Game Over

"La gloria es un destello que solo brilla mientras mantenemos los ojos abiertos. Nos obsesionamos con alcanzar la cima, con grabar nuestro nombre en muros que el tiempo terminará por derruir, olvidando que la distancia entre el éxito eterno y el olvido más absoluto cabe en un solo segundo"

Yo que había doblegado a las gárgolas del campanario; cruzado desiertos inhóspitos a lomos de mi caballo; surcado los mares, ganando gloria donde otros solo encontraron el olvido... Ahí estaba, con las manos, entumecidas por la tensión de los niveles acumulados, mientras los botones se resentían a cada golpe. Ya podía sentir  la gloria, el reconocimiento por haber batido el record y el silencio solemne de la victoria definitiva. Estaba a un solo suspiro de la inmortalidad, en ese umbral donde el hombre se convierte en leyenda; sin embargo, esa gloria no habitaba en un Olimpo lejano, sino aquí, entre las paredes de aquel templo de cristal y silicio.

​El salón era un laberinto de luces de neón y fragor electrónico. El aire, denso y cargado de electricidad estática, vibraba con una amalgama de sintetizadores y golpes secos sobre el plástico. Entre el humo y el destello de las pantallas adyacentes, mi cabina se alzaba como un altar solitario, rodeada por el murmullo de una audiencia que contenía el aliento ante la cifra astronómica que parpadeaba en el marcador. Aquel número era mi billete a la eternidad.

Fue la mezcla de orgullo y confianza la que selló mi perdición. Con la euforia nublándome el juicio y los dedos castigados por el esfuerzo, sentí el roce cálido de la gloria, a tan solo un nivel de alcanzar la cima. Entonces solo cometí un fallo, un parpadeo a destiempo que fue más rápido que mi voluntad. La pantalla adquirió un negro absoluto, devorando mi reino, mis hazañas y mi momento. No hubo baladas, ni historia aquella tarde. Solo el parpadeo de unas letras rojas sobre el vacío y el silencio gélido de la derrota final.




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Una Cuenta Pendiente

"A veces, el destino tiene la ironía de hacernos coincidir en el tacto para recordarnos todo lo que no podemos sostener. Porque el roce no solo hace el cariño; también construye puentes que se derrumban justo antes de llegar a la otra orilla" 

El bar se encontraba envuelto en una penumbra cálida característica de los locales de principio de siglo. Mientras, fuera, la ciudad se deshacía en una lluvia monótona, dentro el tiempo se había detenido entre la decoración de madera, el murmullo de los clientes y el tintineo de los hielos.

En una mesa situada en un rincón apartado, Rodrigo y Carla, compartían un pequeño plato de aceitunas que ninguno de los dos se atrevía a terminar, ya que el último bocado parecía estar destinado a marcar el final de la tregua. En un movimiento distraído, ella estiró la mano para alcanzar la servilleta y sus dedos tropezaron con los de él en un segundo que se hizo eterno. No fue un choque, fue un reconocimiento. La piel de ambos recordó de golpe todas esas horas de oficina, cafés compartidos y  miradas evitadas sobre los teclados.

Él no apartó la mano. La miró fijamente, con los ojos empañados por una mezcla de cansancio y revelación.

Entonces, al final es cierto eso que dicen de que el roce hace el cariño —matizó Rodrigo, con una voz que apenas era un susurro por encima del ruido de la cafetera.

Ella sostuvo su mirada, permitiéndose por primera vez ser honesta con el peso que llevaba en el pecho. No apretó su mano, pero tampoco la soltó.

Sabes que sí —respondió Carla con amargura—. Y también sabes que lo nuestro sería imposible.

La frase cayó sobre la mesa como un jarro de agua. Él retiró la mano con una lentitud dolorosa, dejando que el espacio se volviera entre ellos más frío que antes. Pagaron la cuenta, ajustaron sus abrigos y salieron a la lluvia por separado. Se habían tomado el aperitivo, pero ambos sabían que el plato principal nunca llegaría.



