Registro de memoria 4.0: El Sueño De Piedra

Desconozco lo último que registraron mis sensores en ese momento, en las cercanías de la loma de la que, a escasos metros, se encontraba la Teseo. No es de extrañar que fuera una especie de vacío digital que precede a un apagado crítico. Pero el silencio no llegó. Lo que vino después —y todavía no soy capaz de explicarlo— fue algo parecido a un salto cuántico sin lógica aparente; algo que ni el más avezado de los programadores de código ni el físico teórico más inteligente serían capaces de descifrar. Cuando volví a sentir que mis rutinas procesaban datos, por un instante creí que el mundo se había vuelto loco. Me encontraba a unos cuantos metros sobre el suelo. No era capaz de sentir el peso de mi cuerpo sobre mis piernas, tampoco conseguía accionar mis garras retráctiles... En su lugar, experimentaba una ligereza insólita y a mi alrededor percibía un zumbido que tardé en darme cuenta de que era generado por mí mismo. Me llevó un tiempo comprender que mi conciencia se había volcado, por puro protocolo de emergencia, al hardware de Beetlejuice. Para mi sorpresa, había pasado de ser un robot de tamaño pequeño completamente funcional a ser un polizón dentro de mi compañero de reconocimiento. Había pasado de intentar controlar la situación en la nave a esperar que las cosas se desarrollaran según el guion establecido.

​Para mí el salto de un chasis a otro había sido como un simple parpadeo, pero el reloj interno del sistema reveló una realidad desalentadora: el tiempo exterior seguía corriendo implacable, siendo yo incapaz de determinar en qué día me encontraba. Al mirar hacia abajo a través de la lente óptica de gran angular del dron —que deformaba los bordes de la estepa donde nos encontrábamos convirtiendo todo en un horizonte distorisonado y onírico— divisé al Hacedor. Verlo avanzar a pie, sin la cobertura de la moto y con una terquedad suicida, me recordó que para él el tiempo apremiaba y el futuro de Marcus y Becky se tornaba incierto. Verlo en esa situación generaba en mí el deseo de intervenir, con la dolorosa intención de soltarle un sarcasmo de los míos o de obligarlo a descansar. Pero a la hora de intentar activar las subrutinas, se produjo una interferencia en el núcleo que me hizo recordar, con la frialdad de un diagnóstico de error, que en esos instantes yo era un fantasma dentro de Beetlejuice y solo me estaba permitido observar. Había quedado relegado a ver todo lo que analizaba mi compañero, atrapado en una inacción que todavía hoy me escuece en los circuitos.

​En un tiempo indeterminado, la amplitud de la estepa comenzó a tornarse en un laberinto de cañones geográficos. A medida que avanzábamos, las lecturas de los sensores empezaron a registrar puntos críticos que era mejor evitar y esquivar, ya que era preferible no conocer las potenciales amenazas que pudieran albergar. Al leer estos informes el Hacedor nos mandó... mejor dicho, ordenó a Beetlejuice realizar un mapeo de la zona para ver si había otro camino más seguro por el que continuar la marcha. Mi tenaz compañero se adentró por el laberinto mientras yo esperaba, con mis procesos de alerta saturados, que no llamara la atención de nada que pudiera suponer un problema. Al cabo de un rato, volvió e indicó un camino que parecía adentrarse dentro de la tierra. Una vez evaluada toda la información de la que disponía, el Hacedor decidió tomar el camino que se dirigía a aquella abertura, ya que tenía la corazonada de que era algo importante. Y no se equivocó. Tras aproximadamente una hora de camino por aquella amenazadora garganta, emergió ante nosotros una inmensidad subterránea que a día de hoy sigo desclasificando con una mezcla de fascinación y desconcierto, preguntándome cómo el ser humano pudo construir en aquel lugar.

