Susurros En La Hoz

El aire, a primera hora de la mañana, me recibió con la aspereza de una fría bienvenida procedente de la hoz. No era solo el clima; era la respiración del Júcar, que ascendía por las paredes calizas cargada de una humedad mineral, recordándome con cada bocanada la verticalidad del lugar por el que transitaba. Precisamente fue el río quien realmente marcó el compás de mis botas sobre la grava, pues su voz aquel día no era el estruendo de las maderas de antaño, ni el golpeo rítmico de los batanes que un día tejieron la fama de esta ciudad, sino un susurro verde y denso, que discurría por su curso como si fuera una confesión antigua. Mientras el cielo se extendía sobre mí como un mar de plomo, sentí cómo la roca me observaba detenidamente con esos ojos que habían visto pasar siglos de historia desde que Wyngaerde dibujara Cuenca en 1565. Seguí avanzando, dejando que el flujo de mis pensamientos inundara mi cabeza, hasta que el rumor procedente de la presa conocida hoy como Las Grajas me sacó de mi ensoñación y me devolvió al presente. Allí el río pareció hablarme; el romper del agua contra la estructura fue como si quisiera transmitirme algo que las riberas no habían olvidado. Respiré hondo, parándome a pensar que en aquel punto el Júcar extrañaba el quehacer de los gancheros y el balido de las ovejas serranas que sus aguas ya no transportaban, ni reflejaba.
 
Bajo todo aquel rumor que llenaba el ambiente, decidí detenerme y sentarme, pues sentí como si el río intentara contarme sus secretos antes de seguir su camino. Saqué la libreta de la mochila y busqué un apoyo donde sentarme Frente a mí, en la otra orilla, se alzaba la otra pared de la hoz: vasta, antigua, aparentemente inmutable, un mapa vivo de historia con grietas pulidas por siglos de viento y líquenes que se adherían a ella como un barniz nuevo en cada primavera. Era la misma roca de siempre, pero a la vez era otra. Mismo volumen, exterior renovado. En esa dicotomía entre la solidez y el cambio invisible, el bolígrafo encontró el papel para fijar la primera idea, una respuesta a la fuerza silenciosa del río:
 
Un estilo de vida.
 
Con el peso de esa primera frase todavía resonando en mi mente, guardé el bolígrafo entre las páginas y me puse en pie, no solo para continuar el camino, sino para profundizar en ese silencio que la hoz me iba regalando. Dejé a mi espalda el rumor de Las Grajas, que iba perdiendo fuerza conforme me internaba de nuevo en el sendero, donde la vegetación se volvía cada vez más cerrada y el camino tornaba más abrupto, allí donde el río parecía recogerse sobre sí mismo. Con mis botas recuperando el compás sobre la tierra, fijé mi siguiente objetivo: la Fuente de Martín Alhaja. 

El sendero se iba estrechando y la la espesura de la ribera se hizo más densa, como si el camino quisiera protegernos del mundo exterior, manteniendo el ritmo de mis pasos hasta que el sonido del agua cambió; ya no era el desplome de la presa, sino un borboteo constante que nacía de la misma piedra. Fue ese cambio de sonido el que me obligó a hacer un alto necesario, pues había llegado a la fuente y tenia sed. Me incliné ante el caño de piedra y dejé que el agua, gélida y pura, me empapara las manos antes de beber. Era un agua que salia de la hoz, de esa Cuenca subterránea que los mapas no siempre recogen. Aquel frío en la garganta me despejó y me devolvió una presencia absoluta, mientras la ciudad, arriba, quedaba reducida a un eco lejano, una idea invisible que descansaba sobre la roca. Con el frescor todavía en los labios, me senté en el pretil de piedra, notando cómo el Júcar pasaba a pocos metros, más silencioso allí, fluyendo entre sombras y leyendas. Sentí que para entender aquel lugar no bastaba con mirar hacia arriba, sino que había que saber mirar desde lo hondo, desde donde brotaba lo importante. Volví a abrir la libreta y, bajo la primera anotación, escribí:  
 
Una manera diferente de ver el mundo.