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Viaje al hogar

En la gran ciudad, la Navidad no llega; simplemente se enciende por decreto. Julián observaba desde el vestíbulo de la estación cómo esas luces puestas en la calle, semanas antes, comenzaban a brillar con un entusiasmo artificial. El tráfico era frenético y un centenar de almas caminaban apresuradas ultimando las compras de última hora. Él solo sentía el peso de los años de asfalto y prisa; hacía demasiado tiempo desde la última vez que olió el frío auténtico, el que muerde pero no hiere. En definitiva, la gran metrópoli se había vuelto insoportable, sobre todo este último año. Había sido un ciclo de largas jornadas que se fundían con las noches frente a una pantalla, la frustración de un ascenso que no llegaba y un cansancio de esos que no se curaba durmiendo. Se sentía como un engranaje desgastado en una máquina que nunca descansa. Por eso, este viaje de diciembre no era solo una tradición, era un descanso reparador. 

El viaje de regreso fue una transición de colores. Del gris industrial al blanco puro de los campos que rodeaban su pueblo natal. A través del cristal del tren, Julián veía cómo el paisaje se convertía en un lienzo de nieve virgen, donde los árboles desnudos parecían trazos de carboncillo contra un cielo de plomo. Con cada kilómetro, el ruido de la ciudad se iba apagando, reemplazado por el rítmico traqueteo del tren sobre las vías, una canción de cuna que lo devolvía a su infancia. Cuando el tren dejó atrás aquel laberinto de cristal y acero, Julián cerró los ojos y exhaló un aire que sentía retenido desde hacía meses. A medida que el trayecto avanzaba, el horizonte empezaba a elevarse, a quebrarse en barrancos y perfiles de piedra. Se acercaba a su pueblo, ese que parece esculpido en el aire, donde las casas se asoman al abismo con una valentía antigua. Al bajar del tren, el frío lo golpeó. Pero no era el frío sucio de la capital; era un frío seco, limpio, que sabía a pino y a escarcha. El lugar de su infancia lo recibió con su silueta de piedra gris bajo un cielo que amenazaba nieve. 

Al salir de la estación, el silencio lo recibió como un viejo amigo. Allí estaban ellos. Sus padres, envueltos en abrigos de lana que olían a leña, lo esperaban con sonrisas que no necesitaban traducción. El abrazo no fue un saludo; fue un anclaje. El de de su padre, firme y con olor a tabaco de pipa, y el beso de su madre, suave como una caricia de lana, fueron los primeros puntos de sutura para su ánimo. Caminaron hacia la parte alta, donde la casa familiar parecía fundirse con la roca misma. Nada más llegar, antes incluso de deshacer la maleta, Julián se vio envuelto en los preparativos. Su madre, con esa sabiduría silenciosa que solo poseen las madres, le pidió ayuda para terminar de montar el Belén y colocar las últimas luces. En el fondo de una caja de cartón vieja, encontró un fajo de fotografías antiguas. Al tocarlas, sintió la textura del papel envejecido. Se vio a sí mismo de niño, jugando en los mismas calles que había recorrido a su llegada. Esas imágenes que le recordaban el tacto del musgo seco, las excursiones con sus amigos y esas tardes jugando en la calle fueron las que empezaron a reparar su espíritu. Comprendió que, aunque la metrópoli intentara absorberlo, su esencia estaba allí, colgada de una roca, protegida por el frío y el amor de los suyos.

Tras esa primera noche de descanso reparador, llegó la Nochebuena. Al caer la tarde, el contraste fue absoluto: fuera, el viento silbaba entre las hoces y los puentes; dentro, el crepitar de la chimenea y la luz tenue de las bombillas amarillas creaban un universo de seguridad. Julián se quedó un momento mirando por la ventana hacia el precipicio iluminado por las luces navideñas. Allí abajo, el río era un trazo oscuro y silencioso. Con el transcurrir de la noche, Julián redescubrió el valor de lo pequeño. Las historias compartidas bajo la luz cálida de las velas sonaban a revelación. El peso del año  empezó a disolverse. No hacía falta explicar el estrés de la oficina. Sus padres lo sabían. Lo veían en sus ojeras, que empezaban a suavizarse bajo el efecto de la sopa caliente y el vino de la tierra. 