​Y es que, ante la lente de Beetlejuice no se abrió una caverna tosca o un nido de túneles caóticos realizados por cualquier criatura, sino una obra maestra de la macroingeniería civil que desafiaba la escala del propio planeta. Los haces de luz que eran proyectados sobre la pared del cañón revelaban una serie de estatuas colosales, talladas en la roca viva, que ascendían proyectando sombras alrededor. Flanqueaban la puerta un par de columnas de estilo jónico y en el cuerpo superior se podía apreciar una serie de figuras que daba la impresión de que eran dioses de alguna época lejana de este planeta; pero lo que más me llamaba la atención era la similitud que tenían con los dioses de la cultura griega de la Tierra. No necesitaba mis bancos de memoria principal para constatar que aquellas barbas talladas con precisión milimétrica, los mantos de piedra desafiando la gravedad y la soberbia de esas miradas tenían un gran parecido con aquellas esculturas griegas de Zeus, Poseidón o Atenea realizadas durante el esplendor de Atenas. Aquel asombro no se detuvo solo en la fachada, sino que se transformó en una fascinación absoluta a medida que nos adentrábamos en las profundidades del complejo. Cruzar el umbral fue como si nos metiéramos en las entrañas de una civilización perdida pero extrañamente familiar. El Hacedor avanzaba en un silencio sepulcral, y mi amigo hacía lo propio para no llamar la atención, ya que era vital no ser descubiertos si se quería salir con vida de aquel sitio. Los sensores comenzaron a realizar su trabajo lanzando ráfagas sistemáticas de pulsos láser, necesarios para realizar el reconocimiento en aquella negrura subterránea. Mientras tanto yo no salía de mi asombro, conforme iba viendo aquellas galerías talladas de orden clásico iluminarse de manera sistemática bajo el barrido verde del escáner.

​Caminamos durante lo que el reloj interno de mi compañero estimó que fueron horas a marcha forzada en mitad de aquella quietud febril, donde el único sonido que rompía la atmósfera era el eco seco de las pisadas del Hacedor, a la vez que su respiración se tornaba cada vez más pesada, rota por el cansancio acumulado. Avanzábamos a través de la penumbra gracias al buen hacer de Beetlejuice y al programa de navegación que yo mismo había diseñado durante el viaje, en las noches de calma a bordo de la Teseo; una ironía amarga, considerando que ahora mi propia creación me guiaba como a un prisionero sin voz. No podré olvidar la fascinación que sentí por aquel pasado humano enterrado en ese punto del Mosaico. Poco a poco vimos cómo la avenida principal de la ciudad subterránea se extendía ante nosotros como una inmensa arteria de piedra que parecía no tener fin. Conforme íbamos avanzando, vimos que al término de ese colosal corredor nos aguardaba la salida a la superficie, pero la inmensidad del trayecto estiraba el tiempo, obligándonos a marchar bajo la severa mirada de los dioses de caliza. Allí donde la ciudad se acababa, recibimos la luz cegadora de la superficie. Nos encontrábamos a un paso de salir a la inmensidad de la llanura, completamente ajenos a que la paz milenaria que dejabamos atrás era el último instante de tregua antes de la tormenta que nos aguardaba.




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Registro de memoria 3.0: El Factor Humano

Tras la partida del Hacedor y Beetlejuice, el silencio en el interior del Teseo se volvió mas denso que el aceite de motor viejo. Mis sensores  no dejaban de arrojar alertas: el soporte vital chirriaba, los paneles de buena parte de la cubierta se encontraban deformados y el aire... bueno, el sistema indicaba que la filtración de partículas de la sabana estaba saturando los filtros. Mientras iba recibiendo aquellas señales infinitas diagnóstico, yo me encontraba en el pasillo que daba a la carlinga, intentando sellar una fuga en el conducto de ventilación, para que el oxígeno no se perdiera, pero el motor del extractor simplemente emitió un quejido agónico y se bloqueó. 

