Registro de memoria 2.0: El Descenso de Teseo

​Si hay algo que mis engranajes detestan más que el polvo en los circuitos, es la incertidumbre. Aquel día, el centro de comunicaciones de la Teseo dejó de ser mi santuario para convertirse en una caja de resonancia para las alertas de proximidad. En cuanto salimos del hiperespacio, mis monitores detectaron que el vacío no estaba en calma; un centenar de cazas y un par de destructores corporativos nos estaban esperando con una única misión: borrarnos del mapa. El espacio se llenó instantáneamente de trazas de fuego cinético y pulsos de plasma que hacían sangrar mis sensores de largo alcance. En cuanto recibimos los primeros impactos en el casco, los sensores comenzaron a saltar y se estableció el Nivel 1 de emergencia, lo que implicaba que todos debían acudir de inmediato a sus puestos de combate. En medio de ese caos de señales, vi que en la plataforma de despegue A-2 un caza se preparaba para la salida. Comprobé la baliza y, como dictaba el protocolo de defensa, era Becky pilotada por Marcus, cumpliendo con su deber en el momento más crítico. No hubo un discurso de despedida, solo esa determinación humana que mi lógica a veces no consigue procesar. Aún hoy, puedo oír su voz nítida por el canal de audio:

​—Os daré algo de tiempo, Miguel. Sácalos de aquí.

​Fue una frase corta, lanzada justo antes de que la escotilla de presión se abriera y el caza saliera disparado como un proyectil hacia la flota enemiga. Vi los destellos de sus propulsores enfrentándose a la oscuridad, creando una distracción frenética y brillante para cubrir nuestra huida, y de repente, el vacío. En mitad de la maniobra, sus señales desaparecieron de mi radar. No hubo una explosión confirmada ni un rastro de radio; Marcus y Becky simplemente se esfumaron en la inmensidad, dejándonos la oportunidad de escapar.

​Miguel no desaprovechó la brecha que abrieron. Lo recuerdo gritando por el intercomunicador:

​—¡Agarraros bien, esto se va a complicar!

​Forzó los motores vectoriales hasta que la nave empezó a gemir bajo una presión insoportable. Sin embargo, cuando pensaba que lo habíamos conseguido salir ilesos. Una ráfaga alcanzó el estabilizador de babor justo cuando la gravedad de aquel planeta desconocido empezó a reclamarnos. El descenso fue un torbellino de vibraciones, calor y alarmas que saltaban por todas partes: roturas de casco en varias secciones, el motor principal, los sistemas de mantenimiento vital... En fin, un sinfín de problemas que era imposible solucionar, así que decidí ayudar al piloto y derivé toda la energía del motor principal a los motores auxiliares. En cuestión de minutos, el cielo pasó del negro absoluto a un naranja violento y, finalmente, a ese rojo cegador que ahora domina mis sensores. La Teseo impactó contra la superficie de la sabana desértica con un estruendo que pareció desgarrar el mundo, deslizándose cientos de metros y arrancando de cuajo la vegetación arbustiva mientras levantaba una muralla de polvo fino que ocultó el sol.

​Cuando el movimiento cesó y los sistemas de emergencia tomaron el control, quedando un silencio que era casi doloroso. El Hacedor fue el primero en reaccionar; apareció en el puente evaluando la situación con una entereza asombrosa. A diferencia de los demás, él parecía ser el que mejor había resistido el impacto físico, manteniéndose firme mientras evaluaba el rastro de errores que parpadeaban en rojo en mi consola. Yo, en cambio, sentía el cortocircuito en mis sensores laterales, una interferencia constante que nublaba mi visión periférica y activaba alertas de daño estructural en mi procesador de lógica.

​—Informe de daños, Luis —me ordenó. Mientras sus manos enguantadas buscaban rápidamente herramientas en su cinturón y comenzó a trabajar en mis paneles laterales, aplicándome un mantenimiento básico de emergencia para estabilizar mis sistemas.

Le enumeré el desastre: el estabilizador destrozado, el soporte vital al mínimo y, lo más grave, la ausencia de señal de Marcus. Miré hacia el asiento del piloto; Miguel estaba semiinconsciente sobre los mandos, con el hombro dislocado y el pecho golpeado por la consola tras el impacto. Isthar, a unos metros, intentaba incorporarse mientras se sujetaba las costillas con una mueca de dolor, con el uniforme desgarrado y quemaduras por la fricción del choque. El Hacedor guardó un silencio pesado, mirando hacia el horizonte beige a través del cristal agrietado.