Más tarde, Julián se asomó un momento al porche. Afuera, el firmamento estaba tan limpio que las estrellas parecían estar al alcance de la mano, un espectáculo que la ciudad siempre le robaba. De vuelta al calor del hogar, los villancicos iban surgiendo entorno a la chimenea, En ese instante recordó que el verdadero espíritu navideño no es un evento en el calendario, sino un estado de pertenencia.

Durante los días siguientes, Julián se dedicó a recobrar energia. Caminó por las orillas del río, allí donde las rocas tienen formas caprichosas y el agua baja helada. Se detuvo en los miradores a ver cómo la niebla se enredaba en la torre de la Iglesia. En la gran ciudad era uno más, un número en el metro; aquí, cada piedra parecía reconocer sus pasos. Fue una búsqueda de tesoros olvidados; caminó por senderos donde la nieve crujía bajo sus botas, un sonido que le recordaba que estaba pisando tierra firme. En el viejo café del pueblo, el chocolate caliente sabía a las tardes en las que el único problema era que se terminara el día. 

Una vez concluidas las fiestas, llegó el momento de la partida. Al marcharse, Julián no sintió tristeza. Sabía que regresaría antes de que pasase un año. Miró por última vez la silueta de su casa antes de llegar a la estación y supo que, sin importar lo lejos que lo llevaran sus pasos, siempre estaría su hogar esperándolo, donde él siempre tendría su lugar frente al fuego.



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La lámpara en la niebla: La odisea de Elia

En medio del bosque oscuro y brumoso, se encontraba Elia, una joven valiente de corazón inquieto. Sostenía firmemente una lámpara de aceite roja, cuya cálida luz rompía la espesa niebla, creando un sendero luminoso en la noche. La niebla no era solo una capa; era una criatura fría y silenciosa que se pegaba al cuero de sus botas y se enredaba en las puntas de su cabello. Olía a tierra congelada y a musgo milenario. La lámpara roja en su mano era su único consuelo. Ella notaba el calor familiar del latón contra su palma y escuchaba el suave y constante crepitar de la mecha, un sonido doméstico que se negaba a ser silenciado por la inmensidad del bosque. El círculo de luz que proyectaba era una pequeña isla roja y vibrante, obligando a las sombras a retroceder, aunque nunca a desaparecer.

Desde su niñez, había escuchado historias sobre este bosque, leyendas de seres mágicos y tesoros ocultos. Ella siempre había querido explorar más allá de su pequeño pueblo, y esa noche, algo la impulsó a aventurarse más allá de lo conocido. No sabía si era un sueño vívido, una intuición, o la necesidad de descubrir quién era realmente.

Mientras caminaba, el crujido de las hojas secas bajo sus botas resonaba en el silencio del bosque. Los árboles, desnudos por el invierno, se alzaban como guardianes antiguos, sus ramas retorcidas creando sombras inquietantes. Pero Elia no tenía miedo. La luz de su lámpara parecía disipar cualquier temor, llenándola de una extraña tranquilidad. Entonces, la niebla se volvió un muro asfixiante. Hace un momento estaba caminando por un sendero marcado, fácil de seguir, y ahora, la espesura se había cerrado, dejando solo el rojo inmediato de su luz. Su respiración se aceleró. Intentó seguir adelante, pero un sonido—un tintineo agudo y cristalino que no era un pájaro ni el viento—la detuvo. Parecía venir de la derecha, y sonaba como una burla distante. Elia levantó la lámpara, desafiando a la oscuridad, pero en ese instante, una ráfaga traicionera de viento se coló entre los árboles y la llama comenzó a parpadear frenéticamente, amenazando con apagarse. Por un segundo, el pánico la asaltó. Elia acunó la lámpara contra su pecho, protegiendo la flama con su propio cuerpo. "No," susurró, y en ese acto de reafirmación, el tintineo cesó. De repente, sintió un impulso, no hacia donde había escuchado el sonido, sino un poco más al frente, hacia un claro que la niebla apenas comenzaba a desvelar.