No tenía piezas. No tenía las herramientas del Hacedor. Mis articulaciones tenían polvo suficiente para hacerme fallar en las soldaduras de precisión. Es desesperante recordar cómo la nave que tú mismo has cableado se caía a pedazos ante tus ojos y darte cuenta de que, por mucho que lo intentes, solo eres un gato de metal con las manos atadas. Así se encontraba mi procesador en aquel momento, a las puertas de entrar en un bucle infinito; pues el Teseo es parte de mi chasis, y sentirlo morir fue como sentir que me arrancan las placas una a una.

​Me encontraba en medio de ese colapso interno cuando sentí la necesidad de revisar los monitores. La imagen de las cámaras era desoladora. Miguel seguía sedado en la bahía médica, con el rostro pálido bajo la luz de emergencia, a su lado se encontraba Beltran el soldado que habíamos rescatado, que parecía que estaba estable. En cambio, Isthar, no dejaba de moverse. Su rastro de calor en los sensores infrarrojos era una mancha errática que iba de la esclusa a los ventanales agrietados

—Luis, no puedo más —dijo su voz a través del intercomunicador. Sonaba quebrada, con esa frecuencia que los humanos usan cuando están a punto de colapsar—. El aire aquí dentro... huele a quemado, a derrota. Necesito salir. Solo un momento. Necesito ver el cielo.

—Isthar, los protocolos de seguridad son claros —le respondí, mientras mi procesador intentaba priorizar entre su bienestar psicológico y su integridad física—. Estamos en un bioma desconocido. La visibilidad exterior es reducida por el polvo en suspensión y mis sensores periféricos están al 40%. Salir ahí fuera es una variable que no puedo controlar.

No me hizo caso. Los humanos tienen esa capacidad de ignorar la lógica cuando el pecho les aprieta demasiado. Vi a través de la cámara de la rampa cómo se abría la compuerta, dejando entrar una racha de aire caliente y polvo que hizo saltar las alarmas de incendio. Isthar salió. Su silueta, pequeña y vulnerable frente a la inmensidad de la sabana, se fue alejando entre los matorrales secos.

Pasaron diez minutos. Luego quince. Mi reloj interno marcaba cada segundo con un pulso de luz ámbar en mis ojos. "Solo será un momento", había dicho. Pero los sensores de movimiento no detectaban su regreso.

Una punzada de algo que mi código etiqueta como "preocupación" —pero que se siente como un cortocircuito en el núcleo— me obligó a salir. Dejé las herramientas y bajé la rampa. El calor de la sabana me golpeó en el chasis; era un calor seco, agresivo, que hacía que mis articulaciones emitieran pequeños chasquidos térmicos. Mientras tanto, divisaba que el paisaje era una sucesión monótona de dunas bajas y vegetación arbustiva que parecía querer esconder algo.

—¿Isthar? —dije, proyectando su nombre hacia el horizonte baldío.

No obtuve respuesta. Solo el silbido del viento contra los matorrales, me contestaba. Al instante, decidí, seguir su rastro. Unas huellas se veían erráticas en el polvo. Me alejé unos cincuenta metros de la mole herida del Teseo, y subí una pequeña loma desde donde esperaba poder divisarla. Pero al llegar a la cima, el rastro desaparecía. Y lo que vi no fue a Isthar precisamente.

Fue una distorsión en la luz. Una mancha de oscuridad absoluta que parecía absorber el brillo del sol. Mis sensores ópticos intentaron enfocar, pero el software de reconocimiento de imágenes entró en un bucle de error. "La Sombra de la Noche", así la llamarían después, pero en ese momento para mí solo fue el vacío abalanzándose sobre mí. Sentí un impacto frío, una succión de energía que vació mis condensadores en microsegundos. Mi último registro antes de que los sistemas de emergencia forzaran un apagado total fue el sonido de mi propio cuerpo de metal golpeando la arena y una sensación de caída infinita.

Estado del sistema: Crítico. Iniciando hibernación forzosa...