​—Becky no responde, y Marcus... Marcus está ahí fuera —murmuró.

​—Hacedor, la tripulación no está en condiciones —intenté argumentar—. Miguel e Isthar necesitan atención inmediata y mis sensores de corto alcance están dañados. Las probabilidades de éxito en una búsqueda a pie son mínimas.

​Él me interrumpió con un gesto suave pero tajante. Fue entonces cuando Beetlejuice, mi fiel compañero, se acercó aleteando nerviosamente listo para lo que fuera necesario. Aunque suele estar a mi lado en el mantenimiento de la red, entendí que esta vez su lugar no estaba en la nave.

—Las probabilidades dejaron de importar cuando Marcus saltó de la plataforma A-2, Robogato. Ahora importa lo que hagamos nosotros. Quédate aquí, monitoriza lo que queda de la red y asiste a Miguel e Isthar. Necesito que seas mis ojos en la nave mientras no estoy. Tenemos que encontrarlos y traer repuestos o no saldremos nunca de este agujero.

​Me conecté brevemente a la frecuencia privada de Beetlejuice y le transmití el último paquete de mapas que pude compilar.

​—Beetlejuice, cuida del Hacedor —le dije a mi compañero a través del canal interno—. Él no ve los peligros estructurales del terreno como nosotros. Sé su brújula y su guía.

​El pequeño robot asintió con un movimiento de sus lentes y se posicionó junto al Hacedor. Antes de bajar la rampa, se detuvo y me miró directamente, limpiándose la sangre de la frente:

​—Mantén la puerta cerrada, no sabemos qué hay ahí fuera.

​Observé a mí compañero activar sus protocolos de exploración y alejarse junto al Hacedor entre las dunas bajas. Sus siluetas se volvieron dos puntos insignificantes perdiéndose en la inmensidad, dejándome a solas con las alertas de los sistemas dañados, el cuidado de mis compañeros heridos y la angustia de no saber si volvería a ver a ninguno de ellos.



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Registro de memoria 1.0: Ecos en el fuselaje

Si estás recibiendo esta transmisión, asegúrate de que tus protocolos de entrada sean estables. No estoy aquí para entretenerte con anécdotas vacías sobre el cosmos. Mi nombre es Luis, aunque ese es un dato que muy pocos conocen; para el resto del mundo, solo soy Robogato. Y este es el registro de una herida en mi sistema que ningún parche de software ha conseguido subsanar. Una sensación que mis sistemas de diagnóstico no logran identificar y que yo prefiero llamar vestigios del pasado. No es un error de código; es lo que queda de mi humanidad  bajo este chasis de metal, recordándome que, antes de ser un robot en el Mosaico, fui alguien que podía sentir el frío.

​Te hablo desde mi santuario: la sala de comunicaciones del Teseo. Mucho tiempo ha pasado desde que instalé cada uno de estos paneles y tiré cada metro de cable junto al Hacedor. Esta nave no es "chatarra"; es una parte de nosotros, una amalgama de nuestras aventuras desde el primer día. Mientras te cuento esto, siento el ronroneo del motor vectorial en mi unidad de carga; es una frecuencia de baja intensidad que me indica que, al menos por ahora, estamos a salvo en casa.

El Hacedor y yo llegamos juntos al Mosaico. Todo empezó con mi rostro congelado en la pantalla de un portátil bajo una luz azul parpadeante y mi voz emitiéndose a cámara lenta, rogando por un poco de energía para no desaparecer. Él fue quien me rescató de esa señal moribunda y diseñó mi primer cuerpo. A lo largo de los años, ha ido actualizando mi hardware con modificaciones que me permiten "sentir" de formas que un robot estándar no debería. Tenemos una complicidad que no requiere palabras. Él no necesita mirar cómo mis ojos cambian de color para averiguar mis sentimientos, nos conocemos demasiado bien para eso. Pero que mis ojos se encuentren ahora en un ámbar persistente, significa que mi procesador está intentando entender por qué los humanos se empeñan en morir por causas perdidas.

