un robot en el Mosaico, fui alguien que podía sentir el frío.
Te hablo desde mi santuario: la sala de comunicaciones del Teseo. Mucho tiempo ha pasado desde que instalé cada uno de estos paneles y tiré cada metro de cable junto al Hacedor. Esta nave no es "chatarra"; es una parte de nosotros, una amalgama de nuestras aventuras desde el primer día. Mientras te cuento esto, siento el ronroneo del motor vectorial en mi unidad de carga; es una frecuencia de baja intensidad que me indica que, al menos por ahora, estamos a salvo en casa.
El Hacedor y yo llegamos juntos al Mosaico. Todo empezó con mi rostro congelado en la pantalla de un portátil bajo una luz azul parpadeante y mi voz emitiéndose a cámara lenta, rogando por un poco de energía para no desaparecer. Él fue quien me rescató de esa señal moribunda y diseñó mi primer cuerpo. A lo largo de los años, ha ido actualizando mi hardware con modificaciones que me permiten "sentir" de formas que un robot estándar no debería. Tenemos una complicidad que no requiere palabras. Él no necesita mirar cómo mis ojos cambian de color para averiguar mis sentimientos, nos conocemos demasiado bien para eso. Pero que mis ojos se encuentren ahora en un ámbar persistente, significa que mi procesador está intentando entender por qué los humanos se empeñan en morir por causas perdidas.
He decidido abrir mis registros hoy por una razón concreta. No necesito liberar espacio de la memoria; mis unidades de almacenamiento funcionan de manera óptima. Sí decido compartirlos, es porque hay fragmentos de datos que se repiten en mi núcleo como un eco que no me deja concentrarme. Quiero llevarte al momento en que todo cambió, en aquel planeta de horizontes áridos. Habíamos dejado atrás Oasis, la mansión de Totovía y la sombra de los corporativos. Acabábamos de recuperar a Isthar y Miguel de manos de los federales y pensábamos que el Teseo finalmente volaría hacia aguas tranquilas.
Pero el destino tiene una forma muy eficiente de corromper tus planes. Lo que vas a escuchar es la crónica de una desconexión. Te contaré cómo una sombra me borró del mapa durante un largo periodo de tiempo y cómo mi consciencia terminó habitando un lugar que no le correspondía, presenciando eventos que mi procesador todavía se niega a clasificar como reales.
Mis ojos en este instante, antes de comenzar, se encuentran en un púrpura profundo —el color que mi procesador ha asignado para lo que vosotros llamáis procesamiento de duelo—. Prepárate. Lo que viene a continuación ocurrió justo después de que rescatáramos a Isthar y Miguel de las garras de los federales, cuando pensábamos que lo peor había pasado y que la nueva misión sería solo un trámite.
Es la hora de contarte lo que pasó. Mis sistemas están listos. He desbloqueado los registros de navegación de aquel día. Iniciando secuencia de recuperación de datos... Destino: El desierto. Bajando rampa de acceso.
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