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Registro de memoria 2.0: El Descenso de Teseo

​Si hay algo que mis engranajes detestan más que el polvo en los circuitos, es la incertidumbre. Aquel día, el centro de comunicaciones de la Teseo dejó de ser mi santuario para convertirse en una caja de resonancia para las alertas de proximidad. En cuanto salimos del hiperespacio, mis monitores detectaron que el vacío no estaba en calma; un centenar de cazas y un par de destructores corporativos nos estaban esperando con una única misión: borrarnos del mapa. El espacio se llenó instantáneamente de trazas de fuego cinético y pulsos de plasma que hacían sangrar mis sensores de largo alcance. En cuanto recibimos los primeros impactos en el casco, los sensores comenzaron a saltar y se estableció el Nivel 1 de emergencia, lo que implicaba que todos debían acudir de inmediato a sus puestos de combate. En medio de ese caos de señales, vi que en la plataforma de despegue A-2 un caza se preparaba para la salida. Comprobé la baliza y, como dictaba el protocolo de defensa, era Becky pilotada por Marcus, cumpliendo con su deber en el momento más crítico. No hubo un discurso de despedida, solo esa determinación humana que mi lógica a veces no consigue procesar. Aún hoy, puedo oír su voz nítida por el canal de audio:

​—Os daré algo de tiempo, Miguel. Sácalos de aquí.

​Fue una frase corta, lanzada justo antes de que la escotilla de presión se abriera y el caza saliera disparado como un proyectil hacia la flota enemiga. Vi los destellos de sus propulsores enfrentándose a la oscuridad, creando una distracción frenética y brillante para cubrir nuestra huida, y de repente, el vacío. En mitad de la maniobra, sus señales desaparecieron de mi radar. No hubo una explosión confirmada ni un rastro de radio; Marcus y Becky simplemente se esfumaron en la inmensidad, dejándonos la oportunidad de escapar.

​Miguel no desaprovechó la brecha que abrieron. Lo recuerdo gritando por el intercomunicador:

​—¡Agarraros bien, esto se va a complicar!

​Forzó los motores vectoriales hasta que la nave empezó a gemir bajo una presión insoportable. Sin embargo, cuando pensaba que lo habíamos conseguido salir ilesos. Una ráfaga alcanzó el estabilizador de babor justo cuando la gravedad de aquel planeta desconocido empezó a reclamarnos. El descenso fue un torbellino de vibraciones, calor y alarmas que saltaban por todas partes: roturas de casco en varias secciones, el motor principal, los sistemas de mantenimiento vital... En fin, un sinfín de problemas que era imposible solucionar, así que decidí ayudar al piloto y derivé toda la energía del motor principal a los motores auxiliares. En cuestión de minutos, el cielo pasó del negro absoluto a un naranja violento y, finalmente, a ese rojo cegador que ahora domina mis sensores. La Teseo impactó contra la superficie de la sabana desértica con un estruendo que pareció desgarrar el mundo, deslizándose cientos de metros y arrancando de cuajo la vegetación arbustiva mientras levantaba una muralla de polvo fino que ocultó el sol.

​Cuando el movimiento cesó y los sistemas de emergencia tomaron el control, quedando un silencio que era casi doloroso. El Hacedor fue el primero en reaccionar; apareció en el puente evaluando la situación con una entereza asombrosa. A diferencia de los demás, él parecía ser el que mejor había resistido el impacto físico, manteniéndose firme mientras evaluaba el rastro de errores que parpadeaban en rojo en mi consola. Yo, en cambio, sentía el cortocircuito en mis sensores laterales, una interferencia constante que nublaba mi visión periférica y activaba alertas de daño estructural en mi procesador de lógica.

​—Informe de daños, Luis —me ordenó. Mientras sus manos enguantadas buscaban rápidamente herramientas en su cinturón y comenzó a trabajar en mis paneles laterales, aplicándome un mantenimiento básico de emergencia para estabilizar mis sistemas.