​He decidido abrir mis registros hoy por una razón concreta. No necesito liberar espacio de la memoria; mis unidades de almacenamiento funcionan de manera óptima. Sí decido compartirlos, es porque hay fragmentos de datos que se repiten en mi núcleo como un eco que no me deja concentrarme. Quiero llevarte al momento en que todo cambió, en aquel planeta de horizontes áridos. Habíamos dejado atrás Oasis, la mansión de Totovía y la sombra de los corporativos. Acabábamos de recuperar a Isthar y Miguel de manos de los federales y pensábamos que el Teseo finalmente volaría hacia aguas tranquilas.

​Pero el destino tiene una forma muy eficiente de corromper tus planes. Lo que vas a escuchar es la crónica de una desconexión. Te contaré cómo una sombra me borró del mapa durante un largo periodo de tiempo y cómo mi consciencia terminó habitando un lugar que no le correspondía, presenciando eventos que mi procesador todavía se niega a clasificar como reales.

​Mis ojos en este instante, antes de comenzar, se encuentran en un púrpura profundo —el color que mi procesador ha asignado para lo que vosotros llamáis procesamiento de duelo—. Prepárate. Lo que viene a continuación ocurrió justo después de que rescatáramos a Isthar y Miguel de las garras de los federales, cuando pensábamos que lo peor había pasado y que la nueva misión sería solo un trámite.

Es la hora de contarte lo que pasó. Mis sistemas están listos. He desbloqueado los registros de navegación de aquel día. Iniciando secuencia de recuperación de datos... Destino: El desierto. Bajando rampa de acceso.




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Sin Memoria Ni Gloria

Mis amigos jugaban con gran obsesión,
y en el parque me daban siempre el tostón.
Al llegar a mi casa, por fin lo instalé,
pues aunque no quería, al final claudiqué.

Fue un error absoluto, una trampa fatal,
la batalla me llamó con su código real.
Y caí sin remedio en aquel dulce prólogo,
iniciado a este mundo, casi de un modo ilógico.

Y aquí me tenéis, con la vista en el móvil,
mientras el mundo gira, yo sigo inmóvil.
La estrategia en la arena hoy he de planear,
pues mi mazo de cartas voy a desplegar.

La Torre del Rey tiembla, la derrota está cerca,
y el rival se burla haciéndome una mueca.
Veo mi paladín caer en un instante,
esto es un desastre constante.
 
Gasto gemas subiendo al Montapuercos,
Ya que en la batalla son todos muy tercos.
Lo mando a la torre con furia y con ganas,
y un rayo lo para rompiendo mis canas.
 
​En el Desafío del Clan, busco el trofeo,
pero entre tanto lag, ni las cartas las veo.
Mis puntos urgen, la presión es tirana,
Perdemos la liga de forma villana.

​"Juego la última", pues voy por buen camino,
pero el azar me lanza un castigo divino.
La derrota me hiere, mi paciencia se agota,
Bloqueo el móvil con mi alma rota.

Pero el enfado se esfuma, no tengo memoria,
mi dedo regresa buscando la gloria.
Soy esclavo del vicio, con la mente ya ciega,
¡que me den por tonto, vuelvo a la refriega!

LCR





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Renacer desde las ruinas

El eco del tiempo perdido resonaba en su mente, como una melodía desafinada que nunca terminaba. Día tras día, anclado en la rutina, realizaba las mismas acciones. Marcos iba notando cómo la sensación de frustración y arrepentimiento crecía dentro de él, como una sombra persistente que no lo dejaba en paz. Embebido en su realidad, había cerrado sus oídos a los consejos bienintencionados de los demás, creyendo que su camino era el correcto, y que solo él sabía por donde tenía que ir su vida. 

Los años pasaron y la soledad se hizo cada vez más evidente. Las grietas comenzaron a aparecer en su vida, como pequeñas fisuras que lentamente se transformaban en abismos. Marcos empezó a notar cómo todo se desmoronaba a su alrededor, como un castillo de naipes. Las relaciones con su familia y amigos se deterioraron, los sueños que una vez estuvieron apunto de realizarse, se volvieron inalcanzables y la satisfacción de creer que tenia todo bajo control, se transformó en un vacío insondable.