Aquel ascenso desde la penumbra de la fuente fue también un ascenso hacia la claridad, pues tocaba emprender el camino a casa. Mientras decidía si volver por el mismo camino o por el de San Isidro, noté cómo el sol lograba finalmente hacerse paso, abriéndose ahora ente jirones blancos que dejaban pasar una luz nueva, más limpia. Por la intensidad que sentía en la nuca diría que eran ya las diez de la mañana. Los pájaros ya llevaban un rato cantando, así que me decanté por desandar lo andado, sabiendo que la nueva luz transformaría el trayecto en una experiencia física distinta. Al pasar de nuevo por las inmediaciones de Las Grajas, el rumor de la presa ya no fue una advertencia, sino un latido sordo que llenaba el ambiente. El aire ya había perdido su filo cortante; ahora olía a la resina de los pinos y al aroma húmedo de las orillas que despertaban. Al llegar a la solana de la Ribera de San Juan, la verticalidad de la hoz pareció ceder, abriendo un paréntesis de claridad donde el río se amansaba. Me detuve allí, sintiendo el calor del murete de piedra en las palmas de mis manos, un contraste casi eléctrico con el frescor gélido que aún guardaba de la fuente. En aquel paraje, entendí que para avanzar no basta con mirar, sino que había que estar dispuesto a que la luz reorganizara el caos que llevábamos dentro. El papel brilló con una blancura casi cegadora mientras en él plasmaba lo siguiente: 

Un nuevo modo de pensar.

Ese pensamiento me acompañó mientras el sendero comenzaba a subir y a bajar, señalando que después de pasar la Playa Artificial,  llegaría a la mansedumbre del Recreo Peral, en una transición final entre lo salvaje y lo civilizado. El Júcar, más sabio y pausado, se entregó definitivamente a la ciudad mientras yo llegaba a la Fuente del Abanico sintiendo el cansancio acumulado y recordando las leyendas que rodeaban a aquel lugar. Me detuve frente a la estructura, donde el agua caía con esa geometría constante que parecía burlar el paso del tiempo. Miré a mi alrededor, sentí como los antiguos batanes habían callado su estrépito industrial para dar lugar al paseo, las rocas habían mudado sus musgos y la ribera se había vestido de jardín. Pero el alma de la hoz seguía allí, inmutable bajo la piedra erosionada. Fue la confirmación de que la verdadera transformación no consistía en destruir lo que fuimos, sino en saber habitar el presente con el mismo espíritu, aceptando que éramos, esencialmente: 
 
La misma roca; una luz distinta. 
 
Cerré la libreta y sentí la textura del cuero entre mis dedos, un peso que entonces me pareció más real que el de mis propios pensamientos, mientras guardaba el material en la mochila, dejaba que el rumor del Abanico me hablara por ultima vez. La luz del mediodía ya había conquistado por completo la hoz, eliminando las sombras dramáticas del amanecer para mostrar la roca en toda su desnudez caliza. Era una claridad que no admitía engaños. Me puse en pie y con un gesto lento, me coloqué la mochila sobre los hombros, al mismo tiempo que empezaba a ser consciente, de como el Júcar, con su paciencia de siglos, me había enseñado aquel día que el tiempo no pasa sobre las cosas, sino a través de ellas. No éramos el agua que corre, ni éramos la piedra que resiste; éramos ese espacio intermedio donde la memoria se encuentra con el presente.

Empecé a caminar los últimos metros hacia el puente que me devolvería al asfalto, pero ya no lo hice con la urgencia del que regresa de una huida. Caminé con la cadencia pausada de quien había comprendido que la ciudad descansa sobre un paraje privilegiado. Cuenca no era solo una ciudad colgada; era una lección de equilibrio constante entre lo que se desmorona y lo que permanece. Al cruzar la frontera invisible donde la ribera se volvía calle, me detuve un segundo y miré hacia atrás, hacia la hoz que tantas veces había visto, donde el aire ya no era áspero, era una caricia conocida. Me toqué el bolsillo donde guardaba la llave de casa y sonreí con una melancolía serena, sabiendo que aquel día entré en mi hogar con un mapa nuevo dibujado en las botas. Porque al final, el viaje no había sido por la orilla del Júcar, sino por las grietas de mi propio silencio. Volví a casa siendo la misma roca bajo una luz distinta.



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