Le enumeré el desastre: el estabilizador destrozado, el soporte vital al mínimo y, lo más grave, la ausencia de señal de Marcus. Miré hacia el asiento del piloto; Miguel estaba semiinconsciente sobre los mandos, con el hombro dislocado y el pecho golpeado por la consola tras el impacto. Isthar, a unos metros, intentaba incorporarse mientras se sujetaba las costillas con una mueca de dolor, con el uniforme desgarrado y quemaduras por la fricción del choque. El Hacedor guardó un silencio pesado, mirando hacia el horizonte beige a través del cristal agrietado.

​—Becky no responde, y Marcus... Marcus está ahí fuera —murmuró.

​—Hacedor, la tripulación no está en condiciones —intenté argumentar—. Miguel e Isthar necesitan atención inmediata y mis sensores de corto alcance están dañados. Las probabilidades de éxito en una búsqueda a pie son mínimas.

​Él me interrumpió con un gesto suave pero tajante. Fue entonces cuando Beetlejuice, mi fiel compañero, se acercó aleteando nerviosamente listo para lo que fuera necesario. Aunque suele estar a mi lado en el mantenimiento de la red, entendí que esta vez su lugar no estaba en la nave.

—Las probabilidades dejaron de importar cuando Marcus saltó de la plataforma A-2, Robogato. Ahora importa lo que hagamos nosotros. Quédate aquí, monitoriza lo que queda de la red y asiste a Miguel e Isthar. Necesito que seas mis ojos en la nave mientras no estoy. Tenemos que encontrarlos y traer repuestos o no saldremos nunca de este agujero.

​Me conecté brevemente a la frecuencia privada de Beetlejuice y le transmití el último paquete de mapas que pude compilar.

​—Beetlejuice, cuida del Hacedor —le dije a mi compañero a través del canal interno—. Él no ve los peligros estructurales del terreno como nosotros. Sé su brújula y su guía.

​El pequeño robot asintió con un movimiento de sus lentes y se posicionó junto al Hacedor. Antes de bajar la rampa, se detuvo y me miró directamente, limpiándose la sangre de la frente:

​—Mantén la puerta cerrada, no sabemos qué hay ahí fuera.

​Observé a mí compañero activar sus protocolos de exploración y alejarse junto al Hacedor entre las dunas bajas. Sus siluetas se volvieron dos puntos insignificantes perdiéndose en la inmensidad, dejándome a solas con las alertas de los sistemas dañados, el cuidado de mis compañeros heridos y la angustia de no saber si volvería a ver a ninguno de ellos.



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Registro de memoria 1.0: Ecos en el fuselaje

Si estás recibiendo esta transmisión, asegúrate de que tus protocolos de entrada sean estables. No estoy aquí para entretenerte con anécdotas vacías sobre el cosmos. Mi nombre es Luis, aunque ese es un dato que muy pocos conocen; para el resto del mundo, solo soy Robogato. Y este es el registro de una herida en mi sistema que ningún parche de software ha conseguido subsanar. Una sensación que mis sistemas de diagnóstico no logran identificar y que yo prefiero llamar vestigios del pasado. No es un error de código; es lo que queda de mi humanidad  bajo este chasis de metal, recordándome que, antes de ser un robot en el Mosaico, fui alguien que podía sentir el frío.

​Te hablo desde mi santuario: la sala de comunicaciones del Teseo. Mucho tiempo ha pasado desde que instalé cada uno de estos paneles y tiré cada metro de cable junto al Hacedor. Esta nave no es "chatarra"; es una parte de nosotros, una amalgama de nuestras aventuras desde el primer día. Mientras te cuento esto, siento el ronroneo del motor vectorial en mi unidad de carga; es una frecuencia de baja intensidad que me indica que, al menos por ahora, estamos a salvo en casa.