Un día, hastiado por aquella insoportable rutina, mientras miraba las ruinas de lo que alguna vez fue su vida, la realidad lo golpeó con fuerza. Entendió que todos esos años de obstinación y aislamiento solo le habían llevado a un camino de sufrimiento. Cada fracaso, cada momento de dolor, era un recordatorio de sus decisiones erradas, una lección dura pero necesaria. Marcos decidió que no podía seguir viviendo así. 

Comenzó a abrirse, a escuchar y a aceptar que no podía hacerlo todo solo. Empezó a valorar los consejos de aquellos que siempre habían estado a su lado, ofreciéndole su apoyo incondicional. Poco a poco, su vida empezó a volver a moldearse, a tomar una nueva forma. La soledad fue reemplazada por el apoyo sincero de amigos y familiares. Los sueños, aunque ahora diferentes, se volvieron nuevamente alcanzables. Marcos aprendió que el tiempo perdido no podía recuperarse, pero el futuro estaba lleno de oportunidades.

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La Mudanza

Las cajas de cartón se iban amontonando paulatinamente en su habitación, mientras Clara no era capaz de entender cómo, al final, una parte de su vida quedaba reducida a un montón de trastos. Sacó un pañuelo para enjugarse los ojos. Abrumada por el ritmo del embalaje y la constante decisión de qué se llevaría y qué se quedaría atrás, buscó un respiro en el salón. Se quedó allí un momento, sentada en el sofá en silencio, hasta que sus ojos repararon en el lomo de lo que parecía un libro en la estantería. Lo extrajo con sumo cuidado y, ante su propia sorpresa, descubrió que era el álbum de fotos que solía completar con su padre en la niñez.

​Acto seguido lo abrió, y la Navidad de 1996 le golpeó el pecho. Ahí estaba su abuelo, ocupando el lugar central del mismo salón que se había convertido en su refugio frente al caos que reinaba al otro lado de la casa. Clara se quedó inmóvil, recordando cómo él la aupaba para colocar la estrella en el árbol, mientras el resto de las fotografías esperaban en silencio, ser recordadas. El aire se volvió pesado, cargado de una memoria que se negaba a ser empaquetada. Sus dedos, que antes apenas rozaban el papel, ahora se aferraron a los bordes de la página, como si pudiera arrancar a aquel hombre del papel para retenerlo un segundo más antes de tener que volver a la realidad de la mudanza.

​La tarde fue apagándose poco a poco, dejando que la penumbra ganara terreno en la estancia y marcara, casi sin darse cuenta, el final de aquel recuerdo. Al ver el reloj, se alarmó de lo tarde que se le había hecho. Aún con el pañuelo en la mano, se puso en pie y, tomando el álbum entre su regazo, se dirigió de nuevo a su cuarto para depositarlo en una caja que tenía escrito «abrir primero», mientras quedaba sumida en sus pensamientos, rodeada del silencio de una casa que, por primera vez, sentía que empezaba a dejar de ser su hogar.

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Viaje Onírico

Hace un tiempo que tuve un sueño abstracto. Esos que son dificiles de explicar y casi imposible de reproducir fielmente en la mente debido a su complejidad y sus altas dosis de surrealismo. Al principio parecía estar en un cuadro de Dalí. Los escenarios por los que pasaba eran líquidos, maleables, se deshacían y recomponían a cada paso que daba; los edificios cambiaban de forma a placer. Sentía una angustia frente a tanta transformación. Si algo definía mi sueño era el cambio que sufrían los elementos que lo formaban. Como si de un pintor se tratara, mi mente hacía y deshacía a su antojo, su libertad era absoluta  para dibujar y colorear figuras a su libre albedrío. Pero si en un lienzo existen unos limites, en mi sueño la superficie para dibujar era infinita.

De repente me noté pixelado, cual fue mi sorpresa, al darme cuenta que me encontraba dentro de un videojuego. <<Con lo mal que se me dan a mi>> Pensé. Alcé la vista y aterrado descubrí un sin fin de plataformas y enemigos que tenía que superar si quería salir de allí. Tuve mala suerte, al llegar a una zona el suelo se abrió, dejándome caer en un vacío y, al instante aparecía una luz fulgurante. Tras ese intenso destello, empezaban a aparecer personajes cuyos rostros me evocaban el recuerdo de personas conocidas.