De repente, a lo lejos, vislumbró un destello. No era el amarillo pálido y anaranjado de su propia lámpara, sino un fulgor profundo, etéreo, que hacía que el rojo se viera opaco. Avanzó más rápido, ignorando el cansancio renovado. El destello provenía de una hondonada oculta, donde una formación de roca tallada, cubierta de un musgo que brillaba con luz propia, albergaba el agua. Era una fuente mágica, sus aguas brillaban con un resplandor azulado, diferente a cualquier cosa que hubiera visto. La luz azul pulsaba, un corazón silencioso en el bosque. Percibió que la temperatura del aire cambiaba, una calidez suave y sin fuego la envolvía. Al acercarse, sintió que todo el cansancio de su viaje desaparecía. Se arrodilló, quedando su rostro iluminado a la vez por el rojo familiar de su luz y el azul desconocido de la fuente. El agua no era fría; era tibia y vibrante. Con cautela, hundió la punta de los dedos. En el momento en que su piel tocó el líquido, la corriente de un poder antiguo la recorrió, no doloroso, sino como si se encontrara con una verdad olvidada. Vio su reflejo, pero no solo su rostro: vio destellos de su propia infancia, de sus anhelos más profundos, de la valentía que siempre había creído una búsqueda externa. Supo entonces que el poder antiguo de la fuente no residía en el tesoro, sino en ser un espejo que le revelaba un fragmento esencial de sí misma, perdido en los cuentos de su niñez.

La lámpara en su mano pareció brillar con más intensidad, como si estuviera celebrando su descubrimiento. El rojo de la lámpara y el azul de la fuente se mezclaron en el aire, creando un halo púrpura de comprensión a su alrededor. El fragmento perdido no era una joya, sino la certeza inquebrantable de que su corazón inquieto era la brújula y su lámpara, la fe. Sintiéndose ligera y completa, se levantó, y supo entonces que la odisea no era buscar, sino llevar. Con una última mirada a la fuente azul, se dio la vuelta. La niebla se cerró sobre ella, pero ahora, el camino ya no dependía de lo que había afuera, sino de la inagotable luz roja que ardía, firme y victoriosa, en su mano.






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Lluvia

La lluvia danza sobre el tejado,
armoniosamente junto al viento,
caricias frescas en mis manos,
trazos de agua, arte en movimiento.

Los charcos guardan mil reflejos,
pequeños mundos en su fondo,
un cielo gris, mil universos,
bajo la lluvia, todo es asombro.

Entre los árboles murmura,
un canto antiguo y misterioso,
las hojas tiemblan, se aventuran,
bajo la lluvia, en un vuelo misterioso.

Y en la ventana, gotas tristes,
dibujan sueños e ilusiones,
la lluvia cae, la memoria vuelve,
para traernos nuestras canciones.

LCR


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El Guerrero del Mar

Tras días de sol y arena ardiente,
el guerrero regresa, valiente.
Cada ola, un desafío, un duelo, 
cada rayo, una caricia, un anhelo. 

El mar, su campo de batalla inmenso,
donde las olas rugen con poder intenso.
Sin armaduras, solo piel bronceada,
sin espadas, solo risas y miradas.

Recuerdos inundan su mente,
como ecos de una travesía reciente.
La luna ilumina su camino con mimo,
y en su fortaleza, encuentra su destino. 

El guerrero del mar, al fin descansa,
en su hogar, su alma descansa.
Las olas susurran historias de gloria,
y él, en su casa, revive su victoria.
LCR


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Despedida En La Playa

En la playa quedó la risa amiga,
el sol brilló más fuerte en su partida,
y en mi pecho una pena contenida,
pues la ausencia mi alma ya me castiga.

Las olas susurran la despedida,
el viento trae su voz, que no mitiga,
y la soledad ahora me abriga,
en este rincón de arena y vida.

Mas en mi corazón guardo el tesoro
de vuestra risa y de la luz bravía,
que en la distancia con fervor imploro.

Será por siempre vuestra compañía,
el firme lazo que en mi ser añoro,
faro que en mi alma cada día guía.
LCR



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