El Hacedor y yo llegamos juntos al Mosaico. Todo empezó con mi rostro congelado en la pantalla de un portátil bajo una luz azul parpadeante y mi voz emitiéndose a cámara lenta, rogando por un poco de energía para no desaparecer. Él fue quien me rescató de esa señal moribunda y diseñó mi primer cuerpo. A lo largo de los años, ha ido actualizando mi hardware con modificaciones que me permiten "sentir" de formas que un robot estándar no debería. Tenemos una complicidad que no requiere palabras. Él no necesita mirar cómo mis ojos cambian de color para averiguar mis sentimientos, nos conocemos demasiado bien para eso. Pero que mis ojos se encuentren ahora en un ámbar persistente, significa que mi procesador está intentando entender por qué los humanos se empeñan en morir por causas perdidas.

​He decidido abrir mis registros hoy por una razón concreta. No necesito liberar espacio de la memoria; mis unidades de almacenamiento funcionan de manera óptima. Sí decido compartirlos, es porque hay fragmentos de datos que se repiten en mi núcleo como un eco que no me deja concentrarme. Quiero llevarte al momento en que todo cambió, en aquel planeta de horizontes áridos. Habíamos dejado atrás Oasis, la mansión de Totovía y la sombra de los corporativos. Acabábamos de recuperar a Isthar y Miguel de manos de los federales y pensábamos que el Teseo finalmente volaría hacia aguas tranquilas.

​Pero el destino tiene una forma muy eficiente de corromper tus planes. Lo que vas a escuchar es la crónica de una desconexión. Te contaré cómo una sombra me borró del mapa durante un largo periodo de tiempo y cómo mi consciencia terminó habitando un lugar que no le correspondía, presenciando eventos que mi procesador todavía se niega a clasificar como reales.

​Mis ojos en este instante, antes de comenzar, se encuentran en un púrpura profundo —el color que mi procesador ha asignado para lo que vosotros llamáis procesamiento de duelo—. Prepárate. Lo que viene a continuación ocurrió justo después de que rescatáramos a Isthar y Miguel de las garras de los federales, cuando pensábamos que lo peor había pasado y que la nueva misión sería solo un trámite.

Es la hora de contarte lo que pasó. Mis sistemas están listos. He desbloqueado los registros de navegación de aquel día. Iniciando secuencia de recuperación de datos... Destino: El desierto. Bajando rampa de acceso.




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Sin Memoria Ni Gloria

Mis amigos jugaban con gran obsesión,
y en el parque me daban siempre el tostón.
Al llegar a mi casa, por fin lo instalé,
pues aunque no quería, al final claudiqué.

Fue un error absoluto, una trampa fatal,
la batalla me llamó con su código real.
Y caí sin remedio en aquel dulce prólogo,
iniciado a este mundo, casi de un modo ilógico.

Y aquí me tenéis, con la vista en el móvil,
mientras el mundo gira, yo sigo inmóvil.
La estrategia en la arena hoy he de planear,
pues mi mazo de cartas voy a desplegar.

La Torre del Rey tiembla, la derrota está cerca,
y el rival se burla haciéndome una mueca.
Veo mi paladín caer en un instante,
esto es un desastre constante.
 
Gasto gemas subiendo al Montapuercos,
Ya que en la batalla son todos muy tercos.
Lo mando a la torre con furia y con ganas,
y un rayo lo para rompiendo mis canas.
 
​En el Desafío del Clan, busco el trofeo,
pero entre tanto lag, ni las cartas las veo.
Mis puntos urgen, la presión es tirana,
Perdemos la liga de forma villana.

​"Juego la última", pues voy por buen camino,
pero el azar me lanza un castigo divino.
La derrota me hiere, mi paciencia se agota,
Bloqueo el móvil con mi alma rota.

Pero el enfado se esfuma, no tengo memoria,
mi dedo regresa buscando la gloria.
Soy esclavo del vicio, con la mente ya ciega,
¡que me den por tonto, vuelvo a la refriega!