Allí, en medio de aquel panorama incierto y cambiante, estaba yo, acompañado de entes extraños y atemporales que iban apareciendo y desapareciendo a su antojo. Unas veces traían tranquilidad, paz... Y otras malestar y desasosiego. Sin embargo, a pesar de todo, seguía disfrutando de ese viaje onírico y dejándome arrastrar por un sin fin de parajes y de formas que surgían y se desvanecían como si el sueño cambiara de forma justo en el instante en que creía entenderlo.


 

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Segundo de Industriales

La primavera ya estaba haciendo su aparición, sucediendo al invierno, que había sido especialmente frío y duro ese año. No había ningún día del mes de febrero en que la nieve no hubiera dado tregua, dejando las aceras sepultadas bajo una costra helada durante todo el mes y principio del siguiente. Aquel segundo año de Industriales, de 1986, estaba resultando un auténtico calvario; si el primero había puesto a prueba su resistencia, este amenazaba con quebrar su cordura por completo, especialmente con el examen de Termodinámica acechando en el calendario. Por eso había tomado medidas drásticas para los exámenes finales. <<Está decidido, los prepararé en la biblioteca>>, pensó Tomás en un arrebato de pasión y entrega, un tanto desesperado que solo se experimenta cuando el agua ya llega al cuello. Tras varios días sin salir de casa —una estrategia de reclusión que a duras penas le había funcionado el primer cuatrimestre—, cogió la mochila, introdujo los pesados volúmenes de Termodinámica y, abriendo la puerta con decisión, salió a la calle en dirección a la biblioteca.

Hacía un sol de justicia aquella mañana, uno de esos días traicioneros de primavera, en que las aceras emanan un calor casi veraniego. Las tiendas no daban abasto vendiendo botellas de agua, refrescos y alguna que otra cerveza bien fría. En torno a las fuentes urbanas y bajo los toldos de bares y comercios se agolpaban los viandantes con el fin de mitigar el calor que estaba azotando la ciudad. Tomás, que al haber finalizado las clases ya podía dedicarse en cuerpo y alma a la preparatoria, caminaba canturreando cualquier canción pegadiza que había escuchado en los 40 Principales, un intento fútil de camuflar el nudo que le atenazaba el estómago y que le hacía sentirse completamente ajeno a lo que le tenía preparado el día. A pocos metros divisó el quiosco y saludó a la quiosquera con una sonrisa jovial mientras adquiría una botella de agua. Acto seguido, se dirigió al otro lado de la plaza donde se encontraba su destino.
 
Subió la enorme escalinata de piedra gastada y cruzó la puerta acristalada, donde el vigilante de seguridad le dedicó un saludo desganado, propio de quien contempla el desfile diario de la agonía estudiantil. Tomás se lo devolvió alegre, mientras se dirigía a la sala de estudio, pero la bibliotecaria le salió al paso y le indicó con un gesto firme que estaba llena, que hoy no podría quedarse a estudiar. El rostro del estudiante cambió por completo; no se lo podía creer. <<¿Qué voy a hacer ahora?>>, pensaba, sintiéndose de repente desamparado en mitad del vestíbulo. Se quedó dubitativo por un segundo hasta que una mujer de rostro afable y con el pelo cano se le acercó, indicándole que había un sitio donde podría quedarse. Tomás no se lo podía creer, pues le había señalado la dirección del sótano. Resignado, y sabiendo que era la mejor opción posible si no quería regresar a la celda de su habitación, aceptó y bajó y se dirigió al lugar que le habían indicado.
 
Bajó las escaleras y enfiló un pasillo apenas iluminado por débiles bombillas que proyectaban sombras alargadas e inquietantes. En las distintas puertas apostadas a izquierda y a la derecha a lo largo del corredor se podía leer: Depósito 1, Almacén, Limpieza, Caldera... Los gruesos tubos de la calefacción se perdían a lo largo de la oscuridad, como las arterias de un monstruo industrial dormido. Por la pared se deslizaban gotas de agua provenientes de filtraciones desconocidas, dejando un rastro brillante y frío sobre el hormigón desnudo. El lugar contrastaba con la pulcritud de la planta de arriba, limpia, donde un aroma producido por los productos de limpieza inundaba el ambiente y la luz entraba a raudales por los grandes ventanales. Estaba claro que el esmero que le ponían a lo que se veía del edificio ni estaba ni se le esperaba aquí abajo. Antes de llegar a la sala que le habían indicado, Tomás se fijó en que la mayor parte de las bombillas se habían fundido, dándole la impresión de que esta parte de la biblioteca tenía el mantenimiento justo y necesario, cosa que le entristeció enormemente; allí, aparte de almacenes y salas donde guardar los utensilios de limpieza, se encontraban también los libros retirados de la circulación del préstamo, viejos volúmenes desterrados a vi ir el Oviedo aquí abajo.
 