LCR





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Renacer desde las ruinas

El eco del tiempo perdido resonaba en su mente, como una melodía desafinada que nunca terminaba. Día tras día, anclado en la rutina, realizaba las mismas acciones. Marcos iba notando cómo la sensación de frustración y arrepentimiento crecía dentro de él, como una sombra persistente que no lo dejaba en paz. Embebido en su realidad, había cerrado sus oídos a los consejos bienintencionados de los demás, creyendo que su camino era el correcto, y que solo él sabía por donde tenía que ir su vida. 

Los años pasaron y la soledad se hizo cada vez más evidente. Las grietas comenzaron a aparecer en su vida, como pequeñas fisuras que lentamente se transformaban en abismos. Marcos empezó a notar cómo todo se desmoronaba a su alrededor, como un castillo de naipes. Las relaciones con su familia y amigos se deterioraron, los sueños que una vez estuvieron apunto de realizarse, se volvieron inalcanzables y la satisfacción de creer que tenia todo bajo control, se transformó en un vacío insondable.

Un día, hastiado por aquella insoportable rutina, mientras miraba las ruinas de lo que alguna vez fue su vida, la realidad lo golpeó con fuerza. Entendió que todos esos años de obstinación y aislamiento solo le habían llevado a un camino de sufrimiento. Cada fracaso, cada momento de dolor, era un recordatorio de sus decisiones erradas, una lección dura pero necesaria. Marcos decidió que no podía seguir viviendo así. 

Comenzó a abrirse, a escuchar y a aceptar que no podía hacerlo todo solo. Empezó a valorar los consejos de aquellos que siempre habían estado a su lado, ofreciéndole su apoyo incondicional. Poco a poco, su vida empezó a volver a moldearse, a tomar una nueva forma. La soledad fue reemplazada por el apoyo sincero de amigos y familiares. Los sueños, aunque ahora diferentes, se volvieron nuevamente alcanzables. Marcos aprendió que el tiempo perdido no podía recuperarse, pero el futuro estaba lleno de oportunidades.

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La Mudanza

Las cajas de cartón se iban amontonando paulatinamente en su habitación, mientras Clara no era capaz de entender cómo, al final, una parte de su vida quedaba reducida a un montón de trastos. Sacó un pañuelo para enjugarse los ojos. Abrumada por el ritmo del embalaje y la constante decisión de qué se llevaría y qué se quedaría atrás, buscó un respiro en el salón. Se quedó allí un momento, sentada en el sofá en silencio, hasta que sus ojos repararon en el lomo de lo que parecía un libro en la estantería. Lo extrajo con sumo cuidado y, ante su propia sorpresa, descubrió que era el álbum de fotos que solía completar con su padre en la niñez.

​Acto seguido lo abrió, y la Navidad de 1996 le golpeó el pecho. Ahí estaba su abuelo, ocupando el lugar central del mismo salón que se había convertido en su refugio frente al caos que reinaba al otro lado de la casa. Clara se quedó inmóvil, recordando cómo él la aupaba para colocar la estrella en el árbol, mientras el resto de las fotografías esperaban en silencio, ser recordadas. El aire se volvió pesado, cargado de una memoria que se negaba a ser empaquetada. Sus dedos, que antes apenas rozaban el papel, ahora se aferraron a los bordes de la página, como si pudiera arrancar a aquel hombre del papel para retenerlo un segundo más antes de tener que volver a la realidad de la mudanza.

​La tarde fue apagándose poco a poco, dejando que la penumbra ganara terreno en la estancia y marcara, casi sin darse cuenta, el final de aquel recuerdo. Al ver el reloj, se alarmó de lo tarde que se le había hecho. Aún con el pañuelo en la mano, se puso en pie y, tomando el álbum entre su regazo, se dirigió de nuevo a su cuarto para depositarlo en una caja que tenía escrito «abrir primero», mientras quedaba sumida en sus pensamientos, rodeada del silencio de una casa que, por primera vez, sentía que empezaba a dejar de ser su hogar.

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