Tomás tocó la puerta y al ver que nadie contestaba, la abrió revelándose ante él una pequeña habitación con una mesa de madera que no pasaba por su mejor momento, surcada por antiguos rayones de bolígrafo y quemaduras de cigarrillo. Encima se encontraba un flexo gris de los años 50 que aún funcionaba, despidiendo un calor rancio en mitad de la penumbra. <<Este debe de ser el sitio>>, pensó, y resignado desparramó sobre la madera el material de la asignatura y se puso manos a la obra. Ahí abajo era como si no pasara el tiempo, como estar en otra dimensión. Tomás pasó las primeras horas peleándose a pecho descubierto con los teoremas de cinemática, pero la concentración inicial no tardó en desmoronarse. El silencio del sótano comenzó a volverse plomizo, denso, un eco sordo roto únicamente por el zumbido eléctrico y mortecino del flexo. Bloqueado ante un problema de engranajes que no cuadraba por ninguna parte, la sombra del fracaso del año anterior cayó sobre él como una losa. Sintió que la ansiedad le oprimía el pecho, las fórmulas se emborronaron ante sus ojos y, superado por una desesperación absoluta, Tomás hundió la cabeza entre las manos, respirando hondo para contener unas lágrimas de pura impotencia. Fue en ese instante de quiebre total, con la frente apoyada en los apuntes, cuando un olor extraño e intrusivo alteró la atmósfera. No era la humedad de las filtraciones, sino un aroma seco, rancio y lejano a tabaco negro y papel envejecido.
 
Al levantar la vista con los ojos enturbiados por el agobio, Tomás dio un respingo en la silla, conteniendo el aliento. Al otro lado de la mesa, justo en el límite donde el haz del flexo moría en la penumbra, se había sentado un hombre. Tenía unas patillas densas y pasadas de moda que le enmarcaban la mandíbula y el pelo revuelto, largo y setentero. Vestía una camisa de cuadros de felpa, abrochada meticulosamente hasta el penúltimo botón, y mantenía la mirada fija en un fajo de folios amarillentos. Sobre la mesa, había dejado un paquete de Ducados y una alargada regla de cálculo de madera. Tomás se quedó paralizado, con la boca abierta, incapaz de articular palabra mientras sentía cómo el frío del sótano se le metía en los huesos. El intruso, sin levantar la vista de sus papeles, estiró los dedos, tomó un bolígrafo Bic de cristal con el capuchón completamente mordisqueado y tachó una línea con decisión metódica, haciendo crujir el papel viejo.
 
—Ni te molestes —dijo de pronto el desconocido, sin levantar la vista del fajo de folios. Deslizó dos dedos sobre la regla de cálculo, haciéndola correr con un chasquido seco e impecable antes de continuar—. Como te metas a desglosar el tercer problema por ahí, vas de cabeza al pozo. El viejo va a ir a degüello con el teorema de Carnot. Siempre hace misma la cabronada en junio.
 
—¿Quién... quién eres? —atinó a preguntar Tomás en un susurro, tragando saliva con dificultad y aferrando el borde de la mesa con los dedos entumecidos.
 
El chaval levantó por fin la mirada, clavando en Tomás unos ojos rodeados por unas ojeras tan profundas y familiares como las suyas. Dibujó una media sonrisa de absoluta resignación, tomó la regla de cálculo de madera y la empujó suavemente por la superficie estropeada de la mesa,  hasta dejarla sobre los apuntes de Tomás
 
—Un compañero de fatigas —respondió, dando un leve toque al paquete de Ducados con el índice mientras el flexo de los años 50 pegaba un pequeño parpadeo—. Digamos que yo también me encerré en este sitio a preparar el segundo año de Industriales... solo que mi examen era de junio del 82. Y créeme, la Termodinámica no ha cambiado tanto.
 